Domingo 25º durante el año – Ciclo A

24 de septiembre de 2017

Mateo 19, 30. 20, 1-16

 

 

1.- Somos los contratados de la parábola. La vida es una tarea contratada por Dios. Es preciso estar atentos para escuchar su invitación y responder de inmediato a ella. Nos pasamos todo el tiempo vagabundeando, sin dedicarnos a cumplir nuestra labor principal. Sólo Dios entiende, desde el amor que nos profesa, los diversos ritmos en quienes quieren ser fieles a su misterioso llamado. Somos como aquellos contratados de la parábola: entendemos la invitación en diversas horas de nuestra vida. Nunca es tarde para Él. Recorre la historia ofreciendo a los rezagados un buen y equitativo jornal. Incluso al declinar el día, cuando el tiempo está casi agotado: “Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: ¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada? Ellos le respondieron: Nadie nos ha contratado. Entonces les dijo: Vayan también ustedes a mi viña”. (Mateo 20, 6-7). Siempre es tiempo para acudir a la invitación – mientras el tiempo no se agote – aunque la tarde esté por convertirse en noche. Recordemos la conversión del “buen ladrón”, galardonado con el Paraíso a última hora.

2.- El tiempo perdido. Es triste y alarmante observar que muchos cohabitantes de nuestro planeta y de nuestra época, malgastan el don admirable del tiempo. Se lo desperdicia cuando el contenido del mismo es la trivialidad, o banalidad, que hoy parece invadirlo todo, como un huracán mudo y desbastador. Su origen está en “el pecado del mundo” que insensibiliza nuestra capacidad de valorar lo “necesario”, oponiéndolo a lo trivial y secundario. Sigue vigente la lección que imparte Jesús a Marta de Betania. El perdón de ese pecado, por parte del Cordero de Dios, devuelve la sensibilidad espiritual y la predispone a recibir la Palabra y aprovechar al máximo su acción transformadora. La evangelización no constituye una mera conquista de adeptos; va mucho más allá y, por ello, incluye exigencias que comprometen la vida, cualquiera sea la edad biológica del destinatario. La historia humana es un misterio de vida, inasible, por lo tanto, según parámetros rígidos. Dios se ocupa, de manera exclusiva, de la contratación de cada persona. Dios consigue salvar a quienes, los protagonistas de nuestra sociedad, deciden condenar irremediablemente. Él se ocupa de cada uno cuando la sociedad los pretende excluir, hasta declararlos desahuciados.

3.- Dios da siempre oportunidades. Nos encontramos en un mundo organizado para pocos; en el que muchos están injustamente excluidos. La parábola expuesta, en este texto evangélico, se constituye en una verdadera revelación: Dios da oportunidades a todos, también a quienes manifiestan un deterioro moral teóricamente irreversible. Algunos sectores, asistidos por muy diversas formas, a veces contradictorias, de interpretar los gestos de Pastores de la Iglesia, atribuyen intencionalidad de política partidaria a expresiones de carácter netamente pastoral. Leyendo la Exhortación Apostólica del Papa Francisco: “Amoris Laetitia”, encuentro una referencia de oportuna cercanía al comportamiento de Dios con los hombres: “Fuimos alcanzados por un amor previo a toda obra nuestra, que siempre da una nueva oportunidad, promueve y estimula”. (n° 108). Si los ciudadanos de una Nación no gozan de iguales oportunidades – que respeten la diversidad de ritmos y de edades – se crea una situación de injusticia difícilmente reversible. Las leyes son importantes, pero, no disponen de la clave definitiva y absoluta para restablecer la justicia y preservar el orden. El respeto y el acatamiento de la ley exigen hombres y mujeres virtuosos, que se hagan cargo de su cumplimiento sin recurrir a la represión extrema y violenta. La vida, como labor “contratada” por Dios, requiere “responsabilidad”, o ejercicio de una respuesta de variada modalidad, pero, igualmente inmediata y empeñosa.

4.- La incomprendida conducta evangélica. Esta parábola integra la enseñanza de Jesús. Es preciso deducir de ella la normativa que rija toda conducta auténticamente evangélica. Para dar oportunidad a todos se incluye una relación amable y serena con cada uno. No parece existir esa relación en esta Argentina polarizada. El tratamiento a que son sometidos unos ciudadanos, por parte de otros ciudadanos, obstruye todo progreso que favorezca la convivencia en paz, justa y fraterna. La información que recibimos de continuo, de los medios de comunicación, despliega un panorama tenebroso y asfixiante. Una conducta evangélica, por parte de los cristianos, es el aporte que el mundo necesita. Los gestos que ejecutan esa conducta no serán comprendidos por quienes se han dejado entrampar por la división, cuya denominación política es la “polarización”, opuesta a la legítima y providencial diversidad.