Domingo 23º durante el año – Ciclo A

10 de septiembre de 2017

Mateo 18, 15-20

 

 

1.- La erradicación del pecado. Existen dos puntos de reflexión en este texto de San Mateo: la importancia y método aconsejado por el Señor, sobre la corrección fraterna, y la presencia animadora del mismo Jesús en la comunidad que ora en su Nombre. El primero manifiesta una delicada actitud ante quienes pecan. El pecado, de variada gravedad en el seno de la sociedad, necesita ser cuidadosamente erradicado. ¿Cómo lograrlo? Cristo expone un ajustado y atinado procedimiento: “Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.” (Mateo 18, 15). Lo importante, para el Señor, no es destacar el aspecto vindicativo de la pena merecida por el pecado, sino la redención del pecador. Por ello se mezcla con los considerados pecadores, los trata cordialmente y participa de sus sanas inquietudes y legítimas búsquedas. Cristo expresa su voluntad actual de presentarse entre los hombres como entonces. Lo hará a través de aquellos que son sus testigos: toda su Iglesia, particularmente representada por los Santos.

2.- Cristo es la Verdad y Bien supremo. Para muchos, estos conceptos suenan a cuentos de hadas, aptos para inspirar las geniales realizaciones de Walt Disney. En el mensaje evangélico todo es verdad, aunque, para nuestro mundo, espiritualmente miope y deprimido, parezca increíble. En el breve tiempo de nuestra vida sería trágico un auto engaño de estas dimensiones. Jesús enseña la verdad, Él es la Verdad. El creyente cree en Él. La fe es la “venta de todo lo propio” para adquirir esa única y necesaria Verdad. Me estoy refiriendo a las parábolas que expone el mismo Jesús para explicar la importancia del Reino: “El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo”. (Mateo 13, 44). Estamos condicionados por la ambición de atesorar efímeros valores y sacrificar, al acapararlos, el más auténtico de todos: el Reino, desoyendo la enseñanza del divino Maestro. Es clásica la escena del encuentro de Jesús con el hombre rico: buena persona y observante de los mandamientos de Dios, “desde su juventud” (Marcos 10, 20). Su búsqueda del bien y de la verdad atrae la simpatía inmediata del Señor, pero, su final le ocasiona una gran tristeza: “Jesús lo miró con amor y le dijo: “Sólo te falta una cosa: va, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme”. Él, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes”. (Marcos 10, 21-22). En una secuencia posterior, el Señor manifestará la dificultad que causa el apego a los bienes temporales: “¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!” No obstante: “Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible”. (ibíd. 10, 23-27)

3.- Es Quien reconcilia de verdad. Cristo es Dios, que viene en auxilio de los hombres. Quiere encontrarse con ellos, para cambiar la situación de pecado y desorientación en la que se hallan. Los consejos de Jesús, muy concretos y directos, sobre la corrección fraterna y la oración común, deben ser encuadrados en la exacta comprensión de su misión divina. Al ser el Hijo de Dios encarnado reúne, en su sagrada Persona, la reconciliación de todos los hombres, con Dios, entre ellos y con toda la Creación. Recordemos que el pecado es una ruptura de la comunión original. Como “mal uso de la libertad”, incapacita definitivamente para la comunión – o para el amor – a los seres humanos, con las gravísimas consecuencias que afectan a todo el Universo creado. Podremos observar, desde una mirada honesta, los desarreglos exhibidos por la sociedad contemporánea, y la razón por la que nuestro mundo no “sienta cabeza para restablecer su verdadera orientación a la verdad. ¿Por qué los responsables del bien común de las personas, pierden el precioso tiempo en confrontaciones inútiles y desgastantes, mientras el pueblo sufre en soledad?

4.- No excluyamos la oración. Llega el momento en el que todo parece frustrarse. Nos queda Dios y su justicia, que es misericordia. La exhortación a la oración responde a la convicción mencionada más arriba: ““Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible”. (Marcos 10, 23-27). El estilo de oración, que Jesús inspira, coincide exactamente con el convencimiento de que Dios hará lo imposible: “También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”. (Mateo 18, 19-20) Esta enseñanza responde a circunstancias puntuales, como las actuales; me refiero al clamor por la aparición con vida de Santiago Maldonado. La exigencia de no condenar a nadie sin esclarecer el hecho, mantiene su vigencia. Ello no exime de recorrer las instancias que correspondan, con una decisión rápida y eficaz. Los comentarios de toda índole desbordan los medios. ¿No es el momento de una espera prudente y de la oración?