Domingo 22º durante el año – Ciclo A

3 de septiembre de 2016

Mateo 16, 21-27

 

 

1.- La cruz es la expresión del amor de Dios al mundo. Jesús no “dora la píldora” a sus discípulos. La perspectiva suya y de ellos no favorece el bienestar de quienes quieren emprender el sendero que Él ya ha comenzado a transitar: “El que quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz y me siga.” (Mateo 16, 24). Jesús es modelo de la decisión de soportar los sufrimientos propios de la condición humana. Para que ello ofrezca un sentido redentor es preciso seguirlo. En Él, los padecimientos pronosticados constituyen la expresión del amor de Dios a los hombres. Amor que “quita el pecado del mundo” y conduce – a los extraviados – a los brazos misericordiosos del Padre. La voz del Padre confirma la identidad y misión de Cristo. No existe otra manera de encontrarse con Dios que Jesús: el Hijo de Dios, hecho Hijo del hombre. Por ello se auto califica “el Camino”. No existe otro, aunque se produzcan variadas aproximaciones, como multicolores de la única luz.

2.- Esta vez Pedro se equivoca. Su presencia entre los hombres es anunciada por Él mismo y, al describir el sendero que adopta, no ahorra los terribles detalles de la Pasión: “Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas, que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día”. (Mateo 16, 21). Causó tanta impresión aquel pronóstico que Pedro, el más sensible y perceptivo de los Doce, volvió a la carga con sus habituales reacciones: “Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá”. ¡Qué otra fue la respuesta inmediata de Jesús!: “¡Retírate, va detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”. (Mateo 16, 22-23). Subyace un llamado a comprender que la “economía” de la salvación exhibe parámetros contrarios a los que hubieran escogido los hombres. Jesús no cesa de repetirlo. La aceptación de la cruz, como expresión extrema de su amor, manifiesta mejor – el asombroso Misterio de Dios – que un genial discurso teológico. “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna”. (Juan 3, 16). El efectivo de esa conmovedora entrega es la Cruz.

3.- Necesitamos la política como servicio al bien de todos. Para sintonizar nuestro pensamiento con el suyo será preciso no pretender más que la ejecución de su voluntad. Para ello se requiere renunciar a nuestros frágiles proyectos de vida, si los hay, “cargar la cruz” de nuestras limitaciones y seguir sus pasos. Habrá que doblegar el propósito, mal inspirado, de hacer “lo nuestro” en detrimento del cumplimiento de su voluntad. Nuestra testarudez y soberbia se confabularán para mantenernos alejados del conocimiento de Dios. La fatigosa escucha de los acostumbrados discursos políticos causa desilusión y desasosiego en quienes esperan una alternativa más abierta a la justicia y a la paz. Necesitamos la política como servicio del bien común y no como chisporroteo inconsistente de inútiles confrontaciones. Me encanta escuchar a los protagonistas inteligentes del quehacer político, como también a los periodistas y politicólos de auténtico nivel intelectual. Pero, ¡cuánto me aburre el palabrerío sin consistencia ni orientación! Cristo es un modelo insuperado de transparencia y lucidez. Su palabra es directa e inconfundible para quienes buscan humildemente la verdad. Necesitamos aprender de Él. Ése ha sido el mandato del Padre en el Tabor: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo”. (Mateo 17, 5).

4.- Toda la Iglesia, evangelizadora del mundo actual. Todo tiempo es propicio para escuchar a Jesús. Su palabra no es una moda que pasa fugazmente, hoy es tan urgente su exposición como en los inicios de su ministerio público. Ese ministerio está vivo; para ello Cristo dispone de los sucesores de los Apóstoles, hoy escogidos para pastorear al pueblo cristiano, comisionados por Él. Todo ese pueblo, así asistido, recibe la misión de evangelizar al mundo. Por lo mismo, no son los Pastores los exclusivos responsables de mantener vivo el anuncio y celebrarlo debidamente. Están a la cabeza – representando a Cristo – de una Iglesia, toda ella, evangelizadora del mundo. Su presidencia ministerial es necesaria, no quienes ocasionalmente la ejercen. Es decir, el Ministerio de Cristo, prolongado en las personas que hoy lo desempeñan, será siempre imprescindible para que el mundo se oriente eficazmente a Dios y, en consecuencia, a la Verdad.