Domingo 21° durante el año – Ciclo A

27 de agosto de 2017
Mateo 16, 13-20

 

1.- Una encuesta singular. Las peguntas de Jesús poseen un carácter didáctico destacable. Los destinatarios son los discípulos más cercanos que abren, de inmediato, un registro de particular significación. Diseñan un sistema apto para la investigación – de índole casera – una especie de encuesta sorpresiva y bien orientada. Ellos debían sacar sus conclusiones y llegar a la verdad: “¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?” (Mateo 16, 13). El seguimiento de la gente era fervoroso e incondicional, pero, ¿sabían, de verdad, quién era Jesús? De allí la encuesta inesperada. El destino pedagógico de la misma se dirige a la necesaria identificación del joven y humilde Maestro. Sería muy nocivo confundirlo y transmitir un falso dato sobre su persona. Es preciso que hoy nos hagamos la misma pregunta y nos empeñemos en responder a ella con franqueza. ¿Quién es Cristo para el mundo actual? ¿Quién es Cristo para nosotros, cristianos? Es interesante seguir la lectura del texto: “Ellos le respondieron: “Unos dicen que es Juan Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas”. Y ustedes, les preguntó, “¿quién dicen que soy?”. (Mateo 16, 14-15) Es más que una singular encuesta familiar, es un desafío.

2.- “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” Responde Pedro, el intuitivo y un tanto atropellado Apóstol. Lo hace con tanto acierto que merece el mejor de los halagos: “Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Y Jesús le dijo: “Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado, ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo”. (Mateo 16, 16-17) Es entonces cuando Pedro revela, sin proponérselo, la verdadera identidad de Jesús. No es la habilidad intelectual de aquel hombre simple, hasta ingenuo, lo que abre para él aquella misteriosa visión del conocimiento. Según la expresión de Jesús, Pedro habla inspirado por el Padre, no por la carne y la sangre; en éstas se produce una dolorosa incapacidad para superar el límite y percibir lo trascendente – o llegar a Dios. De esa manera la encuesta logra su objetivo. Las diversas respuestas, que hoy podrían reeditarse y multiplicarse, quedan invalidadas por la confirmación que Pedro recibe de su Maestro. No estaría mal, o improcedente, inquirir qué piensan y dicen nuestros contemporáneos de Cristo. Con las categorías filosóficas y sociológicas de la actualidad, alejadas de la fe, y, no obstante, sin dejar de reconocer la gravitación histórica de Jesucristo, arriesgarían las más caprichosas respuestas.

3.- El mundo actual necesita el testimonio de los santos. Es preciso que el mundo contemporáneo – del que somos parte – reciba una información fiel de la identidad del Señor Jesús. Para ello, se deberá recurrir a testigos fidedignos y actuales. Me refiero a los auténticos creyentes: los Santos. Son quienes, desde el corazón de la Iglesia, heredera de los Apóstoles, logran mostrar, a quienes quieran ver, la eficacia redentora de Cristo. Pablo es un modelo propuesto, con prudente gesto magisterial, por el Papa Benedicto XVI, al señalarlo como ejemplo de convertido. Este singular Apóstol, como ocurrirá con todos los santos, hizo depender su autoridad indiscutida de la acción de la gracia, que obra en él a partir del acontecimiento de Damasco (Hechos 9, 1-9). Cobró conciencia de lo que era – perseguidor implacable de quienes profesaban la fe en Cristo – y lo que fue en lo sucesivo. Él mismo señalará la causa de tal transformación: “Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no fue estéril en mí, sino que yo he trabajado más que todos ellos, aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios que está conmigo” (1 Corintios 15, 10). Podemos afirmar, con términos, extraídos del léxico actual, que Pablo y todos los Santos son “Gracia-dependientes”. No exageramos, sino que nos atenemos estrictamente a la verdad.

4.- El hombre es libre para ser dócil a la gracia. El sabernos obra artesanal de Dios nos devuelve la paz. Lo único que depende de nosotros es el consentimiento a esa iniciativa exclusiva Suya, bien llamada “gracia”, para el que disponemos del don – también gratuito – de la libertad. Auténticamente libre es quien otorga su consentimiento, en pleno ejercicio de su libertad, a la acción santificadora de la gracia. Es el secreto de los grandes. Cuando la soberbia aparta al hombre, aún al mejor dotado, del ejercicio de la libertad, se produce en él una desorientación existencial trágica. El pecado, en todas sus manifestaciones, es consecuencia inevitable del mal uso de la libertad. Dios, mediante la Encarnación de su Hijo, ejecuta un plan de recuperación de la humanidad. Por ello, Cristo se auto identifica como vencedor del pecado y de la muerte. La enseñanza del Apóstol Pablo lo expresa con claridad: “Que el pecado no tenga más dominio sobre ustedes, ya que no están sometidos a la Ley, sino a la gracia”. Y más adelante afirma: “Porque el salario del pecado es la muerte, mientras que el don gratuito de Dios (la gracia) es la Vida eterna, en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Romanos 6, 14. 23).