Domingo 20º durante el año – Ciclo A

20 de agosto de 2017

Mateo 15, 21-28

 

 

1.- Escuchar e imitar a Jesús. Jesús pone a prueba la fe de aquella mujer cananea, lo acostumbra hacer con otros. Será importante, para Él, cerciorarse de que la persona que pide su favor se manifieste creyente. Muchas veces me he preguntado: ¿por qué? El Señor es coherente, no deja cabos sueltos cuando se trata de la exposición de la verdad. Acostumbra a identificarse como “el enviado del Padre”. Por lo mismo, como transmisor de un mensaje que no atribuye a su personal iniciativa. Es el Verbo de Dios, por Quien – y en Quién – el Padre reconoce a los hombres como sus hijos muy amados. Así identifica a Jesús en el Tabor, y exhorta a todos los hombres – en aquellos discípulos – a ser como Él, “escuchándolo”. Se entiende que “escucharlo” no se reduce al aspecto meramente doctrinal, se extiende a su realización en la vida. Escucharlo es ser como Él: Hijo fiel y predilecto del Padre, y el Hermano de todos los hombres, inmolado en la Cruz para el perdón de los pecados.

2.- La perfección humana como obra de Dios. La humildad conquista a Dios. Jesús expresa su predilección por los humildes porque pondera su docilidad a la gracia y su predisposición a la santidad. En Él es el mismo Padre quien hace oír su voz y manifiesta su voluntad santificadora: “La voluntad de Dios es que sean santos…” (1 Tesalonicenses 4, 3). Por lo tanto, que todos imiten a Cristo: “el Santo de Dios”. Así lo entendieron santos como Francisco y Clara de Asís. De esa manera dejaron a Dios lo que únicamente Él podía lograr en ellos. Lo que admiramos en los santos es obra exclusiva de Dios y no mérito humano. Uno de los prefacios de los Santos lo expresa acertadamente: “Tú eres celebrado en la asamblea de los santos y al coronar sus méritos coronas tus propios dones…”. La santidad, como la vida misma, es obra de Dios. La soberbia cede a la engañosa inspiración diabólica: “No es verdad que morirán, serán como dioses…” (Génesis). Es así como se produce una trágica desorientación que afecta la vida personal y social. Es preciso “dejarlo hacer a Dios” y, de esa manera, hacernos cargo de lo que nos corresponde: el humilde y dócil consentimiento a su acción.

3.- La fe florece en la humildad. Aquella mujer extranjera tiene fe en Cristo, como también ocurre con otros, en quienes Jesús señala esa principal virtud. Se lamenta no encontrarla en su propio pueblo. Al destacar ese hallazgo – en la cananea suplicante – no desaprovecha la ocasión para exponerla como modelo de innegable actualidad: “Entonces Jesús le dijo: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!” Y en ese momento su hija quedó sana” (Mateo 15, 28). Como lo hemos expresado en otras ocasiones: la fe, don de Dios, florece únicamente en la humildad. La soberbia, en cambio, cierra el corazón a ese don y falsifica los mejores valores. Estadistas de prestigio, cuando aparecen, no hallan sustento sólido a sus mejores proyectos. Advierten que no se puede edificar sobre arena o escribir en el agua. La virtud de la humildad promueve eficazmente la práctica de los valores que la democracia reclama. No existe una democracia sin demócratas. La ley y su presunto ejecutor: el poder político, sin una práctica virtuosa de los valores democráticos, acaban manipulados por la corrupción. El Evangelio, como lo expone el texto del evangelista San Mateo, es una práctica de virtudes que, necesariamente, modela al hombre, y convalida sus intentos por restablecer la justicia y lograr la paz.

4.- Responsabilidad evangelizadora de los cristianos. No podemos exponer el Evangelio sino como mensaje de Vida. Cuando no interpela, en su calidad de llamado y ofrecimiento de gracia, debe ser examinada la idoneidad de sus transmisores y testigos. Los cristianos tenemos la responsabilidad de presentarlo vigente hoy. San Juan Pablo II habla del “testimonio de la santidad”, requerido por el mundo contemporáneo. Vivir la fe hace a la justicia auténtica y a la paz social. El doble discurso es una contradicción que pone al creyente al borde del abismo – abierto como una trampa – de las diversas formas contemporáneas del materialismo y la incredulidad. Se piensa, se habla y se vive como si Dios no existiera. Jesús se muestra como el Dios cercano, tan íntimo de la humanidad que se hace hombre. El realismo de su presencia influye saludablemente en la historia humana.