Domingo 19º durante el año – Ciclo A

13 de agosto de 2017

Mateo 14, 22-33

 

 

1.- “Soy yo, no teman”. Dios no es un fantasma. Con frecuencia lo situamos tan fuera de la realidad que no lo entendemos de otra manera que como una producción caprichosa de nuestra imaginación. Dios es el ser más real. Es preciso no imaginarlo sino contemplarlo, con una lectura correcta de los signos que Él mismo ha elegido para que entremos en su intimidad: “Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. “Es un fantasma”, dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo: Tranquilícense, soy yo, no teman(Mateo 14, 26-27). En circunstancias semejantes, Cristo nos dirige las mismas palabras: “Soy yo”. Es preciso confiar en su declaración y perseverar. No como el Pedro impetuoso, con poca humildad para decidir no confiar tanto en sí como en Él. El hundimiento del Apóstol es el fracaso del discípulo presuntuoso, que no logra desalojar su mente de sí mismo, o de su frágil e inconsistente proyecto de vida. En la escena relatada por San Mateo, Pedro debió suplicar humildemente la ayuda de su Maestro: “Pero, al ver la violencia del viento, (Pedro) tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: “Señor, sálvame”. En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (Mateo 14, 30-31).

2.- El temor es desconfianza. El pecado de Pedro consistió en haber desconfiado del Señor – que lo llamó caminar sobre las aguas – no en la difícil posibilidad de su andar sobre ellas, tan agitadas y peligrosas. La fe nos conduce al amor y a la confianza. En diversas ocasiones Pedro sorprende a Jesús con espontáneas expresiones de fe. También, por causa de su “espontaneidad” exagerada, intenta destacar su liderazgo entre sus condiscípulos. El chasco y la consecuente reprimenda del Señor no se hacen esperar. De aquel Apóstol, no obstante, aprendemos a confiar en Dios más que en nuestras frágiles decisiones. Este principio de fe es resistido por el mundo, recaído en el primitivo pecado de pretender reemplazar a Dios: “No, no morirán. Dios sabe que cuando ustedes coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal” (Génesis 3, 4-5). La extensa historia del hombre es una dolorosa verificación de que la repetida experiencia no ha producido aún su efecto saludable. Si la historia es “Magistra vitae” (Maestra de vida) ¡qué baja calificación merece nuestro aprendizaje!

3.- Las reservas espirituales de la fe religiosa. Una sana evaluación de nuestro comportamiento – u oportuno “auto examen” – nos alejará de aventuras irresponsables y nos situará ante la Verdad, revelada en Jesucristo. Existe hoy un estado de prescindencia de Dios que causa estupor. Para muchos hombres y mujeres de nuestra época Dios no es referente, por ello, establecen comportamientos éticos y morales en conflicto con los mandamientos de Dios y los valores cristianos. Son contenidos básicos los que se ponen en cuestión atribuyéndoles relativa y frágil consistencia moral. Cada uno decide vivir como quiere; sin normas éticas y, por lo mismo, sin referencias a un Ser Superior de quién, no obstante, reclaman rápida intervención en ocasión de graves conflictos personales y sociales. Es aquí donde, las reservas espirituales de la fe religiosa, deben aflorar sin simulaciones ni tergiversaciones. No cabe el formalismo decorativo cuando la tragedia y la confusión se adueñan de acontecimientos de especial trascendencia. Dios nos queda como postrer recurso cuando todo parece hacerse añicos. ¿Estaremos preparados para dar lugar a Dios cuando todo se deshilacha o desquebraja? Es preciso disponernos ya, en el sosiego de la reflexión humilde y de la oración.

4.- Dios no es imaginable. No imaginemos a Dios. La Encarnación del Hijo divino, aleja toda pretensión de hacernos un dios a nuestra medida. Jesús nos repite, como a los aterrados Apóstoles: “Soy yo”, (no un fantasma creado por ustedes). Es preciso no desviar nuestra atención de Cristo, que nos revela al Dios verdadero. Para ello, necesitamos hacer una lectura correcta del Evangelio, guiados por el magisterio de la Iglesia a quien, desde Pentecostés, el Espíritu Santo asiste. Es la fe que profesamos, frente a nuestra sociedad, al presentarnos como cristianos.