Domingo 18º durante el año – Ciclo A

6 de agosto de 2017

Mateo 14, 13-21

 

 

1.- El extremo del amor de Dios. A pesar del asedio de las multitudes Jesús busca la soledad. Su impresionante equilibrio lo preserva de las tentaciones del desierto, particularmente de la seducción de un populismo obsecuente y falaz. Su relación con la gente está inspirada y alentada por el servicio: “Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie. Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos.” (Mateo 14, 13-14). En los gestos y enseñanzas de Jesús se manifiesta el amor entrañable de Dios por los hombres. La cruz es el extremo del amor: “Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Juan 13, 1). Ese fin es el “extremo” del amor divino. Su amor no se manifiesta en la sonoridad del discurso sino en el compromiso de su vida, silenciosamente inmolada.

2.- Hace que lo poco alcance y sobre. La osadía caracteriza el servicio de Jesús a quienes lo siguen sin reparar en el cansancio y en los inconvenientes de un camino alejado de los centros urbanos. La multiplicación de los panes constituye lo que es capaz Jesús al servicio de quienes van en pos de su palabra divina. Dios responde con mayor generosidad a la que empeñamos nosotros. Su respuesta desborda toda expectativa humana. Existe una desproporción entre lo que aportamos, en nuestro pedido, y lo que Él nos otorga en su inmediata respuesta. El mandato de alimentar a la multitud pareció de imposible ejecución a los desconcertados discípulos: “Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados” (Mateo 14, 17). El Señor contaría con esa minúscula provisión para que todos la compartieran. Eran muchos: “Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños” (Mateo 14, 21); “Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas” (v. 20). De esta multiplicación de panes y peces podemos extraer mucha luz. La gente está hambrienta de la Palabra, la descubre en Jesús, y, atraída por la eficacia de sus gestos, va en pos de Él atravesando los más lejanos e intrazables senderos.

3.- La Palabra de Dios no es propiedad humana. Aquello ¿no está ocurriendo hoy? Los más de siete mil millones de habitantes del planeta tierra están graciosamente movilizados hacia el encuentro con la Palabra. Necesitamos interpretar esa búsqueda, dialécticamente indescifrable, y atender, cuando se produce el encuentro – cómo, cuándo y dónde – como acontecimiento protagonizado por el mismo Dios. En la Escritura se nos dice: “Porque los pensamiento de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos – oráculo del Señor – “ (Isaías 55, 8). La Palabra es don y debe ser recibido con corazón agradecido. Por lo mismo, excluye toda inventiva humana. Es “Palabra de Dios”, no propiedad intelectual de los hombres. En ella Dios traza sus caminos, diversos de los nuestros, y expresa su Verdad, tan distinta de la que intentamos crear e imponer en nuestros deshilachados discursos mediáticos. ¡Qué difícil nos resulta atender otra palabra que no sea la nuestra! De esa manera cerramos el paso al don de Dios, que es su Verbo encarnado.

4.- El Padre y yo somos uno. Cristo no se sale un ápice de la voluntad del Padre: “Nada puedo hacer por mí mismo. Yo juzgo de acuerdo con lo que hago, y mi juicio es justo, porque lo que yo busco no es hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió” (Juan 5, 30). En su calidad de Dios es absolutamente libre, sometido a la Verdad, que es Él mismo: “Yo soy la Verdad”. Su enseñanza y comportamiento responden exactamente a su identidad divina. Por ella es igual al Padre: “El Padre y yo somos una sola cosa” (Juan 10, 30). Es destacable su conciencia de ser el Hijo de Dios. Arriesga su seguridad al manifestarse igual a Dios frente a sus celosos y violentos compatriotas: “Los judíos tomaron piedras para apedrearlo. Entonces Jesús dijo: Les hice ver muchas obras buenas que vienen del Padre; ¿por cuál de ellas me quieren apedrear? Los judíos les respondieron: No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino porque blasfemas, ya que, siendo hombre, te haces Dios” (Juan 10, 30-33). El gran pecado de aquellos compatriotas suyos consistió en no reconocerlo como Dios. Persiste aquel pecado en el mundo actual, por indiferencia o explícito rechazo.