Domingo 17º durante el año – Ciclo A

30 de julio de 2017

Mateo 13, 44-52

 

 

1.- Un lenguaje que sirve a la Verdad: las parábolas. El lenguaje humilde de las parábolas es adoptado por el mismo Cristo – Verbo de Dios encarnado – para expresar al hombre la Verdad que debe regir su desarrollo y llevar a cabo el cumplimiento de su ideal. La principal exigencia, para hacerlo propio, es abandonar la pretensión de crear un lenguaje humano, que lo prestigie literaria y periodísticamente, pero que no le sirva para transmitir el Mensaje evangélico. La humildad, como pobreza de corazón, posee la llave misteriosa que abre el depósito de la Verdad Revelada. Así lo ha decidido Dios, desde siempre. El Reino, del que Cristo es Rey, comprende toda la Verdad, con la que Él mismo se identifica ante los hombres. La única forma de ingresar en él es hacerse pequeño como un niño, humilde y desposeído de todo lo terreno: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos” (Mateo 5, 3).

2- El valor absoluto del Reino de los Cielos. Indigerible “verdad” para quienes no logran dar el paso a la fe. El Reino, en las breves y simples parábolas sobre su valor absoluto, sintetiza todos los bienes y toda verdad. Por ello, quienes lo descubren, encuentran el motivo para darlo todo con el fin de poseerlo o ingresar en él: “El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo” (Mateo 13, 44). En pocas palabras describe el proceso lógico de su descubrimiento: la alegría que lo embarga y la decisión de desprenderse de todas sus posesiones para obtenerlo. El impedimento, bastante común, para entrar en él, responde a la supresión voluntaria – o quizás involuntaria – de ese necesario proceso: “descubrimiento del Reino – como tesoro – la venta de todo lo propio y su posesión gozosa. Ocurre con frecuencia que muchos hombres y mujeres, en aras de un bien que consideran superior, lo entregan todo. A veces arriesgan fortunas para acrecentar su patrimonio, como en el caso de la adicción al juego. Otros, los más destacados por la nobleza de sus aspiraciones, ofrecen sus vidas por la fe, la libertad y la Patria.

3.- ¿Quiénes entienden y quiénes no? El Reino de los Cielos es anunciado y personificado por Cristo Dios; darlo todo por el Reino, es elegirlo a Él, para siempre, como referente absoluto de la propia vida. Es considerarlo “Señor de la Historia”. Ello incluye la sumisión amorosa a la voluntad de Dios, que Cristo, en el lenguaje humano que utiliza – porque, gracias a la Encarnación, le es propio – revela a la perfección. En este contexto intelectual deben ser leídas estas simples parábolas. No todos tienen la capacidad actual de entenderlas; los poderosos, intelectual (cultural), política y económicamente, parecen no entender, mientras no se hagan como niños. Jesús se muestra conmovido, ante su Padre, por causa de quienes – por la pequeñez y la pobreza de corazón – abren el camino al conocimiento de la Verdad: “En esa oportunidad, Jesús dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y haberlas revelado a los pequeños” (Mateo 11, 25). No existe aquí un ánimo “populista” sino el reconocimiento de la condición indispensable para entender la Verdad. La humildad y pobreza de corazón otorgan capacidad para descifrar el Misterio revelado. Lo que las contradiga obstruye el camino a su conocimiento y, particularmente, a su adopción práctica en la construcción de una sociedad justa y fraterna. Es entonces cuando, los infinitos desaciertos que observamos, encuentran su triste explicación.

4.- Un diálogo iluminador. Existe una valoración invertida de lo necesario y de lo innecesario. Lo prescindible viene a ocupar el lugar que corresponde a lo imprescindible. El diálogo entre Jesús y Marta de Betania deja de manifiesto el nuevo orden de la Redención. Es lamentable que la relación de amor con Dios – primer mandamiento – quede al margen de la vida de los hombres y mujeres de la actual y progresista sociedad. Incluso de quienes, confesándose creyentes, viven adoptando estilos de vida y conceptos que no guardan relación alguna con la ética o moral que la fe cristiana inspira y exige. No digamos nada de ese mundo, de enorme preponderancia hoy, cuya laicidad es impuesta, sin respetar la confesión cristiana de la mayoría del pueblo que lo conforma.