Séptimo Domingo durante el año

19 de febrero de 2017

Mateo 5, 38-48

1.- La fortaleza que otorga el amor. La Liturgia de la Iglesia posee una pedagogía incuestionable. El texto evangélico, continuación del redactado por San Mateo, insiste en un comportamiento revolucionario frente al adoptado por las antiguas costumbres del pueblo de Israel. La paciencia, fruto del amor fuerte – “más fuerte que la muerte” – es considerada debilidad, impropia de varones, por la insensatez del mundo. En realidad, la mujer siempre ha demostrado mayor fortaleza en el amor. El amor de Dios a los hombres es el auténtico generador de toda fortaleza espiritual. Este texto concluye con la definición del auténtico ideal de vida: “Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo”. (Mateo 5, 48) La perfección de Dios consiste en el amor sin límites, “más fuerte” que cualquier poder humano. Me estoy refiriendo al más existente de los seres: DIOS. Es el Creador y Padre; alguien de su naturaleza divina – el Hijo – asume nuestra naturaleza humana, para recuperar la dignidad original perdida por causa del pecado.

2.- Sean perfectos como el Padre. Con la coherencia que lo distingue, Jesús, ante la sorpresa y consternación de los presentes, indica cómo debe ser el amor humano para lograr asemejarse al amor perfecto de Dios: “Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo”. La situación del mandamiento principal, a partir de Cristo, muestra un alcance insospechado: “Ustedes han oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra”. (Mateo 5, 38-39) Y más adelante: “Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo…”. (Mateo 5, 43-44) Esta enseñanza ocupa el lugar central en la predicación de Jesús y de quienes deben conservarla durante toda la historia humana: los Apóstoles. La Iglesia, en los actuales sucesores de los Apóstoles, recibe y transmite el Evangelio como legado divino. De esa manera, el mundo actual se enfrenta con la versión cristiana de la perfección que intenta. Un solo Dios y un solo Modelo de perfección para todo hombre. De alguna manera, implícita o explícitamente, todos los seres personales deben fijar su vista en el Padre “que está en el cielo (o en su plenitud)” y orientar sus vidas a Él. Sólo por mediación de Cristo podrán lograrlo. Él es la transparencia clara del Modelo que propone: “El que me ve es al Padre a quién ve”. Es preciso que Cristo sea conocido, conforme a los términos simples y directos de la Revelación.

3.- Conocer a Cristo es saber quién es Dios. Habrá que empeñarse en la exposición de toda la verdad sobre Cristo. El mundo la necesita, aún aquellos que dicen no necesitarla, hasta oponiéndose a ella. Descuidar eso “único necesario” es trágico. Pero, los destinatarios – del mensaje evangélico – deben estar debidamente enterados de la Presencia anunciada en él. De allí la urgencia de recibir la Buena Nueva. Tomarla en serio es responsabilidad de cada uno. El pecado, y las graves confusiones que éste produce, están a la vista; a veces camufladas de manera engañosa, hasta aceptadas por una población culturalmente indefensa, sin recursos para medir su exacta malignidad. Es alarmante que los antivalores, de nuevo y antiguo cuño, ya no sorprendan a quienes tienen responsabilidades en la educación de las personas. Se designa con natural desparpajo el “emparejamiento”, con una jerga bastante generalizada. El término “pareja” parece incluir un amplio espectro social, sin distinción alguna: casados, concubinos y del mismo sexo. Qué poco se oye hablar de la “esposa” y del “esposo”. Términos venerables, consagrados durante la bella y tradicional historia de la institución conyugal. Las ideas se encarnan en las palabras, por lo mismo, éstas deben ser consideradas como revelación de una realidad interior. ¿Qué se está queriendo afirmar, con ese novedoso y ambiguo lenguaje, utilizado en frecuentes declaraciones públicas y populares? Lo desconocían nuestros abuelos. Afortunadamente, el vocabulario tradicional no ha desechado por completo aquellos sagrados términos – y aparecen aún, a Dios gracias – entre los ciudadanos más memoriosos y responsables.

4.- En Cristo el Padre es nuestro modelo de perfección. Jesús apunta a la perfecta identidad del ser humano, nivelando hacia arriba no hacia abajo. La perfección está en Dios – “Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Solo Dios es bueno” (Marcos 10, 18) – y estamos gentilmente invitados a recorrer el sendero de nuestra propia perfección teniendo a la Suya como modelo. Sin la Buena Noticia del Dios bueno y cercano, que Cristo vino a revelar a los hombres, andaremos a los tumbos, instalando “modelos” impropios, ideales humanos que frustran todo esfuerzo de auténtica perfección. Cristo es el ideal humano cumplido, porque ha conformado fielmente su voluntad humana con la de su Padre. Al presentarlo como Maestro, lo señala implícitamente como modelo humano a imitar: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo”. (Mateo 17, 5) Jesús no se contenta con predicar la Verdad que trae del Padre, la transparenta, con absoluta perfección, en su comportamiento humano, expuesto a todos y a cada uno de los hombres.