Segundo de Adviento

6 de diciembre de 2015

Lucas 3, 1-6

1.-   La voz que grita en el desierto.   Juan Bautista es un hombre signo. Su estatura moral atrae a mucha gente tocada por su palabra y por su llamado a la conversión. No es un profeta improvisado. Su misión es tal que el gran Profeta Isaías se ocupa de anticipar su aparición: “Una voz grita en el desierto: preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”. (Isaías 40, 3-6\\Lucas 3, 4). La liturgia de este Tiempo lo vincula estrechamente con Jesucristo. Es su Precursor. El Espíritu Artesano lo prepara, en la casa de Zacarías e Isabel, y luego en el desierto, para que sea la “voz” austera e insobornable que logre identificarlo, mezclado entre los penitentes. Sin saberlo él, hasta más adelante, su persona y su misión no se entienden sin referirlas a Jesús. San Agustín, con su estilo poético y teológico, entrevé esa inseparabilidad al recordar que la voz, sin la Palabra, es un mero sonido gutural y que, la Palabra, es imperceptible sin la voz. Juan se reconoce nadie sin Cristo, indigno de servirlo, como si fuera el último de sus sirvientes. Con términos descalificantes se refiere a sí mismo, con el fin de alejar cierta confusión popular que pretendía presentarlo como el Mesías.

2.-   El lider humilde.   San Juan Bautista es un modelo humano, valiente y humilde, de oportuna aparición. Estimo que su extraordinario valor, en el ministerio profético que se le confía, procede de su extrema humildad. Hoy, en la Argentina, la liturgia de la Iglesia Católica propone este modelo de dirigente: servidor humilde del pueblo. Dios lo elige y la gente corrobora esa elección escuchándolo y decidiendo obedecer su llamado a la conversión y a la penitencia. Su método es la disponibilidad humilde al servicio generoso de la Verdad. Sucumbe por no querer disimular la verdad ante el frívolo Herodes. Es una proyección de su fidelidad a Cristo, la Verdad cuyo sendero a los hombres debe allanar. ¡Qué enorme responsabilidad! Para satisfacerla no existe otra condición – que Juan personifica a la perfección – que la humildad. No me refiero a una situación sociológica o caracterológica personal, sino a una virtud, cultivada durante el transcurso de toda su vida. La lucha del Bautista se concentra en ser fiel a la misión, para la que es elegido por Dios desde el seno materno. No malgasta sus energías en ensayar proyectos concebidos en soledad, mezquinos e individualistas. Su propósito, inquebrantable, consiste en ser el precursor de Jesucristo, hasta hacerse a un lado en el momento de la aparición del mismo. Y ¡qué bien lo hace!  Ve partir a sus discípulos en pos de Jesús y no se inquieta. Su situación en la historia es ceder el paso al Señor o a la Verdad. Su misión llega a la cumbre cuando, en el Jordán, identifica al Señor ante el pueblo: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. (Juan 1, 29).

3.-      El más grande nacido de mujer.   Es el hombre de la verdad y, por ello – en la apreciación del mismo Jesús – es “el más grande”. “Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista…”. (Mateo 11, 11). La estatura humana de Juan es medida por su fidelidad a la verdad. ¿No se manifiesta aquí la auténtica calidad, que hace grande al hombre, y cuya ausencia lo desdibuja hasta aniquilarlo? El Bautista, asomado al Evangelio, desde el rincón menos apetecible de una existencia en riesgo, se presenta anunciando la Verdad, sin  confundirla ni deformarla. Por ello, el Señor lo considera “el más grande”. Como Jesús mismo, Juan es constituido modelo icónico de los valores humanos. Es la humildad la virtud que lo hace auténtico. Virtud desechada en el comportamiento habitual de muchos ciudadanos y de sus dirigentes. Nadie parece querer aceptar el lugar que le corresponde y la misión, notable o ignota, que debe llevar a término. Se produce un vendaval interno y público de ambiciones. Juan no cede a la insensatez de sustituir a Cristo, a pesar de que sus fervorosos seguidores lo creen el Mesías anunciado por los Profetas. Lo hace de una manera tajante y elige para él, con sereno gesto, el silencio y la soledad. La Palabra – que es Cristo – reemplaza la voz profética de Juan por la suya propia. En lo sucesivo no requerirá los servicios de su precursor ya que se ha cumplido su esperada llegada.

4.-       El secreto del Adviento.   El Adviento se presta a actualizar la conciencia de la presencia de Cristo, como esperanza y cumplimiento de las promesas de Dios. Los conflictos suscitados recientemente estimulan nuestra necesidad de encontrarnos con Él. Creer en Cristo es constituirlo en la paz que deseamos, en la justicia que reclamamos, en la reconciliación y en la fraternidad. Es Él, quien nos asegura su factibilidad, otorgándonos la gracia que brota de su Cruz y su Resurrección.