Primero de ADVIENTO

29 de noviembre de 2015

Lucas 21, 25-28. 34-36

1.-   Adviento y encarnación de Dios.   Damos comienzo a un nuevo año litúrgico. El Adviento lo inicia todo en la continuidad de las grandes celebraciones de la Iglesia Católica. Durante este Tiempo nos internamos en el Misterio inefable de la Encarnación y en el Nacimiento del Dios hecho Hombre. Con el auxilio habitual de la palabra evangélica de cada domingo intentaremos seguir el paso ascendente de la Divina Revelación. Al escuchar la palabra de Jesús, correspondiente al primer domingo de Adviento, del exhausto año 2015, no podemos evitar un particular estremecimiento. Lo que ha ocurrido en Paris responde a similares parámetros que rigieron a otros acontecimientos, trágicos y dolorosos. En la Argentina se registraron dos de ellos, aún no esclarecidos. Corremos el riesgo de mantener un inevitable aturdimiento ante la catástrofe, sin atinar a reflexionar sobre la verdad de lo acontecido. Sin duda que el hecho tiene raíces, mucho más abarcativas que la misma erupción terrorista. Tendremos que unir nuestras fuerzas para neutralizar el mal que sirve de macabro alimento a esas raíces. Ni siquiera con la desaparición de los agentes visibles, del terror y de la violencia, se resuelve el mal que los sustenta. La reacción violenta, como sistema de defensa o de venganza no logra el fruto apetecido de la paz. Los pueblos tienen derecho a poner freno a la demencia escalofriante de los hechos delictuosos, con medios razonablemente adecuados para ello, pero, sin agregar violencia a la violencia y odio al odio.

2.-   La paz no es una mera ausencia de guerra.   Cristo es el Principe de la paz. Me refiero a la paz que es don de Dios, la que transmite Jesús resucitado – en sus encuentros previos a la Ascensión – a quienes creen en Él. No es una mera ausencia de guerra. Lo ha enseñado el Magisterio del Concilio Vaticano II. La guerra es destructiva, causa la muerte y la desaparición de ciudades enteras, con sus indefensos pueblos. De esa manera el mismo mundo se auto aniquila, despreciando el don divino de la vida. El tono apocalíptico del anuncio de Jesús corresponde a la visión de la realidad futura, impuesta desde un presente irresponsable de indiferencia y delincuencia. La tragedia que eclosiona, de forma espectacular, se gesta en cada forma del egoísmo, incluidos los pensamientos negativos más ocultos. Cada uno debiera, en circunstancias como las actuales, examinar las motivaciones de su comportamiento habitual. No fueron seres aislados, sino miembros enfermos de una sociedad enferma, quienes causaron el daño que provocó, recientemente, tantas lágrimas y desesperación. Jesús vino a curar a la sociedad, en cada corazón. La Redención es la gesta misericordiosa de Dios. La intención pastoral del Año Jubilar de la Misericordia, al iniciarse con la apertura de la Puerta Santa, consiste en recordar y actualizar la decisión divina de otorgar el perdón al mundo. En el otorgamiento de ese perdón, Cristo es el Mediador necesario e incluye una verdadera refactura en la persona dañada por el pecado. Para ello se requiere un anuncio y llamado a la conversión. El mismo Dios se hace hombre, asumiendo la naturaleza herida, sin contraer lo que ha provocado su daño mortal. Es el Inocente que padece la violencia y el odio de los violentos.

3.-   Está por llegar la liberación.   La acción liberadora del Dios encarnado viene precedida por la agresión inexplicable de los violentos: “Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación”. (Lucas 21, 28) Ante tal espectáculo desolador, Jesús recuerda el auxilio divino a quienes recurren a Él. La situación nunca es desesperante cuando se conoce la presencia pacificadora del Salvador. La evangelización, en las condiciones espirituales más desfavorables, es una acción pacificadora, por contrastar con la violencia y el horror insólitamente programado y ejecutado. Ello atraerá la persecución y el odio de quienes se sienten señalados y desautorizados. No hay dudas de que la luz disipa las tinieblas, con su luminosidad contraria a esas tinieblas. Lo mismo podemos decir de la verdad, que, naturalmente, denuncia y elimina el error. La misión de Cristo es salvar lo que estaba perdido y pacificar – en consecuencia – lo que se hallaba en irreparable estado de conflicto. La guerra y la delicuencia homicida no pueden ser suprimidas con màs guerra y con la pena de muerte. Otro es el proyecto de Dios, revelado en la palabra y el comportamiento de Jesús. El pecador, aunque su pecado sea monstruoso, necesita ser redimido y no reprimido con la misma moneda. En nombre de Dios, y del Evangelio, no puede ser justificada la violencia y la muerte de nadie.

4.-   Subir el tono del anuncio evangélico.   El Adviento, que sirve de contexto para el anuncio y celebración del origen del Misterio cristiano, debe ser un tiempo universal para despertar la conciencia – de creyentes y no creyentes – de la presencia real de Cristo resucitado, en la corriente desordenada del mundo actual. Por ello, es preciso subir el tono de ese anuncio y reclamar, a quienes lo profesen, coherencia práctica y compromiso histórico. En otra ocasión he recordado la dramática pregunta de un viejo pastor protestante: “¿Bautizados, son ustedes aún cristianos?”.  Este Adviento debe ser una oportunidad más para renovar la vida de los bautizados y convertirla en fermento de un mundo cualitativamente renovado.