Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

22 de noviembre de 2015

Juan 18, 33b-37

1.-   Para dar testimonio de la verdad.  La realeza de Jesús no es de este mundo y, sin embargo, es Rey. Viene a gobernar a quienes quieren vivir en la verdad: “Para esto he nacido y he venido al mundo; para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz”. (Juan 18, 37) Pertenece a la verdad quien se dispone a sintonizar con ella. Esa disposición obtiene la capacidad de identificar la verdad en la voz inconfundible de Jesús, el Maestro divino. Más aún, siendo Cristo la Verdad, será la conformación con Él la única forma “de ser de la verdad”.  Escuchar su voz es adherirse a Él por la fe y constituirlo en Señor de la propia existencia. Esta decisión, tan personal, compromete la vida íntima y social de los hombres. Los santos lo han entendido muy bien. Benedicto XVI ha propuesto a San Pablo como modelo de convertido. En este Apóstol se produce el encuentro con Jesús, hasta entonces perseguido a muerte por un furibundo y poderoso Saulo. El cambio es total, lo toma por entero hasta expresar en el cambio de nombre, la transformación prodigiosa de su identidad. En el Saulo, que se convierte en Pablo, nace el amigo incondicional de quien fuera hasta entonces su encarnizado enemigo. En todo enemigo de la fe, duerme un amigo capaz de jugarlo todo, hasta su vida por el Amigo hallado. A esos actuales “enemigos” podemos ponerles caras conocidas, hasta notables por su actual influencia en el campo de la política, la ciencia y el arte. La gracia que convirtió a Saulo en Pablo, puede hacer lo mismo hoy, con los más empecinados y sanguinarios perseguidores.

2.-   Los ciudadanos del Reino de Cristo.  El reinado de Jesús está constituido por quienes comprometen la vida en su seguimiento. Sus exigencias no quedan a medio camino, lo reclaman todo sin imponer ventajas y condiciones.  El lenguaje que el Señor emplea no da lugar a equívocos. Para entenderlo es preciso hacerse pobre de corazón y de mente. Es la pobreza evangélica, la que predispone para captar el mensaje revelado. Recordemos la tierna oración que Jesús dirige al Padre: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños”. (Mateo 11, 25). Los pobres – que son los humildes – poseen la virtud de entenderse con Dios y, así, disponer de las llaves de toda verdad. Pasan de la simple suplica a la contemplación y, por ella, a la posesión de la Verdad. El amor, basado en la humildad, logra la plena posesión de la Verdad. La contemplación es amor puro y, por lo mismo, único sendero hacia la Verdad. No existe otra manera de llegar a Dios que el amor alimentado por la contemplación. Los santos – todos ellos grandes orantes – acrecientan su amor a Dios en la contemplación. Pero, ¡qué lejos estamos de ser contemplativos, aún dentro de la misma Iglesia! Caemos fácilmente en una rutinaria repetición de oraciones verbales, algunas de ellas, de bella contextura poética.

3.-   El final como síntesis de vida.  Todo final logra su perfección y sentido en la síntesis que le corresponde. Al finalizar este año de 2015 ¿nos encontramos en condiciones de redactar una buena síntesis de vida? Si no lo conseguimos, hemos perdido lastimosamente el tiempo. No es para desesperarse, sino para renovar el contrato con la vida y recuperar los valores descuidados en nuestras relaciones con Dios y con nuestros  semejantes. De esa manera, el año que expira, puede ser el antecedente válido para un nuevo año, que supere los límites y errores del anterior. Así lo entendemos, al saludarnos, cuando nos deseamos lo mejor para el año que se inicia. El Señor del tiempo y de la eternidad anuncia su venida. Ya se está produciendo con su actual presencia viva, sólo perceptible por la fe que suscita su Persona. Porque Él nos asegura que estará “hasta el final de los siglos”, no dudamos de su presencia. Lo importante es vivir relacionados con Él, dejando que su gracia complete el plan del Padre en cada uno de nosotros. Su Obra es conformarnos con Él, manso y humilde, genuino pacificador de los corazones y de los pueblos. En un mundo violento, afligido por el terrorismo, en sus más aberrantes y sorpresivas expresiones, aparece como inclasificable la imagen del Buen Pastor que se deja maltratar e inmolar por la acción demencial de los violentos.

4.-   La violencia atenta contra el Reino de Dios.  La humanidad ha sido herida de muerte en los recientes acontecimientos de Paris. La condición de cristianos, de la mayoría del pueblo francés, predetermina el aluvión persecutorio que ha sesgado ciento cincuenta vidas y ha dejado casi cuatrocientos heridos, algunos en estado de extrema gravedad.  La congoja silenciosa de una población, sumida en la consternación, ha creado un clima trágico, destacado en los medios de comunicación de todo el mundo. La fe en Jesucristo asegura que únicamente la paz doblega la violencia, ya que sólo el amor puede prevalecer sobre el misterio del odio. Porque es el mismo Cristo, el único: “el vencedor del pecado y de la muerte”. Los cristianos, junto a todas las personas de buena voluntad, propondrán al manso y humilde Cordero, como respuesta a quienes – con cualquier signo que se presenten – se dispongan a suprimir la vida con la muerte, a imponer un discurso único que intente erróneamente superar las discriminaciones e injusticias. Detrás de esa imposible nivelación no está el amor sino la dictadura y la supresión de quienes dispongan de otro pensamiento y de otra creencia religiosa. Cristo es el Rey pacífico, que ama a quienes decidan seguirlo.