Domingo 33° durante el año

15 de noviembre de 2015

Marcos 13, 24-32

1.-   La importancia de los signos.   La advertencia de Jesús no puede ser menos oportuna hoy. Dios siembra signos en nuestras vidas. La incapacidad de leerlos oscurece nuestra percepción de la realidad, poniéndonos en peligro de cometer errores fatales e irreversibles. A partir de la Resurrección Cristo se nos ofrece como guía permanente, como Verdad que va al encuentro de nuestras búsquedas, como Vida que moviliza nuestra historia y nos hace sus auténticos protagonistas. Las comparaciones que propone Jesús son inteligibles únicamente para quienes purifican sus corazones por la humildad. La soberbia farisaica inhabilita para llegar al conocimiento de la verdad. En consecuencia, las resoluciones tomadas estarán viciadas de incoherencias y de graves errores. Los resultados saltan a la vista. El llamado de Cristo compromete la libertad de cada persona, debidamente saneada por la Redención. El Señor no dicta recetas para el buen comportamiento de sus discípulos, sino que va formando sus conciencias infundiéndoles el Espíritu Santo. Por eso, San Pablo aparece como reubicando la ley en el universo de la gracia. Advierte que la ley y sus preceptos obtienen, de la gracia del Espíritu, su valor y su vigencia subordinada. Se piensa poco – a veces se prescinde de ello – en la relación existente entre la formulación de las leyes y Dios, como la fuente de su necesaria inspiración.

2.-   Los dos extremos: teocracia y ateísmo.   Se teme a cualquier tipo de teocracia o clericalismo, y con razón, produciendo una indebida desconexión de Dios. Por evitar un extremo se adopta su contrario y, de esa manera, se provoca un peligroso desequilibrio. Sin referencia a Dios, como hacedor de la vida, no se explica el Universo, ni nosotros mismos como parte de él. Es inconsistente el ateísmo como sistema de pensamiento. El orden majestuoso y perfecto que observamos desecha la idea del azar. Dios no es un creador que se desprende de su obra, como los ya desaparecidos genios de la pintura y de la escultura; las obras de sus manos los sobreviven por siglos. El Universo, y el mismo hombre, necesitan el continuo aliento de Dios. Volverían a la nada sin la presencia operante de su Creador. Una distorsión, de fácil comprobación, sugiere la idea peregrina de que es posible vivir sin Dios. Me refiero a la falta de referencia existencial con el Autor de la vida creada. La historia humana pasa de la familiaridad de sus comienzos a la ruptura ocasionada por el pecado. Es preciso leer, con esta clave de interpretación, el libro del Génesis. Esa situación de amarga ruptura ha sido superada por Cristo. Sus inevitables secuelas mantienen aún su influencia y las diversas expresiones de su acción importunan la convivencia y generan discordia, violencia y destrucción.

3.-   El lenguaje llano y sensible de Jesús y la Revelación divina.   Es momento de leer los signos, orientados por el Maestro. Están al alcance de nuestros sentidos y nos permiten descifrar lo que Dios quiere revelarnos. No es magia, ni procede del secreto mundo de lo sobrenatural. El lenguaje de Jesús es llano y sensible. Para hallar la verdad se debe recurrir a lo que se ve y se toca, así, mediante la fe, comprender lo revelado por Cristo. En ese ámbito se incluyen la Escritura Santa y los sacramentos. Cristo ha elegido los signos mencionados y reclama de los discípulos el obsequio de la fe. “El justo vive de la fe”  enseña San Pablo, desde su experiencia de creyente. Benedicto XVI nos ha catequizado sobre el don de la fe. Es oportuno escuchar dócilmente su magisterio y reconocer en él la enseñanza del mismo Jesús: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabrás no pasarán”. (Marcos 13, 31)

4.-   Cristo es la Verdad no inventada por los hombres.   Con ocasión de la inmediata finalización del año litúrgico, la Iglesia ofrece textos evangélicos de cierta tonalidad apocalíptica. Los tiempos urgen, el Señor establece su Reino sin dejarse acobardar por el espíritu confrontativo de una sociedad que no acaba de andar a los tumbos. La verdad, expuesta por auténticos profetas, rechaza toda manipulación por parte de quienes intentar falsificarla. Los falsos profetas pululan en un mundo donde se ha perdido el respeto a la verdad objetiva. Todo se inventa al servicio de intereses mezquinos, con el fin de hacer prevalecer la injusticia e invalidar el bien obrar a favor de la trampa y del atropello de los poderosos. Por eso Dios se revela amparando a los humildes, favoreciendo a los débiles y no condenando a los pecadores arrepentidos (Magnificat). El año de la Misericordia está orientado a crear conciencia de una Verdad que escapa a todo subjetivismo e invención humana. Me refiero a Dios, que se revela en el Misterio de Cristo. Un Dios que ama a los hombres hasta el perdón y que, por la santidad, los conforma a Cristo, la Verdad revelada: “Yo soy la Verdad”.