Domingo 32° durante el año

8 de noviembre de 2015

Marcos 12, 38-44

 

1.-   El poder de la humildad.   ¡¡¡Qué atracción ejerce sobre Dios la pobreza y la humildad!!! El mismo Jesús lo expresa destacando la oposición existente entre la soberbia de aquellos devotos ricos y la humildad de la pobre viuda. La condición real de quienes transitamos el tiempo es semejante a la de la pobre viuda, que no dispone más que de dos monedas de cobre, pero, con la presunción de aquellos que se autoconsideraban ricos. Todos, ante Dios, no disponemos más que de nuestras carencias de valores auténticos. Nos corresponde ser humildes y reconocer nuestros límites. La pobre viuda es consciente de su extrema pobreza y ofrece a Dios todo lo que posee: “Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir”. (Marcos 12, 43-44). En las relaciones con Dios, quien no da todo, nada da. La humilde viuda da todo lo que tiene, renunciando inexplicablemente a lo que necesita para vivir. Su ofrenda es, también, un acto supremo de confianza en Dios. Desde su voluntario despojo no contará más que con Dios. En cambio, quienes dan de lo que les sobra seguirán contando con los cuantiosos bienes que les quedan, efímeros como todo lo temporal. La viuda pobre, en valores distintos de los económicos, da más que todos los ricos, que se exhiben sin rubor entre los observadores de la escena: “esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros…”. (Marcos 12, 43).

2.-   Escandalosa subversión de valores.   Sin duda, Jesús se refiere a otros valores que distan esencialmente de los apreciados por el mundo. La sociedad ha sufrido un descalabro de valores que no podrá revertir con facilidad. Existe una expresión popular muy conocida: “Todo está patas para arriba”. De esa manera se procura explicar la escandalosa subversión de valores que invade la intimidad personal y la expresión social de la vida contemporánea. Somos diversamente responsables quienes hoy nos consideramos sus partícipes necesarios. Frente a esta realidad es preciso recoger el guante y aceptar el desafío de hacerse cargo de un oportuno cambio. Es el momento histórico propicio para concentrar lo mejor de cada uno y hacer efectivo el cambio reclamado. ¡Cuánta y trascendente tarea a cumplir!  Por el camino del Evangelio se da la capacidad y la luz para que las transformaciones se sucedan pacíficamente. Para ello, lo primero que se debe intentar es reducir las distancias y, mediante una nueva relación, proceder a la pacificación de los corazones. Cuesta mucho dar ese primer paso. Supone renuncias generosas y la virtud que les corresponde: la humildad.

3.-   Restañar viejas heridas.   En algunas manifestaciones de la actual controversia electoral parece faltar el paso a la sabiduría, proporcionado por la humildad. El maltrato manifestado, en mutuas y severas acusaciones, contribuye a la hostilidad que enferma hoy la convivencia ciudadana. La persistencia de ese comportamiento no ofrece un futuro en paz. Menos aún cuando hay que restañar viejas heridas y elevar la mira hacia objetivos más generosos y universales. El Evangelio expone todas sus exigencias y constituye, al mismo tiempo, “el poder de Dios para salvación de todos los que creen” (Romanos 1, 16). Dios compromete todo su poder, en la persona de su divino Hijo. Cristo es ejemplo  de compromiso por los otros, movido únicamente por el amor. Es Modelo a imitar, es el Ideal, al que es preciso llegar, si se quiere vivir en la verdad: “Sean perfectos como el Padre Celestial es perfecto”. Este es el mensaje que la Iglesia no cesa de repetir, también cuando las circunstancias le son adversas. No es una utopía sin posibilidad de cumplimiento. Ser como el Padre es amarlo como Él nos ama, y amar a quienes Él ama.

4.-   Cristo, el Redentor del hombre.   La humildad – que conduce a la sabiduría – convierte, a aquella pobre viuda, en un ser que atrae la admiración del mismo Jesús. Más allá de lo estrictamente religioso, las enseñanzas del Señor interesan a la misma concepción del hombre, común a todos, que hace comprensible la vieja lucha por la libertad y la dignidad. Para no equivocar el rumbo la humanidad necesita tomar en serio el mensaje evangélico e ingresarlo, al menos, como elemento válido de reflexión. La banalidad, como sistema mental para interpretar la historia, insensibiliza el espíritu humano, y lo incapacita para percibir su propia verdad. El Papa San Juan Pablo II redactó su primera Encíclica desarrollando este tema: El Redentor del hombre.  Sería provechoso que los dirigentes políticos y sociales la leyeran como un aporte al pensamiento antropológico en el que pretenden inspirarse.