TODOS LOS SANTOS (Solemnidad)

1 de noviembre de 2015

Mateo 4, 25—5, 12

1.-   Todos los Santos.   Los Santos son quienes viven, ya en la eternidad, el gozo inefable del amor de Dios. Algunos de ellos han sido propuestos, por la Iglesia, como modelos e intercesores. Me refiero a los canonizados. Los más no lo están y, no obstante, son distintos y tan santos como los otros. Esperamos encontrarnos entre ellos, después de la etapa temporal de nuestra vida. Hoy se celebra la Solemnidad de Todos los Santos, en la que se incluyen todos los que gozan de la felicidad eterna del amor de Dios, en el Reino de los Cielos. Podremos venerar a quienes no encontramos en los altares de nuestros templos. Entre ellos están algunos muy allegados a nosotros, por sangre o amistad. Hemos sido testigos – particularmente los sacerdotes – de vidas y muertes santas, de quienes no están, ni serán canonizados. A los santos los hace Dios, no el reconocimiento de la Iglesia o de fervorosos amigos y admiradores. Tampoco son productos del esfuerzo personal. La santidad es gracia, destacada por una “gratuidad” silenciosa, que procede únicamente de Dios. La apertura del corazón – a la gracia – posee una configuración específica consistente en la práctica humilde de las virtudes cristianas y de los consejos evangélicos. El texto de las “bienaventuranzas” hace un trazado exacto de la santidad, que es oportuno desgranar y meditar.

2.-   La humildad es la pobreza evangélica.   Acabamos de proclamar las bienaventuranzas. En la base de las mismas está la humildad: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos”. (Mateo 5, 3) La sustancia de esa pobreza es la humildad. No es la simple carencia de bienes materiales y culturales. Si la pobreza evangélica es la virtud de la humildad, Jesús se erige como el verdadero pobre, porque lleva su abajamiento hasta el anodadamiento por amor. Los Santos son quienes optan ser pobres y humildes con Cristo. El gozo actual de ellos, imperecedero, consiste en haber llegado a la plenitud del amor. Únicamente los pobres – que son los humildes – pueden amar como Dios los ama. Las demás virtudes – todas ellas – constituyen expresiones del amor o no son virtudes. El elenco polifacético de los Santos expone ante el mundo la belleza del amor auténtico, en el que consiste la felicidad. Los Santos encarnan un mensaje necesario para el mundo. Me refiero a este mundo, situado donde está, social y culturalmente. El único antidoto contra el mal de la selva, que invade nuestra sociedad, es el ejercicio de las virtudes sustanciadas en el precepto máximo: la caridad. Los Santos, como el mismo Jesús, anterior a ellos, muestran, en el extremo de sus vidas, cómo se debe vivir el amor verdadero. En el lenguaje tentativo de las actuales generaciones se produce una degradación del amor, tal cual lo enseña Cristo y lo viven los Santos. “Hacer el amor”, como lo entiende la cinematografía contemporánea, y copian las llamadas “parejas” estables u ocasionales, es una profanación de la práctica de ese principal mandamiento. Los Santos indican el camino al amor perfecto, donde se logra la auténtica dicha, temporal y eterna.

3.-   Sin humildad no se llega al amor auténtico.   La pobreza – o humildad – que conduce a la perfección del amor, es la virtud menos ostensible y más rara en el comportamiento personal y social contemporáneo. Su ausencia convierte el clima humano en un espacio enrarecido por el odio, la venganza, la ambición desmedida por un poder que sirve a intereses ideológicos y económicos marcados por la mezquindad y la usura. Las restantes bienaventuranzas prueban que en la primera – la pobreza – encuentran su base de sustentación. Todas ellas expresan el amor y convergen en él . El egoismo es el “pecado del mundo”  que Cristo – el Cordero de Dios – vino a desalojar de los corazones y de las estructuras sociales. Los Santos, celebrados hoy, son los testigos veraces de la acción eficaz – que reconcilia y santifica – de Jesucristo. Es oportuno insistir en la actual presencia redentora del Señor.

4.-   El cambio en base a valores y no a nuevas estructuras.   Ante la realidad dolorosa y decepcionante, que presenta el mundo actual, comprobamos la necesidad de un cambio que reflote los valores principales, incomprensiblemente sepultados por verdaderas avalanchas de conductas, personales y sociales, disociadas de toda norma moral o ética. Es imprescindible que la honradez y la verdad se encarnen en los actuales dirigentes políticos y sociales. Con mayor razón si se profesan católicos. Los Santos, además de interceder por nuestras comunidades, se constituyen en modelos humanos de inapreciable valor. Es preciso reconocer sus silenciosos aportes a la convivencia y a los diversos y principales servicios a las personas e instituciones.