Domingo 12° durante el año

21 de junio de 2015

Marcos 4, 35-41

1.-   El temor y la incredulidad.  El miedo se opone a la fe. Es falta de seguridad la que ocasiona el miedo. Quien garantiza la fe es el Autor de la misma. Me refiero a la persona de Cristo. La reclama, cuando no existe o está débil, y la pondera cuando la comprueba presente en sus interlocutores. La tormenta y el sueño profundo de Jesús ofrecen un marco a su enseñanza. En Él no parece tener lugar el miedo. Su seguridad está en el Padre y la alimenta, continuamente, en sus frecuentes tiempos dedicados a la oración. Extrae, de su relación con el Padre, la serenidad que lo asiste en sus encuentros con el mundo. De esa manera su vida se convierte en la mejor enseñanza. Nos hallamos entreverados en una sociedad muy complicada y, por lo mismo, victima de situaciones nuevas y aparentemente irreversibles. La experiencia de más de veinte siglos de cristianismo, favorece la rapidez y acierto en las soluciones de quienes se dejan guiar por el Evangelio. Ello no nos exime del riesgo y del dolor. Nadie posee un resguardo absoluto que garantice la seguridad y la paz anhelada. Es fruto de un empeño mancomunado entre personas que se diversifican por sus culturas, pero, que intentan el bien de todos y, en consecuencia, la felicidad. La seguridad proviene de la fe en quien la garantiza. Podemos profesar una fe relativa en nuestros semejantes, amigos y referentes ocasionales. No alcanza para saciar nuestra sed de infinito. Únicamente Dios.

2.-  En Dios está la seguridad de las personas y de la sociedad.  Cristo – el Dios encarnado – es Quien se constituye en nuestra absoluta seguridad. Él es la Verdad que consolida y orienta nuestra vida. Sin el reconocimiento de su presencia estaremos dando tumbos, ilusionándonos y desilusionándonos, como huérfanos nostálgicos de una casa paterna que no acaba de aparecer en nuestro horizonte existencial. No es cuestión de imponer una filosofía o una religión sino de señalar la presencia real del Dios verdadero, Creador y Padre, en Cristo resucitado. Así lo pensaban los primeros seguidores del Maestro divino, aleccionados por Él mismo. Es la auténtica lectura del mandato misionero del Señor, el día de la Ascensión (Mateo 28). Expresa la respetuosa actitud divina ante seres constitucionalmente libres, pero que, por la misma razón, deben decidir y atenerse a las consecuencias de su libre opción: ya sea por la fidelidad o por la traición. La felicidad procede de la fidelidad y el infortunio de la traición. Por el buen uso de la libertad el hombre se afianza como persona. Cuando la usa mal, se anula y pierde el goce auténtico de su libertad; como los primeros padres, que ceden al engaño y creen que Dios les ha mentido: “Dios nos ha dicho: No coman de él ni lo toquen, porque de lo contrario quedarán sujetos a la muerte. La serpiente dijo a la mujer: No, no morirán”. (Génesis 3, 3-4).  Hoy es reformulada aquella tentación y, con otras formas, se incurre en el mismo y trágico error. La famosa autorealización intenta no acatar el proyecto del Creador e igualársele pretendiendo obtener el poder de su conocimiento. Su consecuencia fue y es el que Dios les había anunciado: la muerte. Hay mucha muerte rondando la vida de hombres y mujeres y mucho destino de muerte en sus ambiciosos proyectos. Basta prestar atención a las diversas manifestaciones de la vida moderna.

3.-  El dolor del combate por la fidelidad.  La tentación y la caída están plasmadas en lo que somos y hacemos. No obstante, por el Bautismo, Cristo nos ha puesto de nuevo en el camino abandonado por Adán y Eva. Pero, su acción redentora, cuenta con nuestro propósito de recorrerlo y no abandonarlo ya. Para ello disponemos del poder de su gracia, del que ha sido investido por la Resurrección: “llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que lo obedecen…”. (Hebreos 5, 9). Será un combate sin tregua, que abarcará toda la historia, tanto de las personas como de los pueblos. Nadie está eximido de la rudeza de la lucha y se la debe entender como consentimiento firme a la propuesta, como el “fiat” al anuncio. Existe un condicionamiento, como congénito, que debilita la voluntad ante las dificultades. Me refiero a la ansiosa busqueda de facilidades, del mucho precio al poco esfuerzo. No es el proceder de Dios. El costo de nuestra redención fue muy alto: la Pasión y muerte de su divino Hijo. Recordemos la súplica dolorosa de Jesús en Getsemaní. No obstante no fue eximido del sufrimiento. Los padecimientos del combate constituyen el precio del cumplimiento de la vocación original. Si rehusamos aceptarlos, nuestra vida se malogra irremediablemente. Asi lo entendieron todos los grandes de la historia, particularmente quienes adhirieron sus vida a Jesucristo.

4.-    La fe y la confianza en Dios.  La fe inspira la confianza en Quien ponemos nuestra seguridad. No dudar consiste en depositar la confianza en quien la merece. Dios es el absolutamente confiable. En el aprendizaje de la fe, los Apóstoles debieron soportar la prueba proveniente de la incredulidad, hasta el dia de la Ascensión: “Al verlo, se postraron delante de Él; sin embargo, algunos todavía dudaron”. (Mateo 28, 17). Duele creer. La gracia es la fortaleza que necesita el creyente para renunciar a la seducción de los sentidos y decidirse por el dictamen de la Palabra. La fe es un don gratuito e inmerecido. Cristo lo mereció para nosotros, por ello, su llamado y ofrecimiento están dirigidos a todos. Para sorpresa nuestra, el fariseísmo actual, que inspira algunos comportamientos religiosos, sigue declarando escandalosas las declaraciones de Jesús: “Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. (Mateo 9, 13). Es netamente evangélica la inspiración del Papa Francisco, al decretar la celebración de un Año Jubilar dedicado a la misericordia.