Domingo 3 de Adviento

14 de diciembre de 2014

Juan 1, 6-8. 19-28

1.-  El humilde Precursor.  El misterioso y humilde protagonismo del Bautista reúne los rasgos de las principales comunicaciones de Dios con los hombres: la humildad, la pobreza, lo humanamente insignificante. Juan sufre la tentación, sin duda, a la que ceden tantos protagonistas de nuestro tiempo, de revestirse con ropas ajenas, pero, virtuoso como es, termina alejándola. El evangelista Juan lo consigna : “El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: ‘Yo no soy el Mesías'”. (Juan 1, 20) “La humildad es la verdad” afirmaba Santa Teresa de Jesús. El humilde vive en la verdad y, por lo mismo, es confiable y poseedor de la sabiduría. Necesitamos que nos gobiernen los humildes para que logren, poseedores de esa virtud, ponerse al servicio de un pueblo que necesita ser regido y vivir en la verdad. El hombre del Adviento, y Precursor del Señor, es incapaz de engañar a la muchedumbre, con el fin de inducirla a la adopción de un proyecto que no es el que corresponde. Su misión consiste en conducir a sus seguidores al verdadero Mesías, que no es él. Y, bien que lo logra, en medio de aquel pueblo dominado por la hipocrecía de los fariseos. Los fariseos eran religiosos, pero, muchos de ellos, presentaban un aspecto puramente formal de la abultada preceptiva religiosa de su pueblo. Tanto al Bautista, como después a Jesús, los pone en ascuas esa actitud tramposa. Las expresiones que ambos utilizan para describirla son muy severas: “Sepulcros blanqueados” y “razas de víboras”.

2.-  Urgencia de una respuesta actualizada.  El antiguo fariseísmo, con el correr de los siglos, ha sufrido un notable incremento. Hoy, ni las apariencias se guardan. Se estima más honesto que los hombres aparezcan como son, pero, lo alarmante es “como son”. Normas claras resguardaban, en otros tiempos, la pública moralidad y a nadie se le ocurría calificar como legítimo lo que estaba mal o como de libre elección lo que era considerado bueno. Es difícil comprender lo que ocurre en nuestra sociedad moralmente desorientada y deprimida. Pero, más que desalentarse, es preciso ofrecer una propuesta nueva o actualizada. La Iglesia dispensa, desde sus orígenes, la gracia del Evangelio. Allí está el secreto de todo cambio y renovación; desde allí es posible enfrentar las más agitadas corrientes de pensamiento, denominadas “culturas emergentes”. No debemos olvidar circunstancias tanto o más conflictivas que las actuales, en el transcurso de la historia de la fe. Se han logrado sortear porque la virtud superadora del pecado y de la muerte proviene de Cristo, el “Evangelio del Padre”, según expresión de la Conferencia episcopal de Santo Domingo(1992). No es ingenuo afirmar, privada y públicamente, que es preciso volver a situar a Cristo en el centro de la historia humana. De Él procede la posibilidad actual de responder a todos los desafíos y de reencausar la marcha histórica, marcada hoy por la desorientación. ..

3.-  El clima espiritual del Adviento.  El Adviento  coloca a los cristianos en el clima creado por Juan y afianzado por Cristo. Es el más propicio para acoger la Palabra y recuperar el sentido perdido de la vida. Es el que respira Maria, a partir de la Anunciación. La Iglesia debe abrir sus fronteras al mundo y ser para todos los hombres lo que fue Juan: el hombre que busca a Dios, que lo encuentra y que se pone a su escucha. Para ello, se requiere la práctica de la humildad de Juan, que se dispone al servicio de su precursado, aunque deba pasar por la situación incómoda de bautizar a Quien da eficacia salvífica al bautismo penitencial que él administra. Juan es el eslabón entre el Antiguo y Nuevo Testamento, entre los profetas y Cristo, entre los hombres y el Dios encarnado. La misión de preparador identifica su ministerio y da paso a Jesucristo, desapareciendo humildemente por un lado tenebroso e incomprensible de la historia, su injusta decapitación. De esa manera precede a Jesús. La muerte cruenta de ambos constituye la consecuencia dramática del pecado. Hasta tal punto llega el misterio del mal – odio y homicidio – que atropella la ternura y la inocencia de la gente honesta. Lo sigue haciendo, a través de acontecimientos semejantes. La inocencia de los niños y de los buenos se cruza con la criminalidad despiadada, dejando la sensación de ser superada por el mal. Existe una desigualdad siniestra entre la sociedad y los delincuentes que no frenan, por nada, su vertiginoso avance sobre honestos e indefensos ciudadanos.

4.-  ¡Barbaros, la fe religiosa no se mata!  En la honesta declaración de Juan, manifestando su inferioridad con respecto al Mesías, existe implícita la proclamación de que Jesús, el humilde carpintero de Nazareth, es el esperado de todos los tiempos. Al mismo tiempo, confiesa que su misión ha llegado a término: “Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”. ( Marcos 1, 8) Estamos en la era del Espíritu. Se lo identifica como el Don  de Cristo resucitado. Es invisible pero muy activo, ya que es el Amor del Padre y del Hijo, en la busqueda del hombre en pecado. Cierto ateísmo, activo y desafiante en varios lugares – también entre nosotros – que se considera “militante”, procura desacreditar el contenido de la fe que la Iglesia dispensa. Es sospechosa tanta saña. Si estuvieran tan convencidos de que Dios no existe, y de que la Navidad es una farsa, no empeñarían tanto esfuerzo propagandístico en ese tipo de campaña. Decía uno de nuestros próceres:  “¡Barbaros, las ideas no se matan!”. Yo diría: “¡menos la fe religiosa de un pueblo creyente!”.