Domingo 2 de Adviento

7 de diciembre de 2014.

Marcos 1, 1-8

1.-  Bautismo de conversión.  Juan Bautista ha recibido la misión de conducir el Adviento. Su propósito es convocar a la conversión y a la penitencia: “Asi se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados”. (Marcos 1, 4) Debe ser escuchado porque es “más que un profeta”, y lo sigue siendo en circunstancias como las actuales. Si deseamos un encuentro real y saludable con Cristo, con motivo de la Navidad, es preciso que escuchemos su llamado a la conversión y a la penitencia – “para el perdón de los pecados” – de labios de la Iglesia. Juan Bautista es un modelo relevante y actual, particularmente, para quienes debemos ejercer el ministerio de la Palabra. Enfrentamos una sociedad que disimula la verdad con gestos, hasta religiosos, como lo hacían los fariseos de aquella época. De esa manera, las apariencias distraen de lo sustancial y el cartón pintado de la obra de arte. Jesús llevará a plenitud lo que el Bautista presenta como preparación. En primer lugar es preciso que no se confundan los diversos aspectos de una realidad por demás confusa. El diagnóstico debe ser claro y honesto. De su acierto dependen la salud y la vida del mundo.

2.-  La vida en juego de Juan y de los profetas.  No fue fácil para el Bautista llamar las cosas por su nombre y calificar a sus actores. Atrajo sobre sí incomprensiones y persecuciones. La frivolidad de Herodes le arrebató la vida. La historia se repite incesantemente. Mientras no se salga de ese pozo sin fondo, en el que están sumergidos los valores resguardantes de nuestros pueblos, no se podrá intentar un nuevo orden. Un grupo de nuestros conciudadanos parece dispuesto a solucionar los problemas generados por sus antepasados inmediatos. Por la temperatura registrada en la confrontación política, no se advierte una salida que no sea más de lo mismo. Por activa y por pasiva se ha dicho que se necesitan corazones renovados y virtuosos, que generen nuevos planes políticos y económicos. Sin esa base insustituible se reeditarán los errores que han causado muchas de las situaciones que inmovilizaron el país. La voz profética del Bautista constituye la forma de intervención de Dios en la vida de los hombres y de los pueblos.

3.-  No debe esperarse a Quien ha llegado.  El profetismo se agota en Quien es el contenido de toda profecia: Cristo, el Verbo encarnado cuya llegada debia ser preparada cuidadosamente por Juan. Hoy ya no debe esperarse a Quien ha llegado y se ha instalado de manera definitiva entre nosotros. A partir de la Resurrección Jesucristo se hace inseparable de nuestra historia, anda nuestros caminos y nos reorienta al Padre. Es preciso que los cristianos vivamos esta Verdad compartiendo, con nuestros conciudadanos, la responsabilidad de lograr la plena humanización de nuestras relaciones interpersonales e internacionales. Nada de lo auténticamente humano es ajeno a la fe que profesamos. Por eso la Iglesia, a través de sus hijos, se compromete en todos los ámbitos de la vida social. Lo hace desde su visión propia, donde la fe sobrenatural juega un rol innegable. El Bautista, como enviado a allanar el sendero pedregoso de la historia de su pueblo, expone su mensaje formulado en un lenguaje directo y austero. Muchos de sus oyentes, atienden el llamado a la conversión y adoptan el signo del bautismo de penitencia. El Año litúrgico, que la Iglesia recorre, actualiza aquel llamado con la diferencia de que Juan ha cedido el paso a Quien es la promesa cumplida, infinitamente superior a él. El ministerio de la Iglesia realiza los gestos de Juan y celebra el cumplimiento de la promesa: Jesucristo.

4.-  Los signos de su presencia viva.  El Adviento, visualizado por el Bautista, hace que los cristianos lo imiten siendo anunciadores del acontecimiento ya cumplido. Ya desde los Apóstoles, que testimonian con gozo la Resurrección de Jesús, el mundo tiene la oportunidad del contacto directo con su Salvador. Nuestro Adviento nos prepara para recibir la noticia – la Buena Nueva – que Juan Bautista transmitió a sus intrigados discípulos: “Al dia siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: ‘Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. (Juan 1, 29) Es tiempo de anunciarlo presente. En la línea maestra de la Encarnación, la Iglesia pone los signos sacramentales de la presencia redentora de Cristo resucitado.