Domingo 1 de Adviento

30 de noviembre de 2014

Marcos 13, 33-37

1.- Dios llega sin anunciarse.  ¿Por qué Jesús repite, con particular énfasis, la misma exhortación a prepararse para una impredecible llegada de Dios? El tiempo de Adviento está dedicado a cultivar esa disposición del corazón. Sería imperdonable dejarlo pasar sin aprovechar la Palabra, la oración y la penitencia que la Iglesia en él nos ofrece. Durante el mismo toda la Iglesia se pone en situación de causar un cambio que no quede de fronteras para adentro. El Papa Francisco ha intentado infundir una imagen de Iglesia misionera, calificada como “Iglesia en salida”. Su misión evangelizadora la obliga a establecer relaciones directas y riesgosas con el mundo. En consecuencia, el temor se opone a la acción apostólica. Los Apóstoles se esconden hasta la llegada del Espíritu Santo. A partir de entonces enfrentan las situaciones más incómodas y no se asustan ante los mayores peligros, incluso ante el martirio. Existe coherencia y continuidad a lo largo de los siglos. El testimonio apostólico se mantiene firme entre éxitos y fracasos. Los cristianos no están eximidos de las penurias causadas por las contrariedades y las persecuciones.

2.-  La fe es dirección obligada para acceder a la gracia. La gracia, a la que tienen acceso los creyentes, no reconoce otro camino que la fe. El tiempo de Adviento da lugar al ùnico sendero – la fe – que conduce al Misterio cristiano. Lo hace en virtud del anuncio de la Palabra, de la predicación y de la celebración sacramental. El momento histórico exacto, en el que hace su aparición el Hijo de Dios encarnado, se constituye en el angulo humilde por el que entra la salvación para todos los hombres. La Navidad es su callada y asombrosa culminación. Nos preparamos no para una simple celebración festiva; hay mucho más allí. Es el acontecimiento más importante de la historia humana: se produce nada menos que la Encarnación de Dios – en el Verbo eterno – para redimir a los hombres, recuperándolos de la dispersión y del pecado. La falta de fe, o un sentimiento religioso sin contenido, predomina hoy en nuestros países de tradición cristiana y católica. No creo pecar de pesimista al formular este diagnóstico. Echar una mirada honesta a la realidad constituye la vía necesaria para hallarle una respuesta evangelizadora correcta y eficaz. Estimo que los últimos Pontífices, hoy venerados en los altares, se han empeñado en ofrecer esa respuesta. Basta recordar a San Juan XXIII, al Beato Pablo VI y a San Juan Pablo II. Adviento es un tiempo de extraordinaria vigencia en la vida de la Iglesia.

3.-  El Adviento, tiempo de atención.  Como tiempo de gracia constituye una disposición para la atención de la Palabra de Dios, de la conversión, del testimonio de la santidad y del empeño evangelizador, en una sociedad circundada y penetrada por el pecado. Significa la llegada actual de Dios a nuestra vida: “como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores…” (Marcos 13, 34) La actitud recomendada por el Señor es estar prevenidos. Mantenerse en vela para aguardar el regreso del Dueño de casa. Es un tiempo pedagógico, durante el cual los creyentes deben estar alertas, produciendo pausas saludables, cultivando las virtudes del trabajo responsable y de la espera. El Evangelio – expresión del magisterio de Cristo – posee un rol educativo que convierte, a quienes deben anunciarlo, en auténticos formadores de hombres. Sin dudas, la Iglesia está empeñada, en virtud de su misión propia, en educar a las personas conforme a los valores recuperados y perfeccionados por Jesucristo. Ello la llevará a identificar dichos valores, también en ambientes no directamente influenciados por ella. Esta actitud, expuesta en el Concilio Vaticano II, hace cincuenta años, está respaldada por la convicción de que el Espíritu Santo actúa dentro y fuera de la Institución “Iglesia”. El dia de Pentecostés, Cristo resucitado, dió cumplimiento a la principal de sus promesas, me refiero al Don del Espíritu Santo, tanto en la Iglesia como en el mundo.

4.-  En una historia animada por el Espíritu.  Por lo mismo, toda la historia se constituye en el espacio donde el Espíritu Santo actúa, sean los hombres creyentes o no. Cristo, como se encuentra hoy – resucitado – ejerce un amoroso dominio a través del Espíritu Santo, desde la plenitud de su poder. Hace una semana celebrábamos la Solemnidad de Cristo Rey, refiriéndonos al ejercicio de su realeza que “no es de este mundo”. Cada año reiniciamos, para una saludable síntesis, el periplo que nos ofrece recordar y celebrar todos los Misterios de la fe. Adviento se refiere a la Encarnación y nacimiento de Jesucristo.