Jesucristo Rey del Universo

23 de noviembre de 2014

Mateo 25, 31-46

1.-  El regreso de Cristo.  La predicación se ocupa poco de regreso de Cristo, constituido en el Juez justo, imprescindible para el restablecimiento de la verdad y de la justicia entre los hombres. De manera insistente, la Escritura nos recuerda que Dios está atento a los gemidos de los pobres y marginados. Tanto la pobreza, de quienes carecen de lo necesario para vivir dignamente, como la discriminación y la intolerancia, que hacen victimas de la injusticia humana,  son cosecuencias repudiadas por Dios. Olvidamos que, en el origen de la predicación apostólica, el tema del regreso de Cristo Señor y Juez universal alentaba las esperanzas de los creyentes.¿Qué pasa ahora y desde hace mucho tiempo? ¿Ha dejado de considerarse como contenido de fe esta verdad anunciada por el mismo Divino Maestro? Es preciso reconocerla en la tonalidad intelectual de la época, ya que hoy no se la entendería empleando el lenguaje de entonces. Cristo adopta en su prédica las formas – un tanto triunfalistas – de la época: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso”. (Mateo 25, 31) En el final de la historia, el Señor será quien ponga a los hombres en su lugar, derecha o izquierda. En el transcurso de la misma empeña su oportuna intervención, ofreciendo la posibilidad de rectificaciones en el sendero que conduce al hogar paterno olvidado.

2.-  Cristo Rey y Maestro.  Jesucristo es Rey porque es el Señor de la historia. Su misión de Maestro lo pone en condiciones de enseñar a todos los hombres el bien que deben realizar y el mal que deben evitar. La vida terrestre es el espacio para la realización de esa labor. Es lamentable que exista una desorientación moral y ética que descoloque a sectores importantes de la sociedad de ese principal empeño. Los desórdenes producidos en nuestra historia contemporánea resultan consecuencia del alejamiento, culpable o no, de ese divino gobierno. Jesús reconoce ante Poncio Pilato que es Rey, pero, sabe definir su reinado, desconocido por el mundo del pecado: “Mi realeza no es de este mundo”. (Juan 18, 36) Es inevitable la oposición entre el mundo y Cristo. Quienes son de Cristo no son del mundo. Quienes viven sometidos al mundo no son de Cristo. Inobjetable conclusión, si se observan con realismo los acontecimientos más notables de la actualidad. Quienes son de Cristo se esfuerzan por adquirir los sentimientos de humildad y pobreza de Quien vino a servir “y no a ser servido”. Por ello, no se consideran superiores a nadie sino servidores sencillos y generosos, hasta dar la vida, como su Maestro.

3.-  Cristo es el Hombre que Dios quiere de los hombres.  Cuando Pilato presenta a Jesús, después de hacerlo flagelar, profetiza inconscientemente: “Pilato les dijo: ¡Aquí tienen al hombre!” (Juan 19, 5). Es el hombre con sus penas y desolaciones, desatendido por la justicia de los hombres. Cristo quiso probar el sabor amargo de sentirse hombre, comprenderlo y hacer el camino con él. Lo único que excluye es el pecado, ya que éste constituye el germen destructor de lo humano. No se lo entiende así y, con fingida naturalidad, se lo incorpora al pensamiento y al comportamiento de la mayoria. Se afirma que pecar es “humano”, sin prestar atención a la carga de anti humanismo que posee. Quienes han perdido la perspectiva de un comportamiento coerente con el Evangelio se hallan alejados del humanismo auténtico. Cristo es el más humano de los hombres. El Apóstol Pablo lo califica: “Hombre perfecto”. Su divinidad lo opone al pecado y su acción redentora se cumple en la victoria sobre el pecado y la muerte. Su real adopción de la naturaleza humana logra que su victoria se extienda a todos y a cada uno de los hombres. San Juan Bautista lo identifica ante sus seguidores: “Al dia siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. (Juan 1, 29)

4.-  El poder de Cristo resucitado es el amor.  El último domingo del año litúrgico coincide con la Solemnidad de Cristo Rey. El poder de Cristo es el amor que – como Dios – nos manifiesta. Porque nos ama, nos redime haciéndonos vencedores con Él del pecado de origen y de los nuestros. Cuando los mártires españoles y mejicanos gritaban – antes de morir – “¡Viva Cristo Rey!”, no hacían más que proclamar el poder del amor de Dios sobre el odio de aquellos hombres. Esa historia se repite en países donde la persecución, a quienes profesan la fe cristiana, ha cobrado una virulencia sin precedentes.