Dedicación de la basílica de San Juan de Letrán

9 de noviembre de 2014

Juan 2, 13-22

1.-  Él se refería al templo de su cuerpo.  Aunque resulte difícil armonizar la bondad ilimitada de Cristo con la escena fuerte del desalojo de los mercaderes del templo, el hecho se presta a una interpretación que lo trasciende. El recuerdo que hace Juan del Salmo 69, 10: “El celo por tu Casa me consumirá”, incluye su recta comprensión. Nunca quiso el Señor que sus discípulos se detuvieran en la superficie de su enseñanza. Los desafiaba a dar un paso hacia adelante y a entender su mensaje profundo a través de lo que expresaban sus simples palabras. El templo que Dios prefiere, para llenarlo de su presencia, es el mismo hombre, en cada persona. Su prototipo es la misma naturaleza humana de Cristo. En el relato del texto de Juan, que hoy proclamamos, se expresa con claridad esta sorprendente revelación: “Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar” (Juan 2, 19). Más adelante aclara el evangelista: “Pero él se refería al templo de su cuerpo” (v.21).

2.-  Resacralizar la naturaleza humana.  El desalojo efectivo de los mercaderes del templo de Jerusalén dispone de un alcance simbólico que llega a lo que  interesa primordialmente a Dios. Me refiero a su mejor construcción creada: el hombre. Ninguna edificación sagrada vale lo que el más humilde e insignificante ser humano. Cada persona dispone de una dignidad que hace referencia a la naturaleza humana del Hijo de Dios encarnado en el seno virginal de María Santísima. Dios, en su Hijo, se asoció a nosotros para resacralizar nuestra naturaleza humana, profanada por causa del pecado. Este es el auténtico fundamento de los derechos humanos, a veces no respetados por quienes dicen defenderlos. Todo ser humano posee una dignidad inalienable, aunque exhiba una voluntaria o involuntaria reducción de sus derechos y obligaciones sociales. Las leyes que rijan la sociedad deben ofrecer espacio para el pleno desarrollo de los mismos. Si se produjera la insólita sanción de una ley en favor del aborto y de la eutanasia se estaría legalizando la abolición del derecho a la vida. Con su grave objeción a la pena de muerte, aún persistente en algunas sociedades super desarrolladas, la Iglesia expresa la validez del derecho a la vida, incluso en esas circunstancias extremas.

3.-  El derecho humano es un don, no una conquista.  Los derechos, encarpetados en toda moderna iniciativa para su defensa, constituyen dones y no retribuciones al mérito de las personas. Podrán ser ocasionalmente suspendidos, a causa de su mal uso, pero, jamás derogados. Uno de ellos es la libertad. Las prisiones están pobladas de personas a quienes se les retira el ejercicio del libre movimiento en sociedad. Esa suspensión está regulada por la justicia, por causa de una manifiesta incapacidad para ejercer responsablemente la libertad personal. Pero sigue manteniendo su original inviolabilidad, en virtud de la cual podrá ser ejercida – apenas se dén las condiciones – en la construcción de una convivencia armoniosa con otras personas. Los derechos humanos constituyen dones inmerecidos. Nadie podrá desprenderse de ellos. Rechazar el don de la vida es tan criminal como arrebatar la vida a otra persona. Por ello el suicidio repugna a la razón humana, sólo explicable en un estado de enajenación o demencia.

4.-  El carácter sagrado de la persona humana.  Toda persona posee el caracter sagrado de un templo. Es allí donde Dios quiere alojarse y revelar su bondad, su belleza y sumisericordia. La Redención restaura el templo que cada uno es, execrado por el pecado y reconsagrado por el Espíritu que Cristo resucitado otorga a quienes deciden seguirlo. Cada bautizado, inmerso en la Muerte del Señor y vivificado por su Espíritu, hace de su cuerpo un templo reconstruido en el que Dios habita. ¡Qué otra sería la vida en sociedad si todos los bautizados fueran conscientes del carácter sagrado de las personas relacionadas con ellos, fueran o no cristianos! Para que ese templo mantenga su sacralidad es preciso vivir la caridad – para con Dios y para con los demás – y, por lo tanto, desalojar la levadura del odio y del egoísmo. Jesucristo es el vencedor del pecado y de la muerte; y extiende su victoria hacia quienes lo aman “cumpliendo sus mandamientos” y abrazando la propia cruz cotidiana.