Todos los fieles difuntos

2 de noviembre de 2014

Lucas 24, 1-8

1.-  Nuestra fe en la vida para siempre.  Hoy recordamos a nuestros difuntos con la fe puesta en la Resurrección del Señor, de la que ciertamente participaremos. La Iglesia renueva el gozo de saberlos vivos al recibir la Buena Noticia de que Cristo ha resucitado. Nuestra fe en la Vida para siempre permite que la entendamos, y excluyamos de su celebración todo tipo de sincretismo. Cristo, que es la Verdad, vive para siempre y nos asegura que correremos su suerte si nos unimos al misterio penitencial de su Muerte redentora. Ello significa “cargar la propia cruz y seguirlo” o asumirla y orientarla en pos del Señor, para hacer de ella, santificada por su Santísima Cruz, instrumento de redención. Hoy recordamos a todos los fieles difuntos, a quienes, habiendo muerto en gracia, necesitan purificarse para ser partícipes plenos del Reino celestial. Los que están en el Cielo no necesitan, felizmente, de nuestro sufragio; tampoco lo necesitan, lamentablemente, quienes están en el infierno. La Iglesia ora, en su peculiar Liturgia del 2 de noviembre, por las almas del purgatorio. Es oportuno recordar la experiencia ejemplar de los primeros testigos de la Resurrección de Cristo. No podemos seguir buscando entre los muertos a Quien está vivo. Los cementerios son símbolos de campos sembrados, pero, el fruto de esa siembra no está en ellos. Alli no está la vida, que no ha dejado de existir, y que perdura en otra dimensión donde la realidad es “consistente” y obtiene el “para siempre”, otorgado desde el origen por el Creador.

2.-  Síntesis del universo visible.  El llamado “culto a los difuntos” incluye la convicción profunda de que la vida no desaparece con el tiempo y el espacio. San Pablo, cuando se refiere a ellos, habla de su transitoriedad: “La imagen de este mundo pasa”. No obstante, la vida creada por Dios es “para siempre”, pasando, desde un estado de desarrollo temporal, a lo definitivo. El hombre es el toque final de la creación visible, muy bien descrito por el Concilio Vaticano II, en la Constitución “Gaudium et spes”: “El hombre, unitario en su dualidad de cuerpo y alma, es, por su condición corporal, una síntesis del universo material, el cual encuentra su plenitud a través del hombre y por medio de éste puede alabar libremente a su Creador; por eso no le está permitido al hombre despreciar su propia vida corporal…” (Capítulo I, no. 14). Cristo, el Hombre perfecto es, por ello mismo, perfecta síntesis de la creación visible. Es entonces donde la simplicidad y la claridad se reúnen expresando su perfección. Es el hombre, en su relación con el universo, síntesis y terminación que inspiran la calificación biblica: “Y era muy bueno!!!”. El mal uso de la libertad convierte al hombre en una antítesis, triste malogrador de la Creación buena de Dios. La Redención restaura la bondad de la creación en su síntesis. San Pablo así lo entiende al referirse a Cristo como “el Hombre nuevo”, restauración y restaurador de dicha síntesis, identificándolo como vencedor del pecado y de la muerte.

3.-  La honesta búsqueda de la verdad.  Ausente Cristo la vida humana es un barco sin timonel, se hundirá irremediablemente o terminará encallando en cualquier costa perdida. Este desenlace trágico se repite continuamente y en circunstancias históricas diferentes. Cristo es el Cordero “que quita el pecado del mundo”. Es un hecho únicamente captable por la fe, pero, tan o más real que lo comprobado por la visión ocular y el tacto. La honesta búsqueda de la verdad no descarta ninguna de sus posibles aproximaciones. Es común que, por motivos ideológicos, se rechace, apriorísticamente, la Religión como auténtica expresión de la verdad. Lo hacen algunos filósofos y científicos, auto calificados “agnósticos” o ateos. También asumen idéntica actitud ciertos creyentes, fuertemente influenciados por preconceptos fundamentalistas e intolerantes. Evangelizar es poner a disposición de toda persona de buena voluntad el conocimiento de Cristo, como Verdad revelada. Es un conocimiento que exige relación personal y, por lo mismo, una sincera adecuación del comportamiento al mensaje evangélico. El llamado a la conversión, o a la “obediencia de la fe”, es la dirección obligada de la predicación de Cristo y de los Apóstoles. En el mandato misionero de Mateo 28, 19-20 queda en evidencia la verdadera naturaleza de la evangelización.

4.-  Los muertos no han dejado de existir.  El anuncio de la Resurrección comprende la seguridad de que la vida humana trasciende su etapa temporal y así logra su perfección. Cristo resucitado, y asociada a Él su Madre, se constituye en la primicia de nuestra futura resurrección. Hemos sido creados para participar de la eternidad de nuestro Creador. La denominada “muerte” no es más que la conclusión de la única etapa transitoria de la vida. Durante la misma, la persona humana tendrá que comprometerse en un ejercicio responsable de su libertad, de otra manera sí su destino será la muerte definitiva o “eterna”. El pecado es un mal uso de la libertad. Dios redime – en Cristo – a la persona, devolviéndole la capacidad – y la posibilidad – de bien usar su libertad. La oración intercesora de la Iglesia, en un dia como hoy, se eleva para purificar de los resabios del pecado personalmente reiterado durante la vida terrena. No constituye la ocasión para recordar y homenajear a los muertos, que por haber muerto no han dejado de existir, como lo consignan irreflexiblemente ciertos avisos funerarios.