Domingo 30 durante el año

26 de octubre de 2014

Mateo 22, 34-40

1.-  El principal mandamiento.  Los fariseos no dejan de importunar a Jesús con sus cuestionamientos. Aprovechan todas las ocasiones, aún las de apariencia más inocente. ¿Qué más oportuno y legítimo que preguntar al Maestro sobre el principal mandamiento? Sin embargo la intención secreta de la consulta es “ponerlo a prueba”. La deshonestidad intelectual y espiritual de los fariseos pone en juego diversos ardides con el fin de distraer al pueblo de la Verdad, personificada en Jesucristo. La asombrosa fidelidad a la verdad, que caracteriza al Señor, no tolera las trampas que pretenden fabricarle. Los deja sin palabras, aunque mascullando amenazas y proyectando su destrucción. A pesar de esas condiciones desfavorables, el Señor no se desdice. Su desafio franco y firme ofrece – a sus amigos y enemigos – la oportunidad de ajustar sus vidas a la verdad que les propone. También hoy, la predicación de la Iglesia actualiza ese llamado a la conversión y, disponiendo de los medios de la gracia, ofrece a todos la oportunidad de una opción de vida conforme al Evangelio.

2.-  El Sinodo sobre la familia.  La Iglesia ha concluido la celebración de un Sinodo Episcopal extraordinario, convocado por el Papa Francisco, que tuvo como propósito una temática de gran repercución entre cristianos y no cristianos. Se refiere a la familia en situaciones conflictivas, como las separaciones y nuevas uniones. También se incluyen las uniones de hecho, sin acceso al sacramento ni a su forma de unión civil. El Papa quiso conocer el pensamiento de los padres sinodales y, por ello, los exhortó a que expusieran con libertad su opinión. La singularidad de este Sinodo radica en el conocimiento de la realidad, sin temas prohibidos o tabúes, aunque sea muy dolorosa y desagradable. También se ha considerado la situación de bautizados homosexuales, algunos de los cuales han optado por uniones gays, pretendiendo equipararse al matrimonio legítimo y tradicional, fundado en la heterosexualidad. Algunos medios de comunicación social han creado expectativas falsas difundiendo la idea de un cambio de doctrina. Nada más alejado de la verdad. Las declaraciones de algunos padres sinodales han desmentido tales afirmaciones. La misericordia, de la que el mismo Papa Francisco es principal difusor, rige un comportamiento pastoral que no está reñido con el contenido de la fe, al contrario, es parte integrante de ese contenido. Dios, que es todo Verdad, es un Padre misericordioso. Así lo revela Cristo en escenas memorables de los Evangelios. La Iglesia debe ajustar su comportamiento pastoral al de Jesús, su Maestro y Señor. Jesús llama a la conversión, también a los fariseos que no se consideran necesitados de conversión. La misma Iglesia, fundada en los Apóstoles y profetas, necesita invitar a la conversión a los modernos fariseos.

3.-    La humildad del publicano.  Para no ser fariseo es preciso practicar la virtud del publicano, presentada por Jesús como modelo en una parábola muy conocida. Me refiero a la humildad. Es la virtud que abre las puertas del corazón a la misericordia y al perdón de Dios. No hay perdón para el fariseo, sí para el publicano que se acusa y llora sus pecados en el lugar más lejano del templo. Ese “último lugar” es la actitud del corazón para predisponerse a la gracia del perdón y al don de la justificación o santidad. ¡Qué lejos se encuentra el fariseo de ese lugar preferido por Dios! Según la parábola mencionada, el fariseo es un religioso casi perfecto, cumplidor de todas las leyes, entre ellas la del diezmo, pero la soberbia todo lo malogra en él. Su corazón está cerrado a la misericordia ya que, su desmesurada autoestima, no le permite ver sus propios pecados y lo coloca sobre los demás hombres. Me encantan las expresiones sinceras del Papa Francisco, sobre todo cuando reconoce su situación de “pecador”, que le inspira una perfecta fidelidad a Dios – ingresado en su vida como Padre misericordioso – de Quien aprende a buscar la salud espiritual de sus semejantes.

4.-  El primer mandamiento, dos en uno.  El amor a Dios está inspirado en el amor que Él nos profesa, e inspira el amor que nos debemos mutuamente. Por ello son inseparables los dos mandamientos, hasta constituir uno solo. Así Jesús resuelve una cuestión vital, la más importante y la más descuidada. En la medida en que el mundo se aproxime a ese ideal, se alejará de la delicuencia homicida, de la guerra y, por lo mismo, de su auto disolución. Los sabios y los santos ofrecen su aporte regenerativo y alientan un rumbo que conduce a la Verdad y al Bien supremo. La humanidad ha demostrado, en el correr de varios milenios, que únicamente Quien la ha creado, puede recuperarla de su estado de postración y muerte. Por ello su historia es intervenida, en el Misterio de Cristo, y saludablemente rehecha. El primer mandamiento, amar a Dios y amar al prójimo, constituye la única alternativa de salvación.