Cuarto Domingo de Adviento

22 de diciembre de 2013

Mateo 1, 18-24

          El silencioso ámbito del amor de Dios. La redención del hombre es obra exclusiva de Dios. Ningún poderoso puede arrogarse esa operación divina, si lo hiciera fracasaría irremediablemente. La historia ilustra, sin excepción, esta dolorosa conclusión. Como toda obra divina se produce en lo secreto, en el silencioso ámbito del amor de Dios. San Mateo, evangelista, nos cuenta lo que el Señor le inspira. Su relato simple, como una historia para contar a los niños, nos revela la manera que Dios emplea para crear y relacionarse con los hombres. Es sabio no pretender decir más de lo que Dios dice, ni de complicar su lenguaje con el nuestro. Releyendo, por enésima vez, la “Historia de un alma”, moldeada en el estilo simple de Santa Teresita del Niño Jesús, surgió en mi mente una exclamación: “¡Qué bien se dice toda la verdad con el reducido vocabulario de una jovencita culturalmente casi primitiva!” Ha dado, y está dando qué hablar y escribir, a destacados teólogos de la Iglesia Católica. Allí está la verdad como la formula Dios, acompañándola con el hecho excepcional de una vida santa.

          Dios interviene a favor de la verdad. El Ángel Gabriel comunica a María lo que Dios hizo – “llena de gracia” – y, como consecuencia, lo que terminó haciendo en ella: “lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo” (Mateo 1, 20). El clima religioso y cultural de su pueblo no puede ser más desfavorable. El mismo José – hombre santo – sufrió la turbación proveniente de una exagerada interpretación de la ley promulgada por el gran Moisés. Su amor purísimo por la joven esposa lo decide abandonarla en secreto para que, ante la ley, la “culpa” recayera exclusivamente sobre él. La intervención de Dios se pone al servicio de la verdad y José comprende. El hombre del silencio, de la contemplación y del espacio donde Dios se mueve, es modelo de sabiduría y convierte en un hecho personal, el que Dios ha realizado en su virginal Esposa. Acepta acompañar, ser custodio de la virginidad y de la maternidad virginal de María; acepta ser segundo y constituirse en la imagen humana del verdadero Padre de Jesús. Dios elige al silencioso José para hacerlo testigo privilegiado de la Encarnación del Verbo y de su aparición entre los hombres en la Noche asombrosa de la Navidad.

          La Verdad que regenera a la humanidad. El evangelista San Mateo deja aclarado el origen del Mesías y ofrece, a los catequizados de todos los tiempos, la verdadera identidad de aquel Ser excepcional que siendo Dios se hizo hombre. El clima nocturno, que se logra en el silencio y produce la paz, se constituye en una nueva Vida. La causa del mismo es el pequeño Niño que gime, como cualquier otro niño, envuelto en pañales y recostado en una cuna improvisada y austera. El primer párrafo del texto, hoy proclamado, nos presenta el hecho misterioso que patentiza, desde la penumbra y la pobreza, la Verdad regeneradora de la humanidad. Es tan científicamente increíble que, los sabios y poderosos de este mundo, lo excluyen sin concederle la posibilidad de un examen previo, prudente y sereno. Y quienes lo incorporaron al elenco, a veces desordenado, de sus creencias lo desempolvan cada año para justificar una fiesta sin celebración. Es lo que está pasando con la Navidad de nuestros pueblos “occidentales y cristianos”. Si se celebrara como es debido, colmaría satisfactoriamente los íntimos reclamos de una sociedad que no acaba de repetir sus errores históricos, y que, no obstante, anhela desprenderse de ellos.

          Al servicio de la fe y de su contenido. Es preciso que captemos, de este Adviento que concluye, el mensaje contenido en la Palabra, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Mateo lo menciona con términos simples, casi telegráficos: “Todo esto sucedió para se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: ‘La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quién pondrán el nombre de Emanuel’, que traducido significa: “Dios con nosotros” (Mateo 1, 22-23). Cuando las cosas se dicen de esta manera, no queda más que decir. Está de más interpretar y decorar el hecho como si hubiera quedado incompleto. El Magisterio de la Iglesia recibe la misión de velar por su auténtico significado y no permitir que se lo intente tergiversar. Para ello, se sirve respetuosamente de la exégesis y de la teología, pero, se mantiene en la senda que le corresponde, como servidor de la fe y custodio, divinamente asistido, del contenido legítimo de la Palabra de Dios. El mundo necesita ser evangelizado con el anuncio y celebración del Misterio de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado. La Navidad es su origen: “Este fue el origen de Jesucristo…” (Mateo 1, 18).