La Inmaculada Concepción de María

8 de diciembre de 2013

Lucas 1, 26-38

          Nuestra Señora del Adviento. La Argentina ha recibido el privilegio, por su gran tradición mariana, de suspender excepcionalmente la severa Liturgia del Adviento para celebrar la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. El hecho indica el reconocimiento de la presencia materna de María en estas tierras del “fin del mundo”, como lo manifestó el Papa Francisco al presentarse, en la tarde del 13 de marzo del presente año, en el balcón de la Basílica de San Pedro.  María es, sin duda, ejemplo de la espera del Salvador. Lo espera con su pueblo antes de la Anunciación, anhelante del cumplimiento del advenimiento del Mesías. Pero, después de la Anunciación, espera, en conmovedor silencio, el día venturoso de la Navidad. También está el Bautista, el que prepara los caminos de llegada, y advierte – con el llamado a la penitencia – que el encuentro con Él debe transformar los corazones. Los hombres son “el mundo” que debe cambiar. Para ello será preciso desalojar el pecado e iniciar un comportamiento histórico nuevo. Juan se entrega al ministerio de preparar los corazones y se muestra severo cuando no encuentra la humildad requerida para la detestación del mal y el arrepentimiento.

          Recibamos de ella la primera Comunión. Superada la etapa del bautismo penitencial de Juan se produce otra etapa, la que corresponde al bautismo de Jesús, que borra el pecado e instala a los bautizados en el Reino que ha llegado y se encamina a su definitivo destino celestial. Necesitamos, durante este tiempo fuerte, escuchar a Juan y contemplar a María. Que Juan nos prepare con su poderosa voz “que clama” en el desierto de nuestras almas, y que María nos introduzca en el Misterio de Salvación, que ella guarda en su seno virginal con la santa intención de depositarlo entre nosotros, hecho Niño y Pan de Vida. María es inseparable del Misterio central de la Navidad. Posee el poder maternal de dar carne y sangre a Dios para nuestra salvación. Animados por Juan al arrepentimiento de nuestros pecados, recibamos de ella la primera Comunión. Para ello es preciso calcar en nuestra vida cotidiana las virtudes de fidelidad y espera, de pobreza y docilidad, de piedad y compromiso, de seguimiento a Jesús misionero y Maestro. Durante la vida temporal del Señor, María aparece como capitaneando a los discípulos que lo siguen incansablemente por todos los caminos. Después de la Ascensión, ella se constituye en una referencia necesaria para los nuevos creyentes hasta que su muerte o “dormición” la traslada a la plena participación de la Resurrección de su Hijo divino. El Adviento nos ofrece la oportunidad – siempre única – de situarnos, también nosotros, entre los discípulos de Jesús, alentados dulcemente por María. La Iglesia, de la que es modelo María, mediante su liturgia sacramental, también capitanea hoy a los discípulos de Jesús para hacerlos testigos y misioneros, con el propósito de que “los pueblos tengan vida en Él”. Lo hace mediante la Palabra y la celebración de la Reconciliación y la Eucaristía.

          María Madre y la Iglesia Madre. María nos acompaña en la contemplación del Misterio que ella guarda y que será revelado en aquella primera Noche de Navidad. La Iglesia, predicando y celebrando – a semejanza de María – guía la espera contemplativa del Adviento y ofrece al Niño, hecho Pan del Cielo, para que se entregue, como perdón y santidad, a nuestras vidas fatigadas por las incoherencias y pecados. Es preciso acudir a María Madre sin dejar de acudir a la Iglesia Madre. La devoción mariana, que distingue tanto a nuestro pueblo, alienta la escucha y la celebración del Misterio que la Iglesia anuncia y celebra. María Madre de Cristo es modelo de la Iglesia Madre de los discípulos de Cristo. Maternidades que se reclaman mutuamente. Pablo VI, al concluir el Concilio Vaticano II, proclamó a María “Madre de la Iglesia”. Madre de la Cabeza y por extensión, y mandato de Jesús agonizante, Madre de todos sus miembros y de todos los hombres.

          Es tan pequeña ante Dios. No es de extrañar que María sea la figura principal del Adviento, seguida por la del Bautista, y desde la misma se preste a ilustrarnos con el Profeta Isaías, hasta conmovernos junto al pesebre ideado por Francisco de Asís. Los pobres y los niños descubren la presencia de Dios en los signos simples. No racionalizan lo que saben por la fe y entran en diálogo con Quien se les manifiesta. Así conocen la intimidad del Dios, que se entretiene con ellos como un padre con sus niños. Este estilo relacional de Dios no ha pasado de moda. Cuando los hombres importantes o “enfermos de importancia” desechan esta vía de acceso no atinan con el camino que los conduce a Dios. El llamado de Jesús a hacerse pequeños mantiene su actualidad y enfrenta las incomprensiones de un mundo que sobrevalora sus magras posibilidades. María anticipa, con sus actitudes, las enseñanzas de su Hijo Jesucristo. Es tan pequeña ante Dios que se califica “sierva”. Al mismo tiempo experimenta la paternidad de Quien la escoge para ser la Madre de su Hijo encarnado. Como hija, más que como sierva, obedece de inmediato y se sumerge en el silencio del Misterio depositado prodigiosamente en ella: “que se cumpla en mí lo que has dicho…” (Lucas 1, 38).