Primer Domingo de Adviento

1 de diciembre de 2013

Mateo 24, 37-44

           El tiempo adoptado por Dios. Otro Adviento. Supone la llegada de Quien es dueño del tiempo y se lo ha obsequiado al hombre junto con su existencia. La Iglesia colma de “advientos” sus tiempos litúrgicos. Prepara y celebra el acontecimiento principal de la historia humana: la Encarnación y Nacimiento de Dios Redentor. La Muerte y Resurrección constituirán el momento culminante de ese acontecimiento. Al hacerse Hombre, Dios hace propio el tiempo de los hombres, reconduce su historia a la verdad perdida por el pecado y la pone en camino de su auténtica perfección. La celebración reactualiza, de manera continua, el acontecimiento cumplido de la Pascua. De manera pedagógica la Liturgia de la Iglesia diversifica los momentos del mismo Misterio redentor. Preparamos la Navidad pero, no dejamos de celebrar, en cada Eucaristía, el cumplimiento pleno de lo allí iniciado: La Pascua de Cristo. El texto evangélico, de este primer Domingo de Adviento, crea un clima de vigilancia y fidelidad que debe acompañar toda la vida del cristiano. La expresión inspirada acompaña las recomendaciones más destacadas del Señor: “Cuando venga el Hijo del hombre…” (Mateo 24, 37).

          Hecho hombre para encontrarse con los hombres. Cristo ha venido, nos preparamos para celebrarlo en Navidad, y, cumplida la Pascua de Resurrección, esperamos dinámicamente su segunda y definitiva venida. En el texto de San Mateo – proclamado hoy – se indica la actividad de Dios encarnado, referida al momento crítico de la historia humana. Cristo se ha hecho hombre para encontrarse con los hombres y, de esa manera, sacarlos de la situación en la que los encontró. Está claro en el texto citado: “…sucederá como en tiempos de Noé. En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca, y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los arrasó a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre” (Mateo 24, 37-39). La historia humana parece repetirse y, echando una mirada sobre ella, advertimos que los hombres siguen tropezando con el mismo escollo: la ignorancia nacida de la soberbia. ¡Qué poca aptitud para el aprendizaje! No son temas de poca monta. La torpeza, en el tratamiento de los mismos, produce un desequilibrio de peligrosa incidencia. Como en tiempos de Noé, nos encontramos revolviendo los valores y desvalores en una misma hoya de barro.

          Adviento, tiempo de conexión con el Misterio. El Evangelio, que es la Buena Nueva de la presencia viva de Cristo resucitado, está destinado a intervenir para curar. La fenomenología contemporánea deja patente el mal del que el hombre debe ser curado para restablecer su orientación a la verdad que le corresponde adoptar. Me refiero a la que procede de su Creador y que reclama su libre docilidad como creatura. Cristo sigue encontrándose con el hombre afectado por el pecado que, no obstante, Él ha vencido definitivamente con su Muerte y Resurrección. El tiempo de Adviento conecta directamente con el acontecimiento esperado: la Navidad del Señor. Es una conexión dinámica, una verdadera interacción: la acción principal de Dios y la nuestra. La Palabra es el poder de Dios que actúa en nuestra mente, para iluminarla, y en nuestra voluntad para que concretemos el necesario consentimiento. La Iglesia es responsable de su anuncio y de su eficaz celebración. Es su principal tarea o misión. Su acción evangelizadora se encontrará con poderosos contradictores, tanto en el mundo externo como en el interior de su propia organización social. A los ojos de Dios, como lo evidencian los criterios evangélicos para el juicio final (Mateo 25, 31-46), la diferencia no la establecen el poderío político, militar y económico; tampoco los niveles jerárquicos o el abolengo heredado o negociado… sino la santidad. La base de esa santidad es la pobreza y la humildad. Cristo, “pobre y humilde de corazón”, es el paradigma de esa santidad y la participa a quienes se hacen pobres y humildes con Él.

          Cristo nunca deja de llegar. El Adviento, que hoy iniciamos, no puede ser reducido a la celebración de la Navidad 2013. Es un momento que crea, con otros momentos similares, un estado de permanente disposición para recibir a Cristo. Su propósito, como siempre, es encontrarse con los hombres y las mujeres que suplican ser curados por Él. Los mismos afectados por el mal, cuando no han perdido por completo la conciencia de su estado, reconocen la existencia de un mal enfermante que tiende a propagarse sin freno alguno.  No hace tantos años, no se producía una confusión tan escandalosa como la que nos presenta la sociedad actual.  La advertencia de la Conferencia Episcopal Argentina sobre el fenómeno alarmante de la drogadicción, es una prueba circunstancialmente elocuente de los niveles que ha alcanzado el pecado como mal. Son los brotes pestilentes de una causa más honda que no entiende de paliativos. El médico es Cristo. La Iglesia, como lo afirma el Papa Francisco: “Es un hospital de campaña, que tiene como prioridad recoger y curar a los heridos”.