Jesucristo Rey del Universo

24 de noviembre de 2013

Lucas 23, 35-43

          La expresión y el extremo de la Cruz. Desde mi infancia me pregunté: “¿Por qué el escarnio de la Cruz?” La imagen de Cristo crucificado llenaba mi corazón de una mezcla de espanto y de ternura. Dios Todopoderoso y Creador del Universo, llega a ese extremo de anonadamiento para salvar al hombre. La decisión increíble de hacerse Hombre – en su Hijo divino – no entra en nuestra exigua conformación mental: “¿Quién es el hombre para que te acuerdes de él?”  San Pablo no deja de manifestar su asombro ante la Encarnación, más aún ante la forma de la vida pobre y de la muerte humillante de Cristo. De allí, el Apóstol de los gentiles, saca el vigor que distingue su magnífica enseñanza y su vigor apostólico. No existe otra manera de acceder al Misterio revelado del amor de Dios que internándose en el sendero de su Cruz. Es la única y perfecta expresión del amor que Dios experimenta por los hombres. San Juan  llega a afirmar que el amor de Dios al mundo es de tal magnitud que no duda en darle a su Hijo: “Si, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Juan 3, 16). La Cruz constituye la asombrosa manera que elige Dios para revelarnos que nos quiere. Se ha producido hoy una inconcebible insensibilidad, ante esa expresión de amor, que cierra el corazón y convierte a las personas en zombies de apariencia saludable.

          El Reinado de Cristo se funda en el poder del amor. El propósito de Dios al encarnarse – en su Verbo Eterno – es revelar la naturaleza ejemplar de su amor por los hombres. En su momento causó una enorme impresión el film “La Pasión”. El realismo de sus escenas sangrientas produjo sentimientos encontrados, los más constituyeron un removedor de los sentimientos religiosos, quizás un tanto soterrados en el fango de la frivolidad dominante. No fue un golpe bajo sino la descripción veraz de una historia real. El cuerpo inocente, deshecho por la flagelación; la burla despiadada y la vociferación agresiva de una turba incentivada por el odio y la intolerancia, es lo que se comprueba al recorrer los versículos de este estremecedor texto evangélico. El Reinado de Cristo se apoya esencialmente en el poder del amor a los hombres. Se expresa así que el amor es el único poder constructor y vencedor del odio, único causante de la muerte. Un mundo dominado por el odio, en sus múltiples y variadas manifestaciones, necesita reconocer la presencia redentora del Amor, en Cristo resucitado. Me causa una agradable sorpresa la habilidad comunicacional desplegada en la sociedad contemporánea, pero también experimento tristeza al comprobar que la misma “habilidad” está al servicio de la confrontación y del odio. La evangelización, de la que debe hacerse cargo la Iglesia, se enfrenta con un desafío de dimensiones inéditas. Es preciso bajar del nivel astronómico de la contienda para que el amor sea el poder que derrote la violencia y se instale como constructor de un nuevo orden social.

          ¡Viva Cristo Rey! De ese “nuevo orden” Cristo es Rey. El grito característico de los mártires de México y España, casi contemporáneos nuestros, era el reconocimiento explícito de la realeza de Cristo: ¡VIVA CRISTO REY! Es el poder del “Todopoderoso” que ha escogido el misterioso sendero de la Cruz para manifestarse y desplegar su fuerza imbatible. Ese Ser, humillado hasta el suplicio de la cruz, consecuencia  increíble del anonadamiento iniciado en la Encarnación, no contempla otra posibilidad para vencer el pecado y la muerte que el cumplimiento de la voluntad del Padre. Es el misterioso cáliz que repugna a su deseo de ser liberado de él. Jesús sabe que la salud de una humanidad, al borde de la muerte, es que Él lo beba hasta la última gota: “Cuando llegaron al lugar llamado “del Cráneo”, lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23, 33-34). Es la imagen más expresiva del poder del amor, que no intenta excusar sino perdonar. Ese gesto de súplica al Padre mantiene su actualidad y continúa restaurando el Reino con quienes se dejan alcanzar íntimamente por su llamado.

          El poder real del amor. Esta celebración, revestida de especial “solemnidad”, no es un homenaje etéreo y formal; constituye un verdadero llamado de atención. Inseparable del montaje legal de Pilato, el título de Rey es pronunciado ante una extraña multitud que rechaza subordinarse a ese lastimoso Monarca. Prefiere al Cesar, el enemigo y usurpador, al Rey santo, dispuesto a liberarlo de la injusticia y restituirle la auténtica libertad. Por ignorancia y cobardía, una clamorosa  pueblada sigue reclamando hoy la crucifixión de su Rey Pastor en siniestro canje por la liberación de la corrupción y de la delincuencia criminal. El Reino de ese Rey sostiene y custodia su orden perfecto e inquebrantable con el poder del amor.