Domingo XXXIII durante el año

17 de noviembre de 2013

Lucas 21, 5-19

.   Estamos llegando al fin. Jesús no oculta lo que vendrá, al contrario. Sin exagerar su dramática presentación, ofrece una visión realista de lo que ocurrirá y directivas concretas para un comportamiento que corresponda a esas circunstancias. Es importante que sus seguidores no se instalen en la grandiosidad de sus obras, como el Templo de Jerusalén, porque, como enseñará San Pablo: ” La imagen de este mundo pasa”. Es insensato aferrarse a lo transitorio como si fuera definitivo. Existe lo que está más allá y no acaba. Es el ámbito en el que se mueve Dios y escapa a la percepción de nuestros sentidos. Para ello será necesario considerar la fe como una nueva visión de la realidad, más consistente que los velos que simultáneamente la expresan y la ocultan. Estamos cerrando el Año de la fe. No sé cuántos han aprovechado de él. El tema no puede ser reducido a un año calendario. Como acontecimiento principal requiere una centralidad que le permita trascender lo inmediato y sensible.

.     El señorio relativo del hombre. El mundo huye de la catástrofe que le pueda sobrevenir y, no obstante, la acelera con una sucesión de actos irresponsables que lo ponen en peligro de extinción. Comenzando por el ámbito propiamente humano, observamos cómo se tratan las personas entre sí: desconsideración, agresiones de variada tonalidad y gravedad, indiferencia e injusticia. Como consecuencia, ese mismo ser humano maltrata el bello planeta que le fue confiado con el propósito de que su genio lo perfeccione. El Universo está destinado a una progresiva transfiguración, de ninguna manera a la destrucción. No es un juguete que el hombre, como niño caprichoso y malcriado, descata después de haberse cansado de su uso. Es urgente que haga primar la verdad sobre los caprichos – con su sentido de respeto a la realidad – que lo circunda e invade. No ocurre habitualmente asi, por lo contrario se estima inventor de una realidad que, sin duda, lo sobrepasa y antecede. De esa manera, su dominio no es el ejercicio de un “señorio” que – para ser legítimo – debe subordinarse al de Dios, que sí es absoluto. Al considerarse el absoluto señor de “sus cosas”, desciende a un culto idolátrico de su persona. Al no respetar las leyes – que por lógica no impone él – lo desordena todo hasta inducirlo a un caos autodestructivo, que también lo afecta como criatura.

.  La nueva visión proporcionada por la fe. Como recordamos en otra oportunidad, no acostumbra Jesús valerse de acontecimientos dolorosos para infundir miedo en quienes son responsables de sus causas. La venida del Hijo del hombre es anunciada por los signos apocalípticos descritos. De manera inexplicable su vuelta hace estremecer la rutina irresponsable de la sociedad. Para disponerse a recibirlo se requiere aceptar la nueva visión, sin dudas cuestionante, que la vida y prédica de Jesús proporcionan. El Maestro divino lo aprovecha todo para que la esencia de la Verdad sea convenientemente presentada para su adopción. En el último gran acontecimiento eclesial – la aparición del Papa Francisco – ha sido reivindicado el único método eficaz, el empleado por Dios mismo, en el misterio de su Hijo encarnado: pobre y humilde. Mientras los dirigentes de nuestras modernas sociedades no adopten ese método, y su contenido virtuoso, el mundo seguirá dando tumbos, sin lograr emerger del atolladero. La misión que Cristo recibió de su Padre adquiere un decisivo predominio sobre los mejores proyectos políticos y económicos. Está fundado en el poder regenerador de la misericordia y es capaz de conducir a su auténtica perfección los empeños de los más geniales estadistas.

.  La elocuencia de los signos. ¿No nos detendremos a pensar en serio con una referencia no contaminada por prejuicios ideológicos? La que se nos propone desde el Evangelio posee una coherencia interna indestructible. Es la misma palabra de Jesús, ofrecida por la predicación apostólica y el testimonio de innumerables santos. Está en ella la garantía de veracidad que reclama una sana racionalidad. Los signos se suceden sin interrupción, basta prestarle una simple y pura atención. Jesús aplica, con gran precisión, lo que ocurre a su alrededor, lo que ofrece la naturaleza. Se acerca el tiempo de los “cumplimientos”. Hay que estar alertas, siempre vigilantes de que la vuelta del Hijo se produzca en cualquier momento. La inevitalidad de esa “vuelta” queda acentuada por la prédica directa del mismo Señor: “Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación” (Lucas 21, 28). El Señor se refiere a la anhelada y auténtica liberación.