Domingo XXXII durante el año

10 de noviembre de 2013

Lucas 20, 27-38

 

          Los hijos de la resurrección. Jesús no es un obsecuente con los poderosos de su tiempo. Lo guía la verdad y se opone a la mentira, cualquiera sea su procedencia. El planteo malintencionado de los saduceos no lo encuentra desprevenido: existe una legislación rigurosa y – aceptada la resurrección que los saduceos negaban – se produce una cuestión difícil de resolver. El texto no necesita mayores explicaciones, pero, da pié a una enseñanza  de sobrada trascendencia. Cuando acontezca la resurrección, de la que Cristo es prototipo y causa, será otro el grado de evolución de la vida: “En este mundo los hombres y las mujeres se casan. Pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección” (Lucas 20, 34-36). De allí deducimos que el destino final de la existencia humana es la vida angélica. Compatibilizar nuestra existencia terrena, en sus condiciones afectadas por el pecado, con el ideal humano revelado en el Misterio de Cristo, ofrece ciertas dificultades de comprensión.

          Una nueva visión antropológica. Jesús encara, como suele hacerlo, la mentalidad legalista de los dirigentes de su nación, aclarando los términos y, sobre todo, descorriendo el velo de la nueva visión antropológica que sustenta la novedad de su predicación. La evolución cultural, que parece dominar a quienes transitan la dimensión del tiempo y del espacio, excluye, de su acumulación de conocimientos, todo elemento que no pueda ser contenido entre los límites de su grado actual de racionalidad.  Los saduceos rechazan la posibilidad de la resurrección porque no la pueden alcanzar con sus sentidos y su mente. En cambio, la explicación que ofrece Jesús está inscrita en la mejor tradición de fe del pueblo nacido de las entrañas de Abraham: “Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él” (Lucas 20, 37-38). En el discurso habitual se comprueba la ausencia total o la presencia puramente formal del sentido trascendente de la vida humana.

          Ningún ser personal ha nacido para morir. Para muchos es un pensamiento consolador, pero, no del todo convincente. Sirve para pasar el trago amargo de la muerte de familiares y amigos pero, únicamente como paliativo contra ese drama doloroso e inexplicable. Jesús respalda con la verdad la creencia en la resurrección. Su argumentación se basa en la vida de su pueblo, y de todos los pueblos. Es allí donde se manifiesta el Dios viviente, que es un Dios de vivos. La muerte se opone al proyecto de Dios sobre la vida. Ningún ser personal ha nacido para morir. La muerte biológica es un umbral que debe ser traspuesto en el momento culminante de la vida espacio temporal. Pero, el destino humano señalado por el Señor debe ser merecido. Allí cada persona juega su libertad: “En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección” (Lucas 20, 34-36). Quienes han sido fieles a su vocación al amor, serán recompensados con la plenitud del amor, convirtiéndose en “hijos de la resurrección”. El odio, en sus diversas formas, provoca la muerte de la persona, no del ser. A partir de la muerte biológica, si esa fue su trágica decisión, se constituirá en una contradicción: llamada al amor y direccionada definitivamente a la negación del amor.

          La resurrección según San Pablo. San Pablo retoma, de manera lúcida, el gran tema de la resurrección. La predicación del Evangelio le exige presentar el Misterio de Cristo como paradigma de la Vida en plenitud. Todos los hombres están destinados a participar de la resurrección de Jesucristo. Llamados por el Creador al amor perfecto, malograda esa única vocación por causa del pecado, necesitaron que Quien los creó los recuperara y los recolocara en el Camino de regreso. Cristo, el Hijo de Dios encarnado, es el Dios Redentor. Su paso por la muerte – ¡y qué muerte! – y la Resurrección, constituyen el acontecimiento que ofrece la posibilidad de redención a todo hombre dispuesto a seguirlo como a su único Señor y Redentor. San Pablo considera urgente la evangelización porque el mundo necesita conocer la Buena Noticia de que Dios lo ama “hasta darle a su Unigénito” y, de esa manera, abandone la inconciencia irresponsable que lo condena a la peor de las ruinas.