Domingo XXX durante el año

27 de octubre de 2013

Lucas 18, 9-14

          Un lenguaje simple para que todos entiendan. Quien se enaltece, aun con razón, termina estableciendo injustas comparaciones y juzga a los otros como los fariseos a quienes consideraban pecadores. No tolera que los demás sean distintos y confunde la diversidad legítima con el error y la división. La excesiva concentración en si lleva a considerar a los otros menos dotados. La soberbia obstruye la visión de la propia limitación. Por lo tanto, incapacita para reconocer la verdad cuando se manifiesta en los ajenos que ofrecen sus propios aportes. Llegar a un acuerdo satisfactorio, empleando formulaciones intelectuales diversas, resulta prácticamente imposible. Al acuerdo se arriba por otro camino. Las popularizadas contiendas, en base a “ideologías” irreconciliables, no contribuyen más que a la confusión de quienes anhelan llegar a la verdad. Dios echa mano del lenguaje simple, aparentemente ingenuo, de las Escrituras para dar a la Verdad revelada una terminología accesible “a los pobres y humildes”. El mejor sendero es el que conduce a la aceptación del lenguaje empleado por Dios, extraído de la cultura de un pueblo considerado primitivo. La Encarnación del Hijo de Dios es la expresión perfecta del comportamiento comunicacional de Dios con los hombres. Dios se encarna, se revela en una naturaleza humana real, perfectamente identificable en los términos genealógicos comunes: Jesús nace de la estirpe de David.

          El fariseo y el publicano. La parábola creada por Jesús tiene una finalidad que escandaliza a los principales de su pueblo: enseñar a sus discípulos a vivir en fidelidad, sin depender de la fría observancia de los preceptos, que pretenden interpretar unívocamente la Ley de Dios. Como en el caso de esta parábola, se corre el riesgo de traicionar la verdad del mandamiento en aras de una interpretación falsificadora del mismo. La actitud soberbia del fariseo lo define como observante perfecto de los preceptos pero negador del mandamiento principal. La soberbia, gesto de autorreferencia personal, le impide ver la verdad de su propio estado y le inspira juzgar al publicano, calificándolo de pecador. En cambio, el publicano no presta atención al fariseo que intenta ocupar el centro de la escena, ni se atreve a levantar sus ojos al cielo. Se golpea el pecho y suplica el perdón: “En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!” (Lucas 18, 13). Jesús mantiene su atención en la realidad que quiere redimir. La realidad es suficientemente explícita como para descubrir en ella dos comportamientos humanos opuestos, ambos expresivos de la contradicción y ambigüedad dominantes en la sociedad.

           La resistencia al cambio. Su fina percepción le permite distinguir ambos comportamientos y calificarlos a la luz de la Sabiduría: “Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado” (Lucas 18, 14).  Así ve Dios a los hombres y, consecuente con su visión, pronuncia el juicio inapelable. La gran pérdida de la perspectiva religiosa desprovee al hombre contemporáneo para aplicarse oportunas correcciones, hasta inmediatos cambios de rumbo, si fueran precisos. El cascoteo que hoy agrede al Evangelio de Jesús, y a quienes reciben la misión de proponerlo, responde a la resistencia al cambio: a pasarse del mal al bien, del error a la verdad, del odio al amor y de la violencia a la paz. La contaminación del pecado enferma al hombre y lo vuelve débil para doblegar las siniestras tendencias que lo dominan desde su mismo interior. Es allí donde se entabla un fuerte combate – como lo describe vívidamente el Apóstol Pablo – y las fuerzas humanas resultan insuficientes.

          La gracia del Evangelio. Pero el Evangelio es “poder de Dios” (Romanos 1, 16) que viene en auxilio del hombre débil, que si cree es salvado. ¿Cómo interesar al mundo contemporáneo, tironeado por el hambre insaciable de poder, de placer y de sobrevivencia, y. al mismo tiempo, en un estado dramático de miedo ante la muerte, que siempre es inminente y está al asecho? El gran engaño es excluir del interés común el Evangelio, incluso en ambientes donde se lo dice respetar como valor, hasta jurar sobre él para el recto desempeño de la función pública. Pero, lo hemos afirmado en otras oportunidades: El Evangelio no es una obra literaria, para guardarla, lujosamente editada, en los anaqueles de una biblioteca bien provista. Es la Palabra de Dios, para regir y plasmar la vida nueva de quienes reciben el don de la fe.