Domingo XXIX durante el año

20 de octubre de 2013

Lucas 18, 1-8

          La injusticia de los malos jueces. Si un juez injusto, como el descrito por Jesús, cede a la insistencia de una humilde mujer que pide justicia, ¡cuánto más Dios, que es bueno de verdad, escuchará la súplica de un pueblo agredido por la injusticia! “Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lucas 18, 8). Dos aspectos fundamentales de la enseñanza de Jesús: la justicia y la fe. El sentido de ambas difiere mucho del que el discurso corriente les atribuye. La justicia de los hombres, bastante semejante a la del contradictorio juez de la parábola, que, únicamente cuando la presión social es grande, interviene para arreglar sólo la superficie del desarreglo. ¡Pobre justicia, incapaz de servir a la verdad y restablecer el orden dañado por la irresponsabilidad y la delincuencia! El pueblo es como la humilde mujer que pide justicia. Lo comprobamos a diario, en los relatos de innumerables seres, debilitados e impotentes. Oír al pueblo es atender los dramas de pobreza, marginación y soledad que, con mucha frecuencia, empujan a inocentes hombres y mujeres, niños y ancianos al desaliento y a la incredulidad.

          La justicia, al servicio de un pueblo que tiene fe. A veces el clamor popular se debilita por cansancio y desilusión. Es preciso recobrar la esperanza cifrada en las reservas morales que la fe religiosa custodia y estimula. La fe que suscita el Evangelio se hace vida y adopta la cultura que la expresa. La pretensión de aislarla de la vida e inhibirla para toda realización – que exceda lo privado – encubre la intensión de fragmentar peligrosamente la persona humana. Por ello el Beato Papa Juan Pablo II – verdadero adalid de los derechos humanos – enseñaba que negar la libertad religiosa constituye grave atentado contra un derecho humano fundamental: el de creer y profesar legítima y públicamente la propia fe. En países de tradición católica, como el nuestro, aparece una incomprensible presión contra el ejercicio de esa libertad. Las formas de esa presión adquieren tonalidades variadas y sutiles, a veces con cierto dejo de racionalidad. El sector ilustrado de nuestra sociedad sabe manipular los términos, otorgándoles contenidos filosóficos de aparente coherencia intelectual. Pero, el pueblo sabe lo que cree. Siente la necesidad de creer para adquirir la sabiduría adecuada y construir su vida personal y socialmente.

          Peregrinos hacia la Verdad que hace justos. La demanda urgente de justicia, por parte de un pueblo maltratado por la delincuencia y la irresponsabilidad, se funda en una explícita referencia a Dios “fuente de toda razón y justicia”. Se han producido irresponsables intentos para negar lo que el pueblo profesa en su Carta Magna. Son grupos selectos que se arrogan la representación de todos pero que, en realidad, sólo se representan a sí mismos. El pueblo expresa su oposición a la incredulidad de quienes intentan conducirlo por caminos extraños a su identidad cultural y religiosa. Lo hace con gestos, no con discursos, utilizando su propio lenguaje de signos y actitudes abiertos a la trascendencia y a la humildad. Las  espectaculares peregrinaciones, de jóvenes y no jóvenes, a los tradicionales Santuarios marianos, se abren camino entre la indiferencia política y el silencio periodístico, hasta dejar sin palabra a quienes les niegan el derecho a creer y a vivir de acuerdo a su fe. Las severas palabras de Jesús – “cuando venga el Hijo ¿encontrará fe sobre la tierra?” – formuladas en forma de pregunta inquietante, resuenan con particular fuerza en boca del Papa Francisco y de los auténticos evangelizadores.

          Respuesta al desafío misionero de Jesús. Como toda pregunta, reclama una respuesta y debe obtenerla. La respuesta a la pregunta del Señor se halla incluida en el mandato misionero (Mateo 28, 18-20). Los Apóstoles respondieron a ella, y la Iglesia sigue haciéndolo en cada época de la historia. Corresponde hacernos cargo hoy de esa respuesta y desafío. Benedicto XVI lo ha puesto en evidencia al proclamar el año de la fe. En continuidad con esa profética decisión, el Papa Francisco lo predica constantemente y se esfuerza por poner a la Iglesia en las mejores condiciones para aceptar ese desafío. Las directivas e indicaciones del Sumo Pontífice se asemejan a las que impartía Jesús a los setenta y dos discípulos enviados a evangelizar. Conformarse con ellas es ponerse en condiciones ideales para evangelizar hoy al mundo. El fruto  de esa acción principal es la fe, que el Hijo quiere encontrar “cuando venga”.