Domingo XV durante el año

14 de julio de 2013

Lucas 10, 25-37

 

          El conocimiento de la Ley. Aquel doctor de la Ley, sin proponérselo, al intentar poner a Jesús en un aprieto le ofrece una inmejorable oportunidad para desarrollar su magisterio. La pregunta suena sincera: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?” (Lucas 10, 25). El Señor  hace uso de una pedagogía tan suya y apodíctica que deja sin palabras a sus ocasionales adversarios. La calidad de doctor de la Ley de aquel hombre da pie a un debate que favorece a Jesús. El doctor es un especialista en todo lo que se refiere a la Ley: “Jesús  le preguntó a su vez: ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?” (Lucas 10, 26). La respuesta es técnicamente perfecta, el mismo Jesús lo reconoce, no sin cierta satisfacción: “Has respondido exactamente, le dijo Jesús, obra así y alcanzarás la Vida” (Lucas 10, 28). Aquel hombre no se da por satisfecho hasta intentar una nueva e intencionada estocada doctrinal: “Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: ¿Y quién es mi prójimo?” (Lucas 10, 29). A partir de ese momento Jesús relata una bellísima y sugerente parábola, la del “Buen Samaritano”.

          Un hombre bueno y próximo. El samaritano de la parábola es modelo de compromiso. No se contenta con lamentarse por el estado en que se encuentra el pobre hombre maltratado por los delincuentes. Baja de su cabalgadura, signo de su posición económica y social, y se dedica a curar y luego trasladar al pobre herido a una posada confortable, apta para su recuperación. Jesús, con escándalo para quienes el samaritano es un enemigo y extranjero, clasifica al mismo como el componente destacable, por su solidaridad,  de una tipología de individuos insensibles al drama de su semejante. Aquel buen extranjero distrae su tiempo y su dinero para atender al desconocido agredido por los salteadores. Gran lección para quienes estamos situados en lugar de aquellos personajes clasificados por Jesús. ¿Quién inspira la compasión sino Dios? Es una virtud que le es propia y con la cual se auto revela en Jesucristo. Sea quién fuere el “compasivo” está misteriosamente inspirado por Dios. En el caso de la parábola, el compasivo es un extraño al herido; por lo contrario, quienes pasan de largo, indiferentes e incompasivos, son parte de su pueblo, y particularmente responsables a causa del lugar que ocupan  en aquella sociedad constitutivamente religiosa: un sacerdote y un levita.

          Una Iglesia pobre para los pobres (Francisco) Es fácil comprobar que los más sensibles al sufrimiento, causado por la pobreza y el desamparo, no son los poderosos – política y económicamente – sino los pobres. El sueño inspirado del Papa Francisco “de una Iglesia pobre para los pobres” posee una tonalidad profética de gran actualidad. La afirmación, de la que me hice cargo al comenzar este párrafo, no es una regla universal sino una percepción espontánea y ocasional. La parábola, como todas las de su género, está encaminada a exponer una verdad esencial y a llamar a la conversión del corazón. Exige, por lo mismo, una contemporaneidad promovida por circunstancias excepcionales. La injusticia de la pobreza y de la marginación no ha sido resuelta aún. Abundan los discursos propulsores de proyectos sin ejecutar, a veces ideológicamente tramposos. Necesitamos al buen samaritano, que no especula sobre posibles soluciones sino que las aplica en silencio. Hay que curar heridas y devolver al asaltado lo que le han robado los salteadores. Es preciso educar verdaderos sentimientos de solidaridad en los niños y los jóvenes que esperan de sus mayores (padres y maestros) testigos de la verdad que necesitan aprender para construir una Patria en serio.

          Recomponer la salud del espíritu. La Palabra de Dios viene en ayuda del pensamiento y del comportamiento de las personas. Su propósito es despertar la fe y nutrirla con el alimento adecuado. La Iglesia, en nombre de Jesús, lo brinda a manos llenas. Nuestro deber es hacerlo apetecible al paladar cultural y espiritual de nuestros contemporáneos. Es una misión no carente de grandes dificultades. Se ha producido un deterioro grave en la sensibilidad espiritual de los hombres y mujeres de nuestra sociedad. Es el momento de recomponerla, no precisamente en inútiles confrontaciones mediáticas, sino echando mano a terapias espirituales y culturales que devuelvan el gusto por lo noble, lo honesto, lo justo, lo bello y lo santo. Para ello es particularmente urgente cambiar los contenidos de algunos mensajes, que causan un daño irreparable en el paladar popular, segando lo que la enseñanza y la fe tradicionales habían depositado en las mentes y corazones de anteriores generaciones. El reaseguro para esa necesaria recuperación es la labor artesanal de los pensadores, los artistas y los santos.