Domingo XIV durante el año

7 de julio de 2013

Lucas 10, 1-9

 

          Los colaboradores de Jesús. Jesús no lo hace todo. Busca colaboradores capaces de desempeñar su propia misión evangelizadora. Para ello los adiestra y les ofrece pautas oportunas. Reúne setenta y dos discípulos y los envía de dos en dos. Les dice que deben poner su confianza en la gracia del desapego y no en la acumulación de “protecciones” de cualquier índole: “No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie en el camino” (Lucas 10, 4). El no detenerse a saludar no significa desconectarse de la gente sino no depender de influencias que faciliten la comodidad y amordacen el Evangelio. Los mensajeros deben ser libres y obrar con libertad. Sólo así podrán ser portadores de la paz y ofrecerla a quienes se hagan merecedores de la misma. Las casas abiertas a su visita podrán convertirse en su alojamiento, mientras transmitan el anuncio de Reino y curen a los enfermos. ¡Que importante es volver al Evangelio para resolver los conflictos del presente! De esta manera la Palabra de Dios revela toda su actualidad.

          Orientaciones pastorales hoy válidas. El texto evangélico de este domingo ofrece muchas enseñanzas. Nos detendremos en la intención de Jesús al impartir las orientaciones a los setenta y dos. Los evangelizadores, como su Maestro, deben caminar aliviados de las precauciones que los “prudentes” de este mundo creen imprescindibles.  Deben andar sin alforjas – dineros y títulos prestigiosos – hasta sin calzados, para que sus pies se adhieran a la dolorosa tierra de los hombres. De esa manera comprenderán los dramas y sufrimientos de quienes deben ser evangelizados. Existe un mundo que no vemos, y que los medios de comunicación no nos muestran, sumergido en el dolor de cada día y en la desesperación. Es preciso contactarse con él, internándose en los barrios más humildes de nuestra población. Allí está la pobreza enquistada por causa de la irresponsabilidad de quienes deben restaurar la justicia, crear fuentes de trabajo – con su debida cultura – y hacer que alcancen a todos los bienes de todos. El llamado del Evangelio a establecer lazos fraternos está emparentado con el anuncio de la presencia del Reino de los Cielos y el reclamo de conversión. Aquellos 72 debieran ser mil doscientos millones. Cada bautizado es un enviado a mostrar la presencia de ese Reino y testimoniar la santidad.

           La renovación de la Iglesia. La Iglesia está empeñada en renovarse para iniciar una etapa distinta de su acción evangelizadora. El Papa Francisco, con su testimonio, su palabra y sus decisiones claras, conduce la barca de Pedro en esa dirección. Será preciso subirse a ella porque, por el bautismo, somos parte de su tripulación. Para llegar a esa situación necesitamos revitalizar la fe – hoy alentados por la celebración del año de la fe – y comprometerla de verdad a pesar de las dificultades y graves contrariedades políticas y culturales que la acosan. Estuve releyendo algunos premonitorios párrafos del testamento espiritual del Cardenal Martini, fallecido en agosto del año 2012. Me atrevo a transcribir un párrafo de ese testamento de impresionante actualidad: “Veo en la Iglesia de hoy tantas cenizas sobre las brasas que a menudo me invade una sensación de impotencia. ¿Cómo se pueden liberar las brasas de las cenizas de modo que se pueda revivir la llama del amor?…¿Dónde están las personas llenas de la generosidad del buen samaritano, que tienen Fe como el centurión romano, que son entusiastas como Juan Bautista, que se atreven con lo nuevo como Pablo, que son fieles como María Magdalena? Aconsejo al Papa y a los Obispos buscar doce personas fuera de línea para los puestos de dirección. Hombres que estén más cerca de los más pobres y que estén rodeados de jóvenes y que experimenten cosas nuevas” (Cardenal Martini – Agosto 2012).

          El entusiasmo de la fe. La conversión no se da de repente, es un proceso que requiere su tiempo y una enorme paciencia en quien está dispuesto a llevarla a cabo. Los hombres somos poco pacientes, no soportamos nuestra propia lentitud y menos la de los otros. Jesús acompaña a sus discípulos, tolerando su ritmo intelectual y espiritual. El amor creciente a su Maestro constituye la necesaria disposición para aprender. No siempre le va bien y, con alguno de ellos – Judas Iscariote – le fue muy mal, pero su mansedumbre y su paciencia logra ponerlos en camino, hasta que lo conocen y se abandonan sin restricciones a su conducción. Para reconocerlo como verdadero Dios y tratarlo como a tal, tienen que cerciorarse de su anunciada Resurrección. Somos aquellos discípulos, quizás más frágiles por causa del debilitamiento actual de la fe.  Es preciso reconectarse existencialmente con la fuente, que es el mismo Cristo resucitado, para recuperar el entusiasmo de la fe y llegar rápidamente al compromiso de la caridad.