Domingo XIII durante el año

30 de junio de 2013

Lucas 9, 51-62

          Manso y humilde de corazón. La mansedumbre de Jesús regula sus relaciones con las personas y los pueblos. A veces nos detenemos en algunos de sus gestos, transmitidos por el Evangelio y descontextualizados por algunos de sus lectores, que lo muestran esgrimiendo un improvisado látigo para expulsar a los mercaderes del Templo. De esta manera se pretenden justificar ciertos desbordes temperamentales. La descripción que hace Jesús de sí mismo desalienta a los rígidos interpretes de aquellos gestos: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”. Aparecen dos lecturas del comportamiento y exhortaciones del Señor. Una de ellas tiñe de afligente severidad sus palabras y gestos; otra es salesiana – con referencia a su santo ejecutor: San Francisco de Sales – conformadora de una ascética de la bondad y de la misericordia. La intención de Jesús es revelar a Dios como Padre misericordioso, descrito magistralmente en la parábola del Padre Bueno o “el hijo pródigo”.

          No a los violentos, aunque tengan razón. A su verdadera identidad de hombre manso y humilde corresponde su reacción ante los violentos Santiago y Juan: “Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos (a los samaritanos)? Pero él se dio vuelta y los reprendió. Y se fueron a otro pueblo” (Lucas 9, 54-56). Esa actitud de Jesús se constituye en un bálsamo para los corazones angustiados por el temor al castigo merecido por los pecados. Será así mientras no se pierda el sentido del pecado y haya conciencia de que los delitos merecen una sanción ejemplar. Será así aunque tales delitos no hayan sido alcanzados aún por la justicia humana; lo serán, de todos modos, por la inexorable justicia divina. La justicia de Dios subsume, no obstante, la compasión y el perdón en favor de quienes acuden a la Divina Misericordia mediante un sincero arrepentimiento. Tanto en el Evangelio como en la extensa historia de la fe cristiana se hallan ejemplos conmovedores. La mansedumbre no está reñida con la verdad y la justicia, al contrario, es lo que les hace falta. Quienes ejercen la autoridad necesitan ser humildes; de esa manera asegurarán un auténtico respeto por la dignidad humana de quienes, delinquiendo, se han excluido de la verdad y del bien. Nadie sabrá arrepentirse de verdad ante el verdugo que lo ejecuta. Necesita que le ofrezcan el perdón, como acción divina que redime.

          En esa escuela aprenden los Apóstoles. Ese ofrecimiento despierta, en quienes delinquen, el sinsabor de haber pecado, convirtiéndolo  en redención. Jesús reprende a Santiago y a Juan – famosos “hijos del trueno” – a causa de la sugerencia irreflexiva de aniquilar a aquel pueblo de Samaría, que se había negado a hospedarlos. El comportamiento misericordioso, y no obstante justo, de Jesús, constituirá, para sus Apóstoles, el contenido irremplazable de la predicación evangélica. Es preciso recordar la intención de Dios, al internarse en la historia humana, mediante la Encarnación del Verbo, claramente expresada por el mismo Jesús: “No he venido a juzgar sino a salvar”.  Con frecuencia incorporamos en nuestra predica penitencial la frase bíblica: “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”.

 

          La ternura de Dios reflejada en la mansedumbre de Jesús. El aval bíblico al proceder misericordioso de Dios es frecuente y explícito. Es más exigente y eficaz que las diatribas de algunos predicadores medioevales que encuentran, en la actualidad, lamentables reediciones. El Papa Francisco está acentuando, en su diaria predicación, la ternura de Dios reflejada en la mansedumbre de Cristo. Sus gestos hacia los pobres y enfermos revelan el verdadero Corazón del Padre. Quienes están más alejados de la fe necesitan decidir su regreso a Dios alentados por esa evangélica visión paterna. El empeño de Jesús – al referirlo todo al Padre – en su ministerio misionero, adquiere ese sentido, con frecuencia ausente en la presentación de la fe religiosa. La excepcional fecundidad pastoral del Obispo San Francisco de Sales consistía en su capacidad de manifestar la amabilidad de la fe cristiana. Así lo recomendaba a sus sacerdotes y lograba transparentarla, él mismo, incluso con los calvinistas de su tiempo, tan empecinados en atacar e inmovilizar a la Iglesia Católica. Como Cristo es transparencia del Padre Bueno, los auténticos creyentes (los santos) son transparencia de Jesús “manso y humilde”. A través de su humildad y mansedumbre Cristo presenta la imagen del Padre Dios tierno y misericordioso. Es preciso que nuestro mundo reciba, de la Iglesia, la verdadera imagen de Dios, como Cristo nos la muestra.