Domingo XI durante el año

16 de junio de 2013

Lucas 7, 36-50

          Amor y perdón. La escena conmovedora, hasta espectacular, de la mujer pecadora, que llora a los pies de Jesús, ofrece la ocasión para el dictado de una lección que será principal en el Evangelio. Todo verdadero contrito está necesariamente inspirado por el amor. Cuanto más amor más perdón y viceversa. El fariseo Simón, su anfitrión ocasional, bien hijo de su pueblo y de su cultura, no entiende más que lo registrado por su recuerdo de leyes y tradiciones, anquilosadas en el rígido comportamiento religioso aprendido desde pequeño. Aquella mujer cumplió los servicios de hospitalidad que Jesús no había recibido de quien lo invitó. La amistad no consiste en poner una buena mesa sino en manifestar el gozo de recibir al amigo y de expresarle el aprecio que corresponde a esa amistad. Cuando se lo acusa de perdonar con excesiva condescendencia Jesús recurre al valor del amor para el perdón, como efectiva reconciliación. Se requiere mucho amor para perdonar mucho, en consecuencia, la largueza en el perdón suscita mucho amor en el perdonado: “Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos lo amará más? Simón contestó: Pienso que aquel a quien perdonó más. Jesús le dijo: Has juzgado bien” (Lucas 7, 41-43).

           El amor para la reconciliación. Cuando Jesús reformula el precepto del amor: “Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre…” (Mateo 5, 43-45), está manifestando en qué consiste el verdadero amor; su poder alcanza a transformar al enemigo en amigo, al perseguidor en compañero de ruta. San Pablo asegura que sólo el amor puede eliminar el odio y hacer del caos social una verdadera comunidad de hermanos. Con ocasión del gesto insólito de aquella mujer Jesús afirma que el perdón de los pecados procede del amor. Mayor es la obra del perdón cuando los más graves pecados son confesados humildemente. Si nuestra sociedad “cristiana” acogiera dócilmente la palabra de Jesús se llegaría pronto a la reconciliación y se establecería de manera definitiva la paz. Se da lo contrario, aparece el odio y la división como un estado inevitable. Si se cambiara la óptica y el mundo se situara desde el enfoque de la palabra de Cristo ¡qué otros serían sus resultados!: “Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor” (Lucas 7, 47).

          El amor da sentido al arrepentimiento. De las palabras de Jesús se deduce que el arrepentimiento es válido cuando llega al amor. En grados diversos todos debemos arrepentirnos de nuestros pecados y la única forma de hacerlo es amar a Quien, porque nos ama, nos ofrece su perdón. El camino que Dios traza, para eliminar las distancias abismales que el pecado ha causado, es mostrarnos su amor en la inmolación de su Unigénito. No reacciona con ira contra el ofensor; su reacción es la Redención mediante la Cruz de su Hijo encarnado. El pecador arrepentido se supone profundamente estremecido por ese comportamiento divino. La mujer arrepentida cae de rodillas ante el Señor – Dios compasivo – que ofrecerá su vida por ella y por todos, tan pecadores como ella. Ante el descubrimiento del amor de Dios, aquella mujer llora enternecida y su situación de pecado desaparece.  Si la cultura contemporánea no da lugar a esta percepción evangélica, difícilmente los hombres y mujeres que la construyen encuentren solución a sus problemas más angustiantes.  Jesús no vino con la intención de ordenar las cosas, vino a reconducir a la persona humana al orden original abandonado irresponsablemente.

          El perdón reconstituye a la persona. Por ello, el propósito de los Apóstoles, instruidos y enviados por Jesús, no es cambiar el orden social, político y económico que el hombre se ha impuesto, sino cambiar al hombre que debe revisar y cambiar ese orden. Cuando se intentó hacer política, social o económica, en términos religiosos, no se logró más que empeorar las cosas, lo mismo ocurrió con el corto alcance de algunas “revoluciones”. Mientras no se cambie el corazón del protagonista de todo cambio, devolviéndolo al orden original de la Creación de Dios, no pasará nada. Jesucristo nos revela a Dios como Padre de todos, constituyéndose en el “primero en una multitud de hermanos” (San Pablo), restableciendo la igualdad de las personas y aboliendo las diferencias injustas, vgr. entre esclavos y libres, ricos y pobres, letrados e iletrados. En la dignidad común y la armonía de los diferentes se construye y consolida la paz.