Domingo X° durante el año

9 de junio de 2013

Lucas 7, 11-17

 

          La compasión de Dios. Cada gesto de Jesús es revelador de Dios. Dios es como Jesús lo muestra a quienes alternan con Él. La maldad, que es activada por los pecados que se cometen de continuo, constituye una agresión contra la naturaleza humana. Toda agresión produce sufrimiento, con su correlato de soledad, desamparo y desesperanza. El hombre en pecado padece un sufrimiento sustancial, pegado a su naturaleza como una herida abierta que – por sí solo – él no sabrá suturar. La compasión relaciona a Dios con las personas que sufren el drama doloroso del pecado. Jesús, que es el “Dios compasivo”, se acerca al pecador hasta encontrarlo y redimirlo. No es su gesto una muestra de piedad convencional sino de regeneración samaritana. Se pone en contacto con el pecador para ofrecerle sinceramente su perdón. Basta que sepamos detener el cortejo fúnebre en la intercesión  de todos los Naímes de la sociedad contemporánea. Aquí está Jesús, como lo recordamos durante el tiempo pascual, que sin dejar de estar junto al Padre, permanece alojado entre nosotros para detener nuestros cortejos fúnebres y devolvernos a la Vida verdadera.

          ¿Está perdido el sentido del pecado? Parece que se intenta adrede eliminar del vocabulario vigente el término “pecado”. No se lo entiende mientras no se acuda a su significado existencial y religioso. El Evangelista San Juan lo vincula con la “muerte eterna” cuando lo refiere a la ruptura de comunión con Dios. Es el producto inmediato del mal uso de la libertad y, por la misma razón, aparece contrapuesto al amor verdadero. Hace muchos años, el Venerable Papa Pio XII introdujo en su enseñanza una afirmación escalofriante: “Los hombres y mujeres de nuestro tiempo han perdido el sentido del pecado”. Recuerdo muy bien la sustancia de su pensamiento, aunque hoy deba recurrir – con cierta libertad – a una formulación literaria propia. Si hace sesenta años el mundo estaba en esas condiciones ¡cuánto más lo está ahora! Se ha producido un deterioro moral tan vertiginoso que lo expresado entonces, con cierta osadía profética, hoy es moneda común. El pecado, como negación de la auténtica vida, ha invadido los espacios más significativos de nuestra moderna sociedad. Si se predica el Evangelio, sin glosa privatista que lo aguachente, no se podrá ocultar este incómodo concepto: “el pecado es la muerte del alma”. Es preciso que se lo excluya de la vida personal y social. Para ello Jesucristo vino al mundo. Lo declaró abiertamente al ser objetado por los escribas y fariseos: “Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mateo 9, 13).

          Cristo es el Dios compasivo. El joven fallecido en Naím personifica a la humanidad alejada de Dios por el pecado. Dios le expresa su entrañable compasión deteniendo el cortejo de la historia mediante la presencia decisiva de su Hijo encarnado. Juan Bautista lo identifica ante sus discípulos con aquella memorable expresión: “Es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1, 29). Es preciso detener nuestro cortejo fúnebre al llamado sereno y firme de Jesucristo. Es la oportunidad, no se repetirá indefinidamente, la de hoy puede ser la última para muchos de nosotros, como lo fue ayer para quienes ya no están.  La inconsciencia casi generalizada, de los valores fundamentales y trascendentes, invade las manifestaciones principales de la sociedad contemporánea. Se vive en la superficie y se calla la conciencia, desde donde Dios ofrece su amistad y reclama la nuestra. El abandono de la dimensión religiosa, impuesto por el posmodernismo, parece mantener el comando de los acontecimientos actuales. De esta manera se confunde la vida con la muerte y todo deseo legítimo de vivir se constituye en un cortejo fúnebre. Se mantiene el engañoso proyecto de ignorar a Dios y, en consecuencia, de enmudecer los dictámenes de la conciencia moral.

          Vencer el pecado y encontrar la Vida para siempre. Sin la presencia compasiva de Jesucristo, nuestra vida transitaría graves e inexplicables turbulencias. Pasaríamos del sinsabor existencial a la desesperanza. ¿Qué sentido tiene la vida sin un ideal que trascienda su etapa temporal? Muchas personas tocaron fondo y terminaron en el suicidio. La mayoría sigue el cortejo fúnebre de Naím negando,  a la presencia de Jesús, la elemental y responsable atención. En fin, se llegará a enterrar “al hijo único de una mujer viuda” (Lucas 7, 12). La compasión de Dios, manifestada en Jesús, detendrá ese cortejo para resolver el drama de quienes no avizoran aún otra meta que el cementerio. Al celebrar el Misterio pascual, la Iglesia, como humanidad reconducida por Cristo al Padre, recobra la esperanza de vencer la muerte del pecado y de hallar la Vida para siempre.