Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

2 de junio de 2013

Lucas 9, 11b-17

 

          Resurrección y Eucaristía. La Eucaristía nos recuerda que Jesús está presente con todo el poder de su Resurrección. Es una presencia activa, que remueve los escombros a los que hemos reducido la excelente Obra de Dios: nosotros mismos. Los anticipos de su Institución se hicieron patentes ante la mirada de sus discípulos, intelectualmente distantes de ese sorprendente anuncio. Algunos de ellos “dejaron de acompañarlo” al resultarles demasiado fuerte su lenguaje. El Jueves Santo, quienes permanecieron fieles en su seguimiento, ataron aquellos “cabos sueltos” y reconocieron la simbología del Misterio anunciado.  Su carne es comida y su sangre es bebida al escoger el pan y el vino como signos de Él mismo ofrecido en alimento. Basta que alguien, ordenado para ello, actualice la Última Cena y repita el sagrado rito. La Iglesia dedica una jornada solemne para celebrar el Misterio Eucarístico y, mediante una manifestación procesional, expresa públicamente su fe en la presencia adorable del Señor.

          Hoy ofrecemos el Sacramento de su real presencia. Durante todo el tiempo pascual hemos insistido en la presencia del Señor Resucitado en esta desvencijada historia humana. Hoy presentamos su Sacramento. Lo celebramos, lo exponemos al reconocimiento de los fieles y lo paseamos por nuestras calles para que bendiga a nuestros conciudadanos y los atraiga a su vitalizadora amistad. La Iglesia se está dejando conducir a formas más simples, concordes con el estilo evangélico de las enseñanzas de Jesús, que pueden entender los pobres e iletrados cuando se las ofrece con la simplicidad de su lenguaje original. Hubo épocas necesitadas del barroco para que otros grados de la cultura pudieran expresar la existencia del Misterio divino. Muchos hombres y mujeres han logrado la santidad orientados por aquel lenguaje. No obstante, siempre fue la simplicidad admirable de Dios la meta de aquellos extraordinarios procesos de santificación. El  ya popular “efecto Francisco” está terminando de adoptar el lenguaje nuevo, el más adecuado para transmitir lo que Dios, por su Cristo y su Iglesia, quiere decir a los hombres de nuestro tiempo.

          Ante el hambre de Dios: ¡Denles ustedes de comer! En ese marco debemos celebrar el tradicional “CORPUS”. Fue nuestro intento, cuando tocó a Corrientes organizar el Xº Congreso Eucarístico Nacional, hace nueve años. Su eco perdura en nuestra vasta geografía nacional.  Se procuró entonces, con la solemne simplicidad de las cosas de Dios, poner en el centro de la vida ciudadana a Jesucristo, Salvador de los hombres. ¿Lo hemos logrado?, al menos fue nuestro intento desde el primer instante de su preparación. La súbita inspiración del lema: “Denles ustedes de comer”, corresponde al texto que acabamos de proclamar: “Él les respondió: Denles de comer ustedes mismos” (Lucas 9, 13). Quienes nos alimentamos de Él, porque lo celebramos a diario, sentimos el calor de su amor y el reclamo urgente de ofrecerlo a las multitudes que tienen hambre de Él. La evangelización lleva consigo el poder de atraer a quienes, quizás sin advertirlo, buscan a Jesús desde el desierto de sus vidas, aún corriendo el riesgo de desfallecer lejos de los poblados donde, contradictoriamente, se dispensan alimentos insuficientes para nutrir las fuerzas desgastadas. La Eucaristía es el Pan verdadero que Cristo quiere multiplicar entre nuestras manos para que la humanidad no desfallezca y termine desorientándose.

          De este Pan tiene hambre el mundo. Las necesidades que vemos aflorar en la superficie de la vida ciudadana, reclaman este Pan bajado del cielo. No hay que ir lejos para encontrarlo y Dios lo ofrece gratuitamente. Es preciso brindarlo de manera explícita, especialmente a quienes, por el bautismo, están en condiciones de celebrarlo y alimentarse de él. Supone una ardua tarea ya que el deterioro de la fe ha adquirido dimensiones impensables. Ello indica hasta qué punto se ha tornado necesaria su exposición pública y la catequesis correspondiente. Corpus responde al silencioso reclamo de los corazones hambrientos. Como todo misterio divino, la Eucaristía encontrará inteligencias humildes que la sepan identificar y corazones dispuestos a la adoración y a la santidad. En eso consiste su importancia actual, como lo fue siempre, atravesando conos de sombras, por causa del descuido a que fue sometida por quienes debían – y deben – celebrarla piadosamente y exponerla al culto principal de los bautizados. Esta celebración constituye una oportunidad imperdible. Nuestro mundo demuestra su necesidad de redención y el reclamo informulado de acudir a su Redentor que ha escogido la humildad de los velos del pan y el vino para redimir del pecado y conducir a la santidad.