Solemnidad de la Santísima Trinidad

26 de mayo de 2013

Juan 16, 12-15

 

          Dios es toda la Verdad. Me estuve preguntando por qué la Iglesia celebra la Solemnidad de la Santísima Trinidad inmediatamente después de Pentecostés. La presencia activa del Espíritu otorga seguridad de acceso a toda la Verdad: “el Espíritu de la Verdad los introducirá en toda la verdad…” (Juan 16, 13). Dios es toda la Verdad. No llegar a Él es permanecer entretenidos con verdades parciales, enfermos – en el intelecto y en el corazón – de insatisfacción e inseguridad. Durante el tiempo de Pascua se multiplican las apariciones del Resucitado. En ellas otorga y promete la plenitud del Espíritu que abrirá a los creyentes el acceso a “toda la Verdad”. San Agustín se conmueve ante ese descubrimiento: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!” (Confesiones 10, 27). El espíritu poético y místico de este Padre de la Iglesia lo predispuso a identificar la belleza indescriptible de Dios – revelado en Cristo – con toda la Verdad. ¿Qué nos ocurre hoy, seres hambrientos de esa Verdad, sin claridad de visión para contemplarla y sin paladar para saciarnos de Ella? Basta examinar los intereses que predominan en nuestras búsquedas más acuciantes.

          En las “periferias”. Es allí, en “las periferias existenciales” (Papa Francisco), donde la vida del mundo se vuelve insustancial y se produce una depresión generalizada. Es allí, en labios del mismo Pontífice, donde debe llegar el Evangelio como la respuesta sanadora de Dios. El Misterio Trinitario que hoy celebramos trasciende su teología para seguir el sendero humilde de la Encarnación. Es la Idea que el Creador quiere realizar en la humanidad, partiendo de cada persona en relación con otras personas. Dios Trinidad es la perfecta unidad en la diferencia. Es Amor, en el lenguaje del Apóstol y Evangelista San Juan: “El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1 Juan 4, 8). Es la imagen que la humanidad debe reproducir para lograr su perfección y auténtica felicidad. La relación que Cristo establece con su Padre y con el Espíritu Santo debe regir todo intento de unidad entre las personas creadas. Así se conforman los pueblos y, de todos ellos, el Pueblo de Dios como auténtica síntesis de la creación visible. El Concilio Vaticano II respalda esa idea con una bella y clara definición de la situación del hombre en la creación: “En la unidad de cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, es una síntesis del universo material, el cual alcanza por medio del hombre su más alta cima y alza la voz para la libre alabanza del Creador” (Constitución “Gaudium et spes” no. 14).

            Modelo para la unidad en el amor. Cristo vino a revelar el plan original y único de Dios sobre el hombre. Sus referencias a la Santísima Trinidad adquieren un valor incomparable. He ahí el modelo, verdaderamente realizable, que la humanidad – es decir: “todos quienes la componen” – debe concretar bajo pena de extinción. No existen otras alternativas válidas. El estancamiento, en cuya profundidad se debaten hoy centenares de miles de hombres y mujeres, es la antesala de la temida “extinción”. De acuerdo con el proceso personalizante de la fe, se produce una escisión que identifica a quienes ponen a salvo a la humanidad constituyéndose en un “resto” saludable, frente a quienes, mal usando su libertad, siguen el viejo y descendente derrotero de la extinción. La urgencia de la evangelización responde a esa temible comprobación. En Cristo, Dios ofrece la única “alternativa válida” de salvación. De allí la simplicidad e inmediatez de la tarea evangelizadora que Jesús emprende, aprenden los Apóstoles y la Iglesia continúa. Tanto el núcleo de la enseñanza de Jesús, expresado en la predicación apostólica, como su celebración sacramental, constituyen la intervención misericordiosa de Dios en la historia del ser en pecado. En ese “misterio de iniquidad” se ha iniciado un desmoronamiento trágico, detenido oportunamente gracias a la Redención.

          Absoluta validez del plan de Dios. Dios, Uno y Trino, es el Creador de todo lo existente fuera de Él. El Génesis hace uso de una expresión clara: “Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer” (1, 27). En consecuencia, la misión terrena del ser humano es dar imagen visible al Dios invisible. Dios es unidad, es amor. Cuando ese ser, constituido por todos los “seres humanos” y sus instituciones, traiciona la misión que se le ha encomendado, haciendo añicos su identidad original, rompe la relación con su Creador y produce un caos de imposible humana redención. Es allí donde un plan divino de recuperación del hombre se pone en marcha y aparece Cristo, anunciado y celebrado por los Apóstoles (y continuado por la Iglesia).