Prólogo a la segunda edición

Los santos son verdaderos hombres y mujeres; como tales, según la expresión de un importante filósofo español, son “y sus circunstancias“. No lograríamos entenderlos fuera de su momento y entorno histórico. También sus culturas, las pautas sociales que compartían, creaban y sufrían, con sus contemporáneos. Pero, sobre todo, sus misteriosos itinerarios, a veces muy complicados, hasta aparentemente desordenados. En otro instante de sus vidas, preparado como fue preparada la llegada del Verbo en carne humana, se produce el encuentro personal con Dios. Como si después de un tumultuoso recorrido, al modo de los pequeños ríos, llegaran a la inmensa simplicidad, no siempre serena, del océano. Lo llaman “conversión”, inicio de un cambio de rumbo y del correspondiente acceso que los conducirá a la santidad.

Santa Teresita del Niño Jesús recorre un itinerario poco notable que, prodigiosamente, le permite una proyección de alcance ilimitado. Ya conocemos su breve “Historia” que denominará “de un alma”, con el fin de enmarcarla en el estilo literario del mismo Evangelio. Esa historia dispone de prolegómenos: sociales, eclesiales, familiares y sicológicos.

Comprenderemos la humanidad de esta joven francesa y carmelita si nos hacemos una idea suficientemente clara de la Iglesia de su tiempo (siglo XIX), de las corrientes teológicas, espirituales y pastorales que influyen en su estructura y explican sus manifestaciones. Si personalizamos mejor su examen, llegaremos a una mejor definición de contornos y contenidos. Me refiero a su clima familiar y religioso: sus padres, sus hermanas y familiares; su Monasterio.

Es difícil mantener un adecuado equilibrio al evaluar a las personas, sus convicciones y sus conformaciones síquicas y espirituales. Algunos escritores exaltan hasta la perfección, equiparada a la santidad, a quienes rodearon a Teresita. Otros los califican sin piedad. Para unos, aquellos que compartieron la vida de la Santa, constituyeron la causa circunstancial del genio de Teresa santa; para otros, fueron el gran desafío, la valla enorme que Teresita debió saltar para arribar a la santidad.

Es justo concluir que ambos extremos tienen mucho de verdad. 1) Los primeros (“Historia de una familia” del P. Piat) tienen razón sobre la religiosidad profunda y honesta, hasta la santidad; sus padres han sido beatificados. 2) Los otros, proponen razones iluminadoras que permiten subrayar el carisma de la Santa (“La verdadera infancia de Teresa de Lisieux. Neurosis y santidad.” Jean Francois Six.)

Teresa se rebela, sin duda, contra una idea de Dios y de la relación de los hombres con Él. Contra cierta corriente de espiritualidad extraña al espíritu evangélico. El P. Six afirma, con la vehemencia y radicalidad que lo distingue: “La vida de Teresa es un grito de rebeldía contra ese supuesto Dios propietario (inventado por los hombres) y captador que se le presentó; contra ese Dios aristócrata, que sólo se interesaba por quienes son santos desde la infancia o poseen un psiquismo equilibrado que les permite alcanzar una alta perfección moral. Teresa, que conoció la noche de la neurosis y se reconoció hermana de los criminales y pecadores; Teresa responde a la voz de Dios, que llama a las gentes de las calles y de las plazas públicas, a todo el mundo – a todos nosotros – a los cojos, a los angustiados, a los desafortunados, a los desamparados, a los desesperados. Se comprende que las multitudes se hayan sentido interesadas por Lisieux y por Teresa, por aquella ciudad y aquella muchacha vulgares. Vulgar por lo mediocre de su educación y de su cultura, pero tan audaz por su extraordinaria rebeldía. Bernanos lo entendió muy bien – contra el Dios de los todopoderosos y de los perfectos”.1

El mismo autor se pregunta: “¿Ha muerto ese Dios potentado?” – “Me temo que no” – responde Six. Sin duda, más oficializado entonces que en la actualidad transgresora y espontánea, subsiste, en la mediocridad de muchos cristianos, esa poco atractiva imagen de Dios (antievangélica). La que nosotros, con mucha frecuencia, presentamos en nuestra predicación y celebraciones.

Teresa absorbe lo que le ofrecen y se sumerge en la taciturnidad de una niñez sin más horizonte que la muerte, muy abierta al Cielo, pero muerte al fin. En la recordada noche de Navidad del año 1886 (13 años) no se produce una simple transformación psicológica o maduración repentina, sino un encuentro con Dios, el Padre de Jesús. La transformación es una consecuencia.

Comprendamos su entorno:

Su madre Celia Guerin que muere joven, a los cuarenta y un años. Desechó “contra su voluntad” la Vida Religiosa y, en un encuentro familiar, concerta un rápido matrimonio con Luís Martin. Su hermana visitadina orienta su espiritualidad, propia del rigorismo de la época; recordemos que el Jansenismo se había infiltrado hábilmente en la manera de vivir la fe: en la espiritualidad y en la pastoral. Su vida es un ejemplo de abnegación, de menosprecio del mundo, considerado la triste sala de espera y no el camino, el obligado y fecundo paso al Reino de los Cielos. Pretende hacer de su matrimonio una especie de estado monacal, “perfección” e ideal que no había logrado, hasta que un sensato confesor les advierte a ambos que su misión o camino de santidad es formar una familia y no un convento. Engendran nueve hijos, de los cuales cuatro mueren pequeños. De alguna manera se concreta el ideal del “convento propio” ya que las cinco hijas sobrevivientes será religiosas. La menor será nuestra Teresita. Celia Guerin es una figura dinámica, empresarialmente eficaz. Sostiene económicamente el hogar con un trabajo ordenado, prolijo y agotador. En cuanto a temperamentos, Celia es la Marta de Betania y su esposo, Luís Martin, el contemplativo cercano a María.

Su padre Luís Martin. También es un aspirante frustrado a la vida monacal. Más equilibrado y libre, en su extraordinaria espiritualidad, que su esposa. Se convierte en un enamorado de Celia. Es un romántico; lo es con Dios, con su esposa y con sus hijas. Recordemos el trato dispensado a su benjamina (“mi reinecita”). Se emociona hasta las lágrimas en contacto con las cosas de Dios y de su Iglesia: predicación y oración. Sabe permanecer en un silencio contemplativo ante la naturaleza. De cara a momentos importantes, como el pedido de Teresita para ingresar al Carmelo, reacciona con gestos poéticos, como el desprendimiento de la “flor blanca” del pequeño muro de su jardín familiar. Elige una profesión artesanal: joyero y relojero. No gana mucho dinero, ni parece ocuparse de ello. Su esposa ya fallecida había reunido, con mucho empeño, una modesta fortuna que Luís no incrementó, la conservó prolijamente en beneficio de sus hijas. Infunde en sus hijas su peculiar espiritualidad, más libre de estructuras y, no obstante, profunda e intensa. La “rebelión” de Teresita recibe mucho de su amplitud. Paralelamente sigue influyendo la familia materna: la tía religiosa de Mans y el tío Isidoro Guerin, farmacéutico. Este último era un católico batallador, polémico y tributario de un concepto de “cristiandad” entendido como “isla de santos”, en medio de un mundo adverso, herético y pecador. Lo que hoy pudiera catalogarse como derecha cerrada o integrismo, bien en las antípodas del Concilio Vaticano II. En su momento era comprensible.

Sus hermanas. Todas ellas contribuyen a poner a su hermana menor en el camino extraordinario de santidad. Hay, en su estilo y temple, mucho de todas. La convivencia, con sus roces y relaciones personales, en labios de la misma Santa y en el testimonio de su familia, corresponde a una familia burguesa de la Normandía. Entremezclados sus encantos y contradicciones. El orden de las hermanas sobrevivientes es el siguiente: María, Paulina, Leonia, Celina y Teresita. La primera, María, parece ocupar un segundo lugar. Madrina de Bautismo de Teresita, serena, solícita, dulce y más silenciosa. Buena pedagoga de sus dos hermanas menores. Mantiene con su padre el diálogo maduro de hija mayor. También elige el Carmelo. Paulina la antecede; es más parecida a su madre. Es la que aparece ocupando el primer lugar en el corazón de Teresita. Es, así mismo, la primera en partir al Convento. Con dotes de conducción, llega a ser elegida priora y, gracias a la santidad de su hermana menor, ocupa ese lugar de manera permanente. Teresita la elige como mamá, al regresar del cementerio donde habían sepultado a su madre. Será su confidente y depositaria principal de sus preciosos manuscritos. Se responsabiliza de los escritos de la Santa, y recoge, con sumo cuidado, sus últimas conversaciones.

Leonia y Celina. La primera es la más difícil, inestable y conflictiva hija de los Martin. En su perspectiva personal está la Vida Religiosa, pero no atina con la familia monacal que la satisfaga. Finalmente, como su tía, ingresa a la Visitación y allí persevera santamente hasta su muerte. Su santa hermanita se lo había anticipado: “He rogado a Dios que mueras visitadina“. Es más independiente. Como sus hermanas logra venerar la santidad, solemnemente reconocida por la Iglesia, de su Teresita. Es la primera en reunirse con ella. Celina es la más cercana a Teresa, sólo le lleva dos años. Es su compañera de juegos y sueños. Se aman tiernamente. Celina es la última en cumplir su deseo de ser religiosa. Permanece junto a su padre, hasta que éste fallece. Se convierte en la discípula de su hermana menor. Artista notable, logra las mejores pinturas de Teresa y, con su cámara fotográfica, muy primitiva, guarda ciento cincuenta fotos de su hermana. Es la última en fallecer (1959).

La huérfana. Teresa, desde la muerte de su madre, se torna “taciturna, tímida, extremadamente sensible y siempre al borde de las lágrimas“, hasta el día mencionado de Navidad de 1886. A ello ha contribuido, sin duda, el trato considerado de sus hermanas y de su padre: “La niña mimada”. La sensatez que manifestará luego le permite advertir que, sin el gesto misericordioso de Dios, hubiera cometido errores muy graves y “se hubiera perdido irremediablemente“. Los contratiempos abren surcos nuevos en su espíritu y en su sensibilidad. Aquella noche de la “conversión” es el sufrimiento el que aparece, definitivamente, como el modelador de su estupendo temple de mujer. El padre se cansa de sus “chiquilladas”; casi catorce años y actuando como una bebita frente a los regalos sorpresas de Navidad. Ya no le cabía. Cronológicamente debía terminar ese año, y terminó: “Aquella noche de luz comenzó el tercer período de mi vida, el más hermoso de todos, el más lleno de gracias del cielo…” “La obra que yo no habría podido realizar en diez años Jesús lo consumó en un instante. Conformándose con mi buena voluntad, que nunca me había faltado“.2 Más adelante define de esta manera la novedad de su estado: “Teresita había vuelto a encontrar la fortaleza de ánimo que había perdido a los cuatro años y medio, y la conservaría ya para siempre…” 3

Camino de santidad. Leyendo detenidamente sus datos autobiográficos advertimos que el período abierto no concluye sino en la cumbre de la santidad, diez años después. La adolescente de catorce años, lanzada valerosamente por el camino del amor verdadero y del sufrimiento, será el gigante de veinticuatro años que consumará su carrera y su vida en el amor: “¡Dios mío, te amo!“. Durante las horas que siguieron al fallecimiento, comentan los testigos de su santa muerte, “era la suya una belleza fascinante, con una sonrisa expresiva que parecía estar diciendo: Dios no es más que amor y misericordia“.4 Allí está lo esencial de su genio de santidad y posteriormente de su magisterio. No lo prevé, ni lo proyecta y ambiciona. Camina con sencillez y se va haciendo cargo de un sendero misterioso que aparenta pocas sinuosidades o dificultades. Aún después, ya al borde de la muerte, escucha, con gozo para ella, que una de las hermanas afirma: “Cuando la Madre deba redactar la nota necrológica (Carta de edificación) ¿Qué podrá decir de Teresa?” La simplicidad es lo extraordinario de su vida. Se introduce por el camino de los pobres, de los incrédulos, de los niños sin cultura hasta hallar un trazo previamente producido por Quien no tuvo en cuenta su categoría de Dios y “se anonadó“.

El Carmelo de Lisieux. A los quince años logra ingresar en el Carmelo de Lisieux donde están ya sus dos hermanas mayores: Paulina (Sor María Inés de Jesús) y María. El camino iniciado en la Navidad de 1886 la previene de lo que hubiera constituido una verdadera catástrofe: ser la niña mimada de aquella Comunidad, con la complicidad afectiva de sus dos amadas hermanas. Ella misma advierte el riesgo y le opone una voluntad de admirable fortaleza. Agradece a Dios ser tratada con severidad por la Priora María Gonzaga, en circunstancias con desmedida dureza. No obstante muere venerada por esa Priora y su comunidad.

He reunido estas breves notas, como prólogo de la segunda edición de esta extensa y humilde meditación sobre la personalidad de esta joven y flamante Doctora de la Iglesia. De alguna manera complementa el trabajo reeditado y le ofrece una descripción del entorno socio eclesial, familiar y espiritual que lo explica e ilumina.

+ Mons. Domingo S. Castagna

Arzobispo emérito de Corrientes (RA)

1 Francois Six: (Libro mencionado) Pg. 16.

2 Manuscrito Nº 1

3 Ibídem

4 Testimonio de la Madre Inés de Jesús.