Introducción

En ella contemplamos el milagro de la misericordia. Nos regocijamos, siempre con ella, en los brazos del Padre y nos ponemos en camino hacia el comportamiento filial de Jesús. Teresa no es una niña, es una mujer. Al leer sus escritos, al contemplar la evolución sorprendente de su“caminito”, me asombra la madurez de su personalidad. Una niña no es como ella es. Fue engendrada en el recinto de un hogar, prematuramente probado con la muerte de su madre. Crece sin madre, busca una sustituta entre sus hermanas mayores. Pero está su padre, admirable hombre de fe, “un verdadero santo” dirá ella. Sus hermanas escogen la Vida Consagrada, una tras otra, hasta que lo decide ella misma. Se produce un contagio de heroísmo que la afecta desde niña. La historia humana es una sucesión de intentos frágiles, por parte de sus protagonistas, que, finalmente se reducen al tejido sereno y consistente que Dios elabora.

Es apasionante introducirse en el interior de su historia personal. La clave (o llave) de su secreto es el amor; lo que casi todos consideran un sentimiento, una fugaz emoción que se apodera como el vértigo, que abandona, apenas desaparecido, lo más esencial de la persona, como si fuera una fruta seca. La adultez de Teresa, con cara de niña, ofrece la versión auténtica del amor, capaz de mover la vida y el cosmos. Es hija de su tiempo, y de las debilidades de su tiempo. Piensa como todos y juega, como lo hacen todos, con los sentimientos y emociones. No sabe ser aún, porque no sabe amar lo suficiente. Pero quiere aprenderlo de quien le sepa enseñar. Eso ocurre cuando Dios se le manifiesta cercano y enamorado. Es joven, acaba de ser una niña mimada y consentida. Su búsqueda es dramática, se le va en ella la vida. Necesita encontrar el sendero inicial para introducirse en el misterio. Lo encuentra en aquello que la espantó siempre, y que sigue siendo su salida obligada: el sufrimiento.

Será suficiente recordar el minúsculo y gran acontecimiento que ella llama “su conversión”. Quiero suponer la lectura de todo el relato y ceñirme a su consecuencia inmediata: “Oh, Teresa, me dijo (Celina), espera un poco, no bajes ahora a mirar tus zapatos, sufrirías demasiado! Pero Teresa ya no era la misma, Jesús había cambiado su corazón!” “Ahogando mis lágrimas, bajé rápidamente la escalera, y sosegando los latidos de mi corazón, tomé los zapatos, los puse delante de papá, y fui sacando gozosamente todos los regalos con aire de reina complacida….. Felizmente no era un sueño, sino una dulce realidad: Teresita había vuelto a encontrar la fortaleza de su alma, perdida a los cuatro años y medio, y habría de conservarla ya para siempre!…”1 Creo, con Teresa, que en ese momento se produce una transformación definitiva. La gracia abre la brecha profunda de su extraordinaria espiritualidad. La fortaleza de su amor nuevo configura su temple ejemplar de mujer. A partir de aquel instante, casi invisible para quienes la rodean, comienza a ser realidad todo lo que había soñado. La entusiasma la bravura del guerrero, la paciencia indomable de los mártires, la solicitud perfecta de las madres y el ocultamiento fecundo de los contemplativos. Está enamorada de Dios.

Desde esta perspectiva existencial se puede entender a Teresa. El empeño poco respetuoso en proyectar una imagen dulzona de la mal llamada “santita” menoscaba su auténtica fisonomía. Teresa, en la expresión de San Pio X, “es la santa más grande de los últimos tiempos”. El pueblo creyente, sabio y respetuoso de sus tradiciones, le tributa un culto excepcional. La constancia de ese recuerdo afectuoso permite comprobar que es real el cumplimiento de su más grande anhelo:“Quiero pasar mi cielo haciendo bien en la tierra”. Me sorprende hasta la emoción el hallazgo de sus imágenes, en las capillas y oratorios muy remotos. No es vana esta “explosión de gloria”. En la cadencia propia de la devoción popular Dios elige el ropaje adecuado para su enseñanza. Como siempre escoge a los pobres y lo pobre para confundir lo considerado importante por los hombres. Teresa se solaza en la elección que ha recaído sobre ella.

Cuando el santo es santo da pruebas de la sabiduría infundida por Dios, Verdad ajena a sus invenciones. Su identificación con Dios es tan profunda y esencial que, potenciando su capacidad libre, expresa como propio lo de Dios, ofreciéndole su carne y su sangre, su temperamento y dotes, sus límites y fragilidades. Salta a la vista la santidad como transparencia del rostro entrañable de Dios. Ocurre durante la vida del santo y, particularmente, después de su arribo a la eternidad. La misión que se le ha confiado adquiere una peculiar plenitud a partir de la muerte. El caso de Teresa no escapa a las generales de la ley. Impresiona su influencia en la vida de hombres y mujeres de todas las condiciones de vida. Su presencia en la vida de los sacerdotes y consagrados es palpable. Siendo una actividad continua, como la vida misma, la misión de Teresa es inclasificable.

La experiencia de los favores recibidos por su intercesión alcanza a todos los que se acercan a ella. La “doctorcita” da pruebas fehacientes de un admirable magisterio. He recibido la confidencia de un intelectual de nuestro medio eclesiástico que reconoció un encuentro gozoso con los escritos de la santa. Se manifestó sorprendido por el contenido de su extensa y bien formulada reflexión. Quizás afloró en él la auténtica inteligencia, la que permite tocar la sustancia de las cosas. La conciencia de la propia dignidad intelectual puede causar cierto bloqueo para lograr la percepción de la Verdad en el testimonio de aquellos que cuentan lo que ven, con absoluta “ingenuidad”. Esos “imprevistos testigos de la verdad” manifiestan la autenticidad de su desconocida misión en la transparencia de sus vidas pobres y fieles. Teresa es uno de ellos.

Me propuse seguir los pasos de su fina escritura, trazada sobre las páginas de aquellos humildes cuadernos escolares. Tomaré algo de su mensaje. Procuraré inocularlo en mí, y en quienes quieran escucharlo, como savia nueva y revitalizadora. No es mi intento, quiero expresarlo desde el comienzo, hacer un estudio. Teresa es, para mí, un instrumento del magisterio de Jesús. Aprendo de ella lo que me dice Él. Me gozo al verlo reflejarse en su juventud. Procuraré enriquecer mi palabra de Pastor con la carne sufriente de la suya. Es un año particularmente propicio. Es el centenario de su muerte. Es alumna aventajada en aquella promoción de “doctores” que, oportunamente, iluminaron los recovecos oscuros de la historia humana que, por reiterar sus errores, ha perdido su primitiva orientación. Su mensaje y docencia no deja de estar vigente. El secreto de su perennidad está en el haber abandonado la pretensión de deslumbrar a sus lectores u oyentes. Sierva de la verdad, prolongación de un Bautista que desaparece ante Quien es la Verdad.

Teresa se esfuerza por llamar la atención sobre su Amado. No hay más que Él en su vida breve. Su amor cálido, sumamente expresivo, a quienes distingue con su santa amistad, no la distrae de Jesús, su sólo Amado. No le cuesta poco. Ella misma hace una descripción sincera de su carácter, sensibilidad y lagunas emocionales. Es la heroína de las virtudes secretas, del ofrecimiento sin testigos, del comportamiento sin calificaciones, o injustas por parte de aquellos que se esmeran poco en conocerla. Se mantiene serena, como descansando en el amor de su Señor, observando la obra rápida de la gracia en su corazón humilde. No hay posibilidades de vanagloriarse. Voluntariamente cierra el registro de la frivolidad para “tomarlo todo” en serio. No obstante las pruebas dolorosas de los últimos meses de su vida, su alegría es capaz de llegar al humor sano y contagioso. Sin duda el corazón enamorado es alegre, verdaderamente feliz.

Es imposible agotar el conocimiento de este misterio de gracia que es Teresa Martín del Niño Jesús. Mi deseo es adentrarme en su corazón enamorado de Dios y comprobar su capacidad de enfrentarlo todo casi con fiereza. Particularmente su vida oculta, el anonimato humano de la contemplación, la soledad donde reside Dios y ella en un diálogo sin palabras, en un éxtasis poco placentero…. en la cruz. Tiene conciencia clara de su destino de esposa de tal Esposo “de sangre”.Lo ha aceptado con júbilo de enamorada. Espera lo que vendrá y se dispone a sufrirlo todo sin deprimirse, porque el amor lo es todo. Es la fuerza identificadora con su Señor crucificado donde encuentra la capacidad de padecer hasta la muerte. Pocos lo entienden, incluso es observada con pena, como había ocurrido con el mismo Jesús, desfigurado, “sin imagen de hombre”.2 ¡Qué ceguera la de los hombres! No descubren en la carne, deshecha por la enfermedad, la belleza perfecta de un corazón que ama.

Un texto de sus escritos expresa la fuerza de su ilusión de enamorada, incomprensible y conmovedora: “Sin embargo, el Viernes Santo (1896) quiso Jesús darme la esperanza de ir pronto a verle en el cielo… ¡Oh, qué dulce es para mí este recuerdo!…”(primera hemoptisis).3 Hace una descripción detallada de la experiencia, para algunos aterradora, no para ella, del súbito vómito de sangre de aquella noche. Se abre para ella el paso a la consumación de la cruz donde su Señor agoniza de amor. La entusiasma la muerte de amor que la identificará realmente a Jesús.

1Sta. Teresa de Lisieux. Obras Completas. Manuscrito “A”, cap. 5.

2Isaías.

3idem, cap. X. pág. 245.