Su Vocación

Es conocida la búsqueda, por momentos conflictiva, de su definición vocacional. ¿Para qué está en el mundo? Comprende que la percepción de su existencia suscita muchos interrogantes. No son vanos, deben tener una respuesta. Decidida su vocación a la vida consagrada, Teresa se enfrenta con el deber de discernir su exacto lugar en ella, su misión. Muchos otros han sido distinguidos con un llamado similar. Así ha ocurrido a lo largo de la historia de la Iglesia. Pasa ante sus ojos una pléyade impresionante de mártires, doctores, misioneros, contemplativos, sacerdotes, ermitaños… No sabe dónde encajar su personal misión, aparentemente tan lejana de la de aquellos “colosos de la santidad”, según sus humildes expresiones.

La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo compuesto de diferentes miembros, no le faltaría el más necesario, el más noble de todos. Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que este corazón estaba ardiendo de AMOR. Comprendí que sólo el amor era el que ponía en movimiento a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegara a apagarse, los apóstoles no anunciarían ya el Evangelio, los mártires se negarían a derramar su sangre… Comprendí que el amor encerraba todas las vocaciones, que el amor lo era todo, que el amor abarcaba todos los tiempos y todos los lugares… en una palabra, ¡que el AMOR es eterno!… Entonces, en el exceso de mi alegría delirante, exclamé: ¡ Oh Jesús, amor mío!… Por fin he hallado mi vocación, ¡mi vocación es el AMOR!… Si, he hallado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, ¡oh Dios mío!, vos mismo me lo habéis dado…:en el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor!… ¡¡¡Así lo seré todo…, así mi sueño se verá realizado!!!…”1 La súbita inspiración, formulada con exactitud por la santa, impulsará su vida, dará sentido a todos sus movimientos. Recurriremos constantemente a ella porque, como decía Edith Stein, al concluir la lectura de la autobiografía de Santa Teresa: “¡esto es la verdad!”.

Su verdad, me refiero al llamado que la orienta a ser el amor en el corazón de la Iglesia, se constituye en el paso obligado de su vida. Es admirable cómo teje armoniosamente las jornadas, aveces tediosas, de su vida oculta y del aislamiento de su cruel enfermedad. Su pasión es el amor. Estima que en él se cumplen las vocaciones más heroicas. Por el amor ella es todo, lo logra todo y encuentra la eternidad como florecimiento y cumbre, como plenitud y recompensa. Allí queda sin sustento todo temor: “Yo, prefiero a los santos que no tienen miedo de nada, como Santa Cecilia, que se deja casar y nada teme…” 2 Se lanza sobre el sufrimiento, la perspectiva del olvido humano y la ausencia de relieve social. Más aún, se goza en la incomprensión de sus hermanas, hasta la atribución de falta de virtud a las actitudes intencionalmente vacilantes para que otras le ganen la delantera. Teresa ha descubierto el tesoro del amor y lo vende todo, se despoja de todo, para adquirirlo. De allí la alegría que la distingue en medio de las tribulaciones no menos grandes por ser las más recónditas.

El suyo es un amor que crece. Se desarrolla libremente sobre un camino de pequeñez y silencio. No acapara nada, es perfectamente pobre, lo confiesa ella misma: “ Nada me para en las manos. Todo lo que tengo, todo lo que gano es para la Iglesia y para las almas. Aunque viva ochenta años, seguiré siendo así de pobre”. 3 Su amor es dádiva, al estilo de su Amado, casi un debate sostenido valerosamente. Allí libra todas las batallas para perderlo todo por amor a Aquel con quien lucha. Sorprende su ánimo infatigable, su insistencia en responder con una declaración de amor a los aparentes ocultamientos y olvidos de su Amado. La misma actitud adopta con sus hermanos los santos: “¡Hasta los santos me abandonan! Pedía a San Antonio, durante maitines, que me ayudase a encontrar el pañuelo que había perdido. ¿Creéis que me ha escuchado? Se ha guardado muy bien de hacerlo. Pero no importa; le he dicho que a pesar de todo le amaba”. 4 El cuaderno amarillo, del que entresaco las últimas declaraciones de la santa, es un muestrario conmovedor de la progresiva maduración de su amor.

La vocación de todos los hombres es llegar a ser plenamente personas. No salen de su estado inferior si no lo logran. Están destinados a la comunión con su Creador y Padre y, gracias a ella, a la auténtica relación con todas las demás personas. La ruptura de comunión con Dios incapacita para la vida en sociedad. El pecado es, sin duda, el principal factor antisocial. En las diversas culturas y religiones se lo denomina con otra terminología, pero se lo identifica. Su felicidad, o su vida en plenitud, se pone en juego en el cumplimiento de esa universal vocación. Teresa se empeña en la respuesta, desde la fe. No pretende distraerse en interpretaciones extrañas al tesoro descubierto de su fe católica, en la que fue cuidadosamente educada, desde su nacimiento. Se dedica a amar a Dios, en su revelación histórica que es Jesucristo, y, de esta manera, logra amar a las otras personas con solicitud y ternura entrañables. Es fácil advertirlo en la crónica silenciosa y secreta de su breve vida. Sabe amar a todos, lo aprende de Jesús, su Amor sin fronteras.

Allí está el secreto, el de su fortaleza, el de su juventud sin crepúsculo, el de su capacidad para transitar los tenebrosos tres meses de su prueba final. Es el Amor el que la mantiene siempre alerta, con su lámpara virginal repleta de aceite y encendida, en espera de su Amado hecho un adorable “ladrón”. No aparece cuando lo espera, remolonea como si dejara para más tarde a su Teresa que lo llama. Cuando Dios quiere hacer progresar en el amor a quienes ama “le da largas a sus asuntos” y aparenta dejarlos de lado. Teresa lo sabe y supera la ansiedad de que llegue pronto el momento del encuentro definitivo. Lo hace con esas maneras propias de los más intrépidos en la santidad, me refiero a la paciencia, a la espera serena y vigilante del cumplimiento del designio oculto de Dios. No hay aquí una resignación estéril, excusa de quienes esperan perezosamente que les llegue el momento que en realidad no desean. El amor hace de la paciencia una virtud dinámica, propia del trabajador, del labriego solícito, de la madre que vela, del investigador que inquiere incansablemente, del artista que no desaprovecha ninguna inspiración por más insignificante que parezca.

Así aparece Teresa en sus largas noches insomnes, ante sus pobres cuadernos de escritora obligada en los que debe hacer la tarea de redactar lo que había vivido y lo que vive. No se explica tanta prontitud para el sufrimiento sin el impulso interior y vital del amor. Advierte que no está llamada a sufrir, a trabajar, a padecer el desgaste diario de jornadas incoloras, a darlo todo sin recompensas… Su vocación es el AMOR. Pero también aprende que ese tesoro incomparable no puede ser adquirido, en la tierra, sino por la aceptación de los padecimientos que vienen, incontrolables e improgramados. El amor es su poder, lo vive y sabe decirlo: “Quiero seguir viviendo largo tiempo en la tierra, si es ése tu deseo, mi Señor. Quiero seguirte al cielo, si te complace a ti. El fuego de la patria, que es el amor, sin cesar me consume. ¿Qué me importa la vida? ¿Qué me importa la muerte? ¡Amarte a ti es mi única alegría!”5 Vive la pasión del amor. Se deja dominar por ella y, en lo sucesivo, a partir de aquella noche de Navidad, es el amor su referente único.

Es sorprendente cómo va comprendiendo que su vocación se cumple. Que, aún en el tiempo, en las alternativas que abre constantemente el desarrollo acompasado de su breve vida carmelitana, su ser llega a la cumbre: “Sabéis, ¡oh, Dios mío!, que nunca he deseado otra cosa sino amaros, no ambiciono otra gloria. Vuestro amor me previno desde la infancia, creció conmigo, y ahora es un abismo cuya profundidad me es imposible medir.” 6 Por eso se la ve sin angustiantes pensamientos, incluso cuando la prueba de la fe derrama abundantes sombras sobre su corazón. En las descripciones más dramáticas de sus estados de ánimo declara que la paz profunda la recompensa. El amor siempre causa la paz. El espíritu atormentado de Jesús en la cruz no pierde la paz. Su último grito está unido a su breve oración de comunión: “Padre. en tus manos encomiendo mi espíritu”. 7De allí procede la paz que experimenta Teresa. El amor, verdadera armonización con la voluntad de Dios, constituye a la persona en estado de paz. Su consecuencia es la capacidad de proyectar la paz sobre los hombres.

El amor, en Teresa, es obediencia, pobreza, virginidad consagrada. El Carmelo es recinto donde se expande la fragancia de la fraternidad. Teresa retoma constantemente el impulso que le permite hacer del amor a sus hermanas un verdadero compromiso, prefiriendo a las más difíciles y poco agraciadas. En la simple confesión de sus experiencias, desconocidas si no las ofreciera ella misma, aparecen relatos de un encanto conmovedor. Pero la fuente de las mismas es el amor tierno y esponsal a su Amado divino. Su mensaje adquiere dimensiones universales, desde su extraordinaria fidelidad a la profesión católica. Cualquier persona, sea cual fuere el sustento religioso o filosófico de su vida, aprovechará sus sencillas páginas autobiográficas. La terminología es católica, la substancia es universal. El amor es el término de toda vocación humana. Cuando logra su concreción en el encuentro con Dios, termina su misterioso proceso de perfección.

Teresa, desde su escondido recinto del Carmelo de Lisieux, es resonancia de la Verdad para todos. Ningún ser honesto podrá pasar sin detenerse a la vera del caminito de su vida. Es modelo de cumplimiento de la vocación humana esencial. Su éxito consiste en haber respondido fielmente a ella desde el seno misterioso de la Iglesia, su Madre. Es preciso que nos asomemos a su vida desde lo que fue y es por el amor.

1Sta. Teresa de Lisieux. Obras Completas, cap. IX pág. 229-230.

2Sta. Teresa de Lisieux. Cuadernos amarillos, 30.6.1897.

3Idem 12.7.1897.

4Idem 3.7.1897.

5Idem 2.8.1897.

6Obras Completas. Cap. XI pág. 295.

7Lc. 23, 46.