El poder del amor

Teresa se atreve porque ama. No existen dificultades que la obliguen a esconderse temerosamente. Su personalidad, hasta aquella significativa noche de Navidad de 1886, se halla como bloqueada por la debilidad de una sensibilidad herida, a los cuatro años y medio, por causa de la muerte de su madre. Es una niña tímida, fácilmente inclinada al llanto, huidiza como las ardillas del campo ante la aparición de seres extraños a su entorno familiar. ¡Qué bien sabe describirlo en sus vívidas memorias! “…a partir de la muerte de mamá, mi excelente carácter sufrió un cambio total. Yo, tan viva, tan expansiva antes, me hice tímida y dulce, en extremo sensible. Bastaba una mirada para deshacerme en lágrimas. Sólo estaba contenta cuando nadie se ocupaba de mí. No podía soportar la compañía de personas extrañas, y sólo en la intimidad del hogar recobraba mi alegría…”1 Son años dolorosos los que se suceden. Casi diez años de vida infantil inmersa en una soledad afectiva creciente. Sus hermanas mayores optan por el Convento, y su padre le brinda un amor de predilección que no logra ayudarle a salir de su ensimismamiento.

Desde esa perspectiva puede entenderse lo que ocurre el 25 de diciembre de 1886. La gracia de la Navidad despierta a la heroína dormida. Se traga las lágrimas, sosiega los latidos del corazón y oculta para sí el sufrimiento infantil para dejar nacer a la mujer que Dios quiere de ella. Sin una comprensión cabal de aquel momento no podrán interpretarse los diez años siguientes como un verdadero combate, de incalculable intrepidez. La protagonista de ese futuro no puede ser ya la niña del pasado. Se produce un cambio, una verdadera conversión. La aventura de la gracia, que es la santidad, requiere una opción definitiva. Como la de los esposos que se eligen uno al otro, para siempre. Teresa así lo entiende, y de esa manera, inmediatamente, emprende su nueva misión. Su amor nuevo busca la fecundidad en la lucha por la conversión de Pranzini. Lo logra y, a los catorce años, se considera madre de la misericordia divina acordada a aquel pobre delincuente: “¡¡¡y los labios de mi primer hijo fueron a unirse precisamente con las sagradas llagas!!!”2

Como ocurre en la familia, que el fundamento de su estructura básica es el amor de los esposos, así es en el orden de las relaciones trascendentes con Dios y, desde Él, con las demás personas. Siempre es el amor la fuente de energía, el motivador de todo proceso de vida. Sin amor la vida constituye un hecho biológico inexplicable. Así lo entienden muchos hombres y mujeres que no tienen acceso a la fe, o a la posibilidad de llegar a ella. Teresa bebe la fe desde sus primeros años y se entrena permanentemente en ella. El clima en el que se mueve ha integrado esa perspectiva de manera casi natural. Los que han estudiado la historia de aquella segunda mitad del siglo XIX en Francia encuentran otros elementos, más bien contaminantes, de los que Teresa, en aquel momento cumbre de su maduración, puede independizarse sin quebrar la comunión con quienes los encarnan. Siempre es el amor el factor que actúa para el equilibrio y la sabiduría. No busca singularizarse en nada, al contrario, lo común y ordinario constituyen el caminito elegido por Teresa para abrir una cátedra muy original para ser preconcebida.

El amor es creativo. Como la vida, busca las expresiones más genuinas para crecer y manifestarse. Teresa no pretende inventar nada, ni hacerse escuchar por un mundo hambriento de novedades. No dispone de un bagaje espectacular de conocimientos para ilustrar sus reflexiones espirituales. A medida que pasan los años, y se aproxima su fin, reduce su “biblioteca” al sólo texto evangélico:“En cuanto a mí, ya no hallo nada en los libros, si no es en el Evangelio. Este libro me basta.”3 Para ella, el Evangelio es Jesús mismo que le habla e ilustra interiormente. Cuando afirma: “Este libro me basta”, se refiere a Jesús. Sólo basta Él en la vida joven y escondida de Teresa. Es admirable su progreso en la comprensión de esta expresión tan teresiana. Jesús lo es todo porque es su divino enamorado, el que la ha llamado al Amor desde la inmolación de su propia vida. Nadie puede amar más y mejor que Jesús. En Él, verdadero Dios, se revela el amor infinito que como Dios nos profesa. San Juan afirma que en la humanidad asumida por Él tenemos la ocasión de verlo y tocarlo con nuestras manos: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de Vida, es lo que les anunciamos.” 4

Teresa, a la manera de su Madre y maestra, percibe la gracia de la humanidad sacratísima de Jesús y vive en su contemplación. En el texto mencionado de San Juan advierto una afinidad sorprendente entre la fisonomía espiritual del joven Apóstol y la de Teresa de Lisieux. Juan vive, y ejerce su ministerio, escudriñando el misterio insondable de Jesucristo, Verbo de Dios encarnado. Teresa se deja enamorar y enfrenta valerosamente el difícil desposorio con su Amado. El mismo Señor la conforma a Él. Transita rápidamente las etapas de esa transformación, hasta la cruz. El sufrimiento que lo caracteriza, también a ella la distingue. Su éxtasis final es signo de que su unión con Él se consuma. La valentía de Teresa, la práctica admirable de su estilo evangélico de vida, se explica por el amor que la enamora de Cristo. Porque no abandona ese camino estrecho y feliz puede verificar, cuando el dolor concluye su obra de purificación, que: “Dios ha querido poner en mí cosas que me hacen bien a mí y a los demás.” “Madre mía, esta espiga es la imagen de mi alma. Dios me ha cargado de gracias para bien mío y para bien de muchos otros…” 5

El amor la identifica de tal modo al Amado que su vida y su muerte reproducen y transparentan la Redención. El Señor encuentra en ella una excelente aliada, mucho más, una consorte que decide, por puro amor, aceptar la misma suerte que su Señor Jesús. Sabe que esa aceptación es dolorosa, humanamente insoportable, pero, por los méritos de Cristo, es posible y eficaz como salvación de los hombres. Como Jesús, Teresa los abarca a todos y se empeña incansablemente en revelar a todos el amor tierno e insistente del Padre. A medida que va pasando el tiempo los intereses supremos de Jesús son los suyos. Los cultiva en cada gesto, en cada pensamiento, en cada decisión… Es preciso que repasemos sus escritos y últimas conversaciones subrayando sus explícitas referencias. Constituiría un estudio espiritual de enorme provecho. Ese proceso de conformación ha sido, y es, el ideal de todos los santos. Responde a la naturaleza cristificante de la santidad.

Teresa lo entiende muy bien y se dedica a proponérselo como los términos de un examen de conciencia que la interpele sin cesar. Es consecuente con esta confrontación que de sus conversaciones y escritos emanen tan profundos conceptos. Es una verdadera “vida teológica”6 la suya. El verdadero teólogo es un creyente que traduce en términos científicos el contenido de su fe. Lo hacen los Padres de la Iglesia, desde su asombrosa identificación con la fe que exponen para los demás. También los santos. Algunos, entre los que se cuentan dos ilustres mujeres, hasta el momento, han recibido el reconocimiento oficial de la Iglesia declarándolos “doctores”. Se comprende el entusiasmo de la santa y la atención puesta permanentemente en el mismo tema principal. Jesucristo es el centro de su vida, la única inspiración de su combate heroico por asemejarse a Él. San Pablo es un exponente de esa lucha ininterrumpida por conformarse a Jesucristo: “Yo estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.” 7

El amor fusiona a quienes se aman. No elimina identidades, al contrario. La personalización es un proceso de amor. El substancialmente solitario anula su capacidad de ser persona. Quien se ha cerrado al amor a otras personas, principalmente a Dios, se asfixia hasta perder la vida. Dios, revelado en Jesucristo, es la meta de perfección que intenta todo hombre, aún de manera inconsciente, por el hecho de existir. El pecado ha desorientado al hombre de esa meta trascendente y, únicamente, su eliminación destrabará la marcha. La conciencia de la necesidad de Cristo anima la predicación apostólica y a su heredera, la Iglesia. Teresa es una heredera genuina de los Apóstoles y participa de su ardiente conciencia cristológica. Cuando se pone a la obra de escribir, haciendo memoria de lo que el Señor le había otorgado en los veinticuatro años de vida, no ambiciona más que obedecer. La libertad abre cauce en la obediencia. Así lo entiende la joven carmelita y es recompensada con la plenitud del don.

Su obediencia, que pasa necesariamente por instancias humanas: sus padres, sus hermanas mayores, sus superioras…, desemboca en Dios. Por Él, por su amor, acepta dócilmente un plan de vida que la contradice a diario. Sus esfuerzos virtuosos, sobre todo en la práctica de la caridad, suponen una fuerza interior que no proviene de ella misma. Su abandono a la misericordia del Padre es dinámico. No se deja estar, no corresponde a su espíritu ágil y movedizo. Vive atenta a las gracias de iluminación, que prefiere a las de consuelo. Para ser obediente a Dios presente en sus humanas mediaciones se requiere un ejercicio cierto y pleno de la libertad. Teresa es libre, absolutamente libre. El síntoma inmediato de la misma es la paz: “¿Cómo te las has arreglado para llegar a esa paz inalterable que posees? – Me he olvidado de mí y he procurado no buscarme a mí misma en nada.” 8 Es el secreto de su filial obediencia a Dios, de su admirable humildad y de su constante predisposición al sacrificio que implica los trabajos a ella encomendados.

La fortaleza de su espíritu, que sorprende a quienes incursionan en su oculta vida de contemplativa, proviene de un amor apasionado a Jesucristo. Es una enamorada que se goza en declarar su amor al Señor. La terminología para esa declaración no es la dulzona de los enamorados comunes. Es el empeño de su vida. Es la serena aceptación de un plan que requerirá más confianza que destreza, más mansedumbre que reacciones intempestivas, más silencio que largas peroratas.

1Sta. Teresa de Lisieux. Obras Completas. Manuscrito “A”, cap. 2 pág. 61.

2idem cap. V pág. 129.

3Sta. Teresa de Lisieux. Obras Completas. Cuaderno amarillo. 15.5.1897 pág. 851.

41 Juan 1, 1.

5Cuaderno amarillo. 4.8.1897. pág. 929.

6Card. Von Baltasar.

7Gal. 2, 19-20.

8Sta. Teresa de Lisieux. Cuaderno amarillo. 3.8.1897 pág. 928.