El sufrimiento como camino al amor

¡Ah, es increíble cómo se han realizado todas mis esperanzas! Cuando leía a San Juan de la Cruz, suplicaba a Dios que obrase en mí lo que él dice, es decir, lo mismo que si llegara a la vejez; en una palabra: consumarme rápidamente en el amor, ¡y he sido escuchada!” 1Llega a ese estado admirable de purificación por el sufrimiento valerosamente aceptado. Teresa se siente muy interpretada por San Juan de la Cruz, su padre y maestro. Es el espejo donde refleja su propio camino hacia el amor transformador. Todo, en el santo, es lección que ella aprende y graba en su corazón. La vida del santo, la fisonomía peculiar de su conformación con Cristo, ilumina poderosamente el comportamiento de Teresa. No pretende imitarlo pero reconoce que es hija de tal padre y sus almas, las de ambos, resultan gemelas. Juan y Teresa recorren el camino del sufrimiento hacia el amor con la exultación de los enamorados. No constituyen impulsos en busca del gozo superficial. Se han enamorado del Amor, de Quien es el “todo Otro” y los acoge en el recinto de su comunión íntima y definitiva.

No hay placeres efímeros en ese camino directo y exclusivo. El dolor no buscado, el que viene con el acontecer de la vida temporal, el no previsto, aunque esperado, constituye camino al Amor. Teresa lo descubre, antecedida por el mismo Jesús y por los santos. No titubea, aunque tiemble en la oscuridad. Se lanza decididamente al encuentro del que ama. Sabe que no podrá, en los momentos de mayor sufrimiento, expresar lo que siente y piensa de otra manera que en un gemido espontáneo: “ ¡No puedo más…, no puedo más! Y sin embargo, es necesario que siga viviendo… Estoy…estoy vencida… No, nunca hubiera creído que se pudiese sufrir tanto… ¡Nunca, nunca! ¡Oh, Madre mía, ya no creo en la muerte para mí!… ¡Ya solo creo en el sufrimiento!” 2 No puede imaginar el cielo, donde todo es amor, sin el sufrimiento. No aprendió a amar sino sufriendo. Ése, su lenguaje original, expresa auténticamente el amor que la conduce a la madurez afectiva que le corresponde, como mujer consagrada. Lo aprende de quienes más ama. Lo descubre en la historia de los santos, que devora con especial deseo de saber. Desde la fe de Abraham hasta la inmolación de Jesús en la Cruz de la obediencia; desde la humilde sumisión de su padre a la enfermedad que lo enajena, hasta su propia tuberculosis.

Allí está el secreto de su vitalidad asombrosa. Amar al Amor crucificado: “Mi amor está crucificado”3No es demencia mística, ni deseo de exhibición. Es la verdad que descubre y acepta. Sabe que no hay alternativas entre las propuestas innumerables de los hombres mejor dotados. La VERDAD es una, formulada por única vez en el misterio de Cristo. La Cruz es el camino elegido. El sufrimiento sin medida, que la desborda, crea los términos más exactos para revelarla a quienes no saben qué sentido dar a sus propios dolores. Teresa avanza sobre sus tormentos, expresa sus dudas, sorbe largamente las tinieblas que la invaden: “Me pregunto cómo Dios se priva tanto tiempo de tomarme… ¡Además, se diría que quiere hacerme creer que no existe el cielo!… Y todos los santos, a los que tanto amo, ¿dónde están, pues, escondidos?… ¡Ah, no finjo! Es verdad que no entiendo una jota de todo esto. Pero en fin, tendré que cantar muy fuerte en mi corazón: ‘Después de la muerte la vida es inmortal’, de lo contrario, esto no tendría sentido…” 4

Hace más de doce años, una joven adolescente moría bajo mi cuidado ministerial. Aún la escucho, siento sus manos entre las mías y el mismo interrogante existencial: “¿Porqué? ¿Porqué a mí si no he hecho nada?” El recuerdo de Teresa muriendo le inspiró una respuesta espontánea y satisfactoria: “Santa Teresita también sufrió mucho”. Y le susurré al oído: “Encontró el sentido a su dolor”. Era el amor a Jesús, el Dios encarnado. ¡Esto es la verdad!… ¡esto es la verdad!… es preciso que lo repitamos sin cesar. Cuando la que se propone es la Verdad, a todos interesa. Será formulada en otras lenguas, a media lengua o en silencio, pero es tan universal como la vida misma. El hombre debe recomponer su capacidad de amar por el exclusivo camino estrecho del sufrimiento, que aparece sin necesidad de convocarlo. Teresa manifiesta un verdadero sentido común cuando admite que no busca los sufrimientos, como ejecutando un plan elaborado por ella misma: “No quisiera pedir nunca a Dios sufrimientos mayores. Si él los aumenta, los soportaré con placer y con alegría, pues vendrán de él. Pero soy demasiado pequeña para tener fuerzas por mí misma. Si pidiese sufrimientos, serían sufrimientos míos, que tendría que soportar sola, y nunca he podido hacer nada enteramente sola”. 5

Es preciso responder a una pregunta que surge, de inmediato, ante el misterio del dolor. Es consecuencia del pecado, de la desviación en la respuesta al llamado existencial al amor. El ser, que se perfila en el proceso de esa respuesta, ha sufrido una herida inicial que lo ha deformado. La llamamos egoísmo, consecuencia directa de un mal uso de la libertad. Ha equivocado el camino, eligiéndose, antes de elegir al otro, en el Todo Otro. Las derivaciones de esa falsa opción son innumerables y destructivas. Lo más trascendente es la pérdida del sentido de la vida. La existencia humana, a partir de aquella deformante opción, aparece “sin sentido”. Es preciso que el hombre recobre su salud, recomponga el equilibrio y se someta a una dolorosa refactura. Es como volver a nacer: “Te aseguro que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios. Nicodemo le preguntó: ‘¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo?” 6 Es la acción del Espíritu que se adentra en la historia de cada uno y recupera el sentido perdido; como también la capacidad de hacer del trabajo, de esa dolorosa refactura, un verdadero camino hacia la auténtica perfección humana.

Teresa lo entiende. Se dedica a aprovechar cada oportunidad dolorosa. No está a la caza de almacenar los sufrimientos, como un extraño demente. Los acepta y asume como van viniendo. Ama la vida que el Señor le ha otorgado y sabe que consentir en ella es aceptarlos como inseparables y temporales compañeros de ruta. El envoltorio propio de los grandes regalos o dones de Dios es la tribulación. Es muy difícil de racionalizar este hallazgo. Los mejores creyentes deben aprender, sobre la misma marcha, a aceptar sin entender. Teresa llega a decir, con la candidez y veracidad que la caracterizan: “Os puedo asegurar que no he pasado un solo día sin sufrir, ni uno solo”. 7En esa expresión, que puede parecer dramática para el testigo desconocedor de sus actitudes más profundas, la santa revela un gozo inexplicable e inenarrable, el de un corazón enamorado. Su espectáculo, como el ofrecido por los santos que conozco, sugiere una expresión que repito incansablemente: “Debemos vivir como enamorados”.

Allí está el verdadero gozo, el que brota del alma y se apodera de todo el ser. El santo es un ser feliz, ha logrado o está logrando la auténtica felicidad, la plenitud de vida a la que está llamada toda persona. Para ello será preciso que su aceptación de la vida creada incluya el misterio de la Redención. El pecado, como acontecimiento, cerró la capacidad de respuesta y, para restablecerla, necesitó la intervención del mismo Dios, absolutamente fiel a su Obra creada. El Misterio de Cristo constituye esa intervención salvadora. Se logra por el único camino de acceso. Consiste en retomar al hombre, y su historia, y recomponer su libertad en una respuesta fiel al llamado. Como Adán fue causa de la desorientación inicial, y comprometió a su descendencia, Cristo será causa de la recta orientación, corrigiendo la infidelidad primitiva, y sanando a aquella misma descendencia herida de muerte. No lo hace por decreto. Se introduce, por la Encarnación, en la historia malograda y se hace cargo de todas las heridas o pecados de los hombres. Rehace el camino y convierte la dispersión en auténtica peregrinación al Padre.

El hombre debe retomar la senda hacia Dios haciéndose cargo, con Jesús “primogénito en una multitud de hermanos”, de una respuesta fiel, posible y dolorosa. La Cruz, del que no merecía la muerte, es el único camino. No es eximido de recorrerlo, con el derecho obvio de serlo, por su inocencia. De esta manera se produce la revelación de la verdad que, asumida, constituye en “toda la verdad” a los hombres que así lo decidan. La Cruz es, por lo mismo, el camino que también los hombres debemos recorrer si deseamos ser interiormente redimidos. De esta manera Cristo se constituye en el modelo de todo hombre que decide la novedad de una vida fraterna, solidaria, pacífica y auténticamente feliz. Una vida rebrotada entre las ruinas de un pasado de muerte. San Pablo emplea una terminología que cobra una mayor vigencia cuando el caos parece asomarse por las hendiduras de un mundo que se resquebraja.

Me refiero al “hombre viejo” y al “hombre nuevo”. Teresa acepta el desafío de recorrer ese camino de Cruz. No lo hace en un nivel de competición empeñosa sino por amor a Quien se ha entregado por ella y la precede. Por Quien es el Amor revelado de Dios y atrae por su irresistible belleza. Desde el tiempo, la cruz está habitada por Él, “Amor crucificado” que apasiona el corazón indomable del perseguidor y luego Apóstol: “Mientras los judíos piden milagros y los griegos van en busca de sabiduría, nosotros, en cambio, predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido llamados, tanto judíos como griegos.” 8 Teresa se deja seducir por el “Amor crucificado” y acepta la cruz que se le ofrece para reconstruir su propia historia de amor y de santidad. A partir de la Navidad de 1886, se la invita a aceptar ser una mujer cabal, tanto en la soledad de ser tratada como adulta, como en una celda de la enfermería del Carmelo de Lisieux, donde muere a los veinticuatro años.

Teresa lo va entendiendo progresivamente. Los diez años posteriores a aquel acontecimiento de gracia constituyen un aprendizaje rápido y eficaz. Las últimas conversaciones encierran un compendio de sabiduría que es muy difícil agotar. Se las debe meditar en el sereno clima de su ofrenda de Amor.

1Sta. Teresa de Lisieux. Obras Completas. Cuaderno amarillo. 31.8.1897. pág. 969.

2Idem. 30.9.1897. pág. 1017.

3San Ignacio de Antioquia.

4Cuaderno amarillo. 15.8.1897. pág. 945-946.

5Cuaderno amarillo. 11.8. l897. pág. 942.

6Juan 3, 3-4.

7Ultimas conversaciones. A Sor. Teresa de San Agustín. pág. 1043.

81 Cor. 1, 22.24.