La mujer fuerte

En tiempos de la promoción de la violencia y de la resistencia física se pierde el sentido de la auténtica fortaleza. En la sintomatología boxística vence el que golpea más fuerte y derrota a su adversario. Lo convierte en campeón o superior al vencido. ¡Qué distancia enorme de la concepción evangélica! Pablo lo capta de inmediato con aquella expresión de contradictoria apariencia: “Por eso me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecuciones y en las angustias soportadas por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.” 1 La verdadera fortaleza no procede de una bien ejercitada resistencia física e incluso psíquica. Proviene del amor a Cristo; a ése conmovedor Débil por amor nuestro, a ése inmolado sobre el madero de la cruz, que ejerce una autoridad suprema, superior a toda otra autoridad. El Apóstol acostumbra a descolocar a los bien pensantes de este mundo de la cultura con expresiones aparentemente desprovistas de coherencia. Es verdad lo que dice, toda la verdad. El amor, que se mal manifiesta como debilidad, es el secreto de la fortaleza de quienes logran la auténtica victoria.

Nos basta recorrer la historia sorprendente de los mártires. Algunos son frágiles ancianos, tiernas niñas, madres cargadas de hijos aún necesitados de sus cuidados… Lo común en ellos es el valor para enfrentar la muerte inexplicable, impropio de esa edad o estado de vida. El secreto del mismo es imperceptible para quienes no tienen fe. Se observa el fenómeno, se toca la superficie, pero se ignora la fuente profunda de esa admirable fortaleza. El manoseo interminable de “entendidos”, que no entienden, ocupará largos reportajes, interminables elucubraciones que dejan intacta la confusión. Teresa descubre esa fuente surgente y se dedica a saciar su sed. Para ello necesitará independizarse de los criterios y opiniones de su entorno, incluso del más religioso. Desde un corazón humilde responde a los reclamos amorosos del Señor. Dios es Dios, emplea un estilo de comunicación al que accederán únicamente los hombres humildes. Teresa es humilde y pobre. Su conciencia se lo revela desde un silencio que ella sabe elegir y cultivar. Allí, en el secreto accionar de su espíritu animoso, elabora las armas de su futura lucha. Allí, ella misma es misteriosamente modelada por su imprescindible Artífice.

Ya en la Escritura es homenajeada la mujer fuerte. Esa fortaleza procede de una condición netamente humana que aparece con mayor nitidez en el ser y el quehacer femenino. Esa fenomenología histórica ha inducido al error de confundir la debilidad con una condición presentada como signo de la ternura y de la fragilidad. Cuando se trata de resumir los tantos advertimos que la debilidad aparece en los considerados imbatibles gigantes de roca. Los varones, que apoyan su orgullo en la fortaleza de sus energías físicas, se desmoronan como un montículo de tierra o arena. No saben ser fuertes en la enfermedad, en la tribulación causada por el fracaso y la marginación, en el revés económico y en la soledad. Es interesante recorrer los geriátricos y asilos de ancianos. Las ancianas se distinguen por el optimismo, las ganas de vivir y la alegría. No ocurre lo mismo con los ancianos. A ellas se las ve piadosas, reconocidas a Dios por la vida prolongada y por la simple atención que reciben. No así ellos, tristes, incapaces de pronunciar una oración, inexpresivos y silenciosos.

¿Dónde está la fortaleza?, nos preguntamos. No en una cualidad femenina, aunque culturalmente aparezca más en la mujer, es una cualidad humana. El hombre, me refiero indistintamente al varón y a la mujer, está llamado a cultivarla como principal. Tiene éxito quien la logra, fracasa el que no. Existen verdaderos genios que apoyaron sus enormes esfuerzos en un propósito ejecutado sin concesiones. Siempre aparece el límite, como la orilla donde las olas amenazantes se desvanecen entre las burbujas que producen. Sólo el amor ofrece una capacidad ilimitada. Teresa es genial. Si no hubiera sido lo que fue, ya no guardaríamos la mínima memoria de ella. Fue lo que su amor a Dios hizo de ella. El amor siempre hace referencia a otra persona. Pero también la trasciende, en busca de la Persona fuente de toda personalización: Dios mismo. En la noche de Navidad de 1886 Teresa cierra el proceso de encuentro iniciado en su infancia. Dios, que siempre ha sido lo más importante en su vida, en aquella noche se constituye en el único referente.

…mis únicas armas son el amor y el sufrimiento…,” 2 No encuentra otro camino posible para lograr la perfección. No pretende otro porque no imagina perfección alguna que no sea la unión definitiva con el Amado. Con su mirada serena fija en esa meta atraviesa difíciles geografías espirituales, senderos sin trazos, campos cubiertos de peligros. No se detiene, soporta las heridas y no se acobarda ante los peligros. No sabe lo que será de ella mañana, sólo le interesa el presente, porque “…solo sufro el instante presente. El pensamiento del pasado y del futuro hace caer en el desaliento y en la desesperación…” 3Es inconcebible, en su perspectiva espiritual, un mínimo esfuerzo realizado por llevar a cabo algún proyecto humano de perfección. Sólo el amor, es decir, la relación con la persona amada. Reconoce que no hubiera intentado nada sin amor. Se siente incapaz, absolutamente sin fuerzas para intentar algo por otro camino. Como a Jesús, sólo la mueve el amor al Padre y, por lo mismo, el cumplimiento perfecto de su plan.

Como a Pablo, sólo la alienta el amor a Cristo: “…estoy completamente seguro de que ahora, como siempre, sea que viva, sea que muera, Cristo será glorificado en mi cuerpo. Porque para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia.”4 Pablo emprende y termina su obra apostólica por amor a Cristo, no por su singular carácter aguerrido. El amor es más fuerte que los límites y posibilidades personales. Teresa lo comprueba y lo mantiene no reparando en los inconvenientes y en las humanas imposibilidades. Se goza de sentirse sin fuerzas y seguir adelante como si las tuviera todas. Es Dios, al que ama sobre todo y todos, quien se hace cargo de ella como el padre de su hija, como el esposo de su esposa. Su convicción no procede de una ilusión infantil. Teresa es demasiado sensata para dejarse arrastrar por una ilusión. Se esfuerza por mantener un absoluto equilibrio, por poner los pies sobre el camino de la fe: “…he preferido no ver a Dios ni a los santos, y permanecer en la noche de la fe, mientras otros desean ver y comprender.”5

Teresa es la mujer fuerte porque ama. El amor la conduce por un proceso de creciente generosidad. El que ama de verdad lo ofrece todo, hasta la propia vida. No entiende el verso declamatorio, sólo acepta el compromiso de sus fuerzas en el servicio de Aquel a quien ama. Si repasamos su evangélico caminito encontraremos una sucesión semioculta de pequeñas inmolaciones. A través de ellas se configura la obra gigantezca de su santificación. Es relativamente simple reunir todas las energías latentes en momentos críticos. Fuera de esos momentos, cuando se entibia el fervor o pierden relieve los acontecimientos, resulta insostenible la mencionada generosidad. Teresa descubre la importancia extraordinaria de lo que aparece como común y ordinario. Más aún, prefiere lo que no aparece, lo que tiene poco nivel humano, porque advierte que Dios misteriosamente lo privilegia. En consecuencia pone todo su entusiasmo en la mínimas expresiones de lo cotidiano.

No conoce el resultado, lo que ocurrirá escapa a sus previsiones. Sólo ama a Dios. Camina en el amor y acepta todo lo que viene: bueno y malo, desagradable y placentero, oscuro y luminoso. El Amado es de tal manera “Todo” que no existe elemento externo o interno que pueda restarle importancia. Es conveniente volver a Pablo para hallar la luz de la fe que ilumina a Teresa: “¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Como dice la Escritura: ‘Por tu causa somos entregados continuamente a la muerte; se nos considera como a ovejas destinadas al matadero.’ Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó.” 6 La atracción que ejerce Cristo sobre su persona es permanente. Ella misma se asombra de su presencia constante, como escondida. Pero allí está su fuerza, la exactitud de la verdad que contempla y comunica.

La intensidad de su amor a Jesús le permite ordenarlo todo conforme a la voluntad divina. Reconoce en Él el rostro paterno de Dios e ingresa, como de su mano, en la familiaridad sencilla del cielo donde con la Virgen Santísima y con sus hermanos los santos participa de la vida divina. Ya ha comenzado el gozo de la bienaventuranza porque el amor lo anticipa. Amar a Dios es su vida, su fuerza, su sabiduría, el éxito verdadero de los oficios que le encomiendan, las formas inspiradas que empleará para decir lo que vive y lo que ve. No debe ya angustiarse en busca de un paso hacia una mayor perfección. La cumbre está en el Amor. Ha llegado a ella, aunque el velo de lo temporal interfiera y mantenga escondido todo el tesoro ya presente. Su fortaleza se manifiesta, primordialmente, en el ánimo por seguir adelante, sin miedo al cansancio o al desfallecimiento.

Es conveniente concluir esta incompleta reflexión con la fórmula de su propio hallazgo: “¡Ah, es increíble cómo se han realizado todas mis esperanzas! Cuando leía a San Juan de la Cruz, suplicaba a Dios que obrase en mí lo que él dice, es decir, lo mismo que si llegara a la vejez; en una palabra: consumarme rápidamente en el amor, ¡y he sido escuchada!” 7 Su fortaleza de mujer está en el amor que la consume.

12 Cor. 12, 10.

2Obras Completas, Carta 173. Al P. Rouland. 30.7.1896. Pág. 584.

3Cuaderno amarillo. 19.8.1897. Pág. 950.

4Filipenses 1, 20-21.

5Cuaderno amarillo. 11.8.1897. Pág. 942.

6Romanos 8, 35-37.

7Cuaderno amarillo. 31.8.1897. pág. 969.