La soledad como comunión

Desde lo que pudimos descubrir en Teresa estamos en disposiciones de abordar temas tan específicos como el que proponemos ahora. El Carmelo es el desierto fecundo donde grandes solitarios encuentran el ambiente propicio para la contemplación. Así lo sueña la santa, antes de su ingreso, cuando todo lo que ve en su peregrinación a Roma le parece poco bello comparado con lo que espera encontrar en la soledad de la clausura monacal. La sensatez manifestada por Teresa, a lo largo de sus reflexiones, disipa toda sospecha sobre una probable proclividad a la fabulación. Está lejos de los sueños infantiles, advierte sus peligros y prefiere la fe a la posibilidad de visiones y revelaciones. ¡Buena hija de San Juan de la Cruz y admirable discípula de Santa Teresa! La soledad no la enferma, como se les ocurre pensar a ciertos psicólogos contemporáneos, al contrario. Le ofrece la ocasión de hallarse en el recinto más profundo y substancial de la verdad que busca. Es interesante responder al interrogante que, de inmediato, surge: ¿Por qué?

En la línea de nuestras reflexiones anteriores entendemos la soledad preferida por Teresa como un encuentro invalorable con Quien ella decide vivir para siempre. La soledad no es absoluta, al contrario. Es encuentro personal, es comunión atenta con ser amado. La soledad absoluta es la muerte. Este ámbito de la contemplación rebosa de vida; en él la vida se desarrolla hasta adquirir su dimensión plena y definitiva. Teresa no es una solitaria, la soledad como exclusión de las cosas que habitualmente pueblan el tiempo de los hombres es purificadora de los elementos que desconcentran de la auténtica comunicación. El contemplativo no es un distraído, es un atraído por el Dios personal. En ese encuentro toda persona halla la verdad, la que constituye su identidad. Teresa lo percibe, lo gusta como perspectiva futura para su vida recién asomada a sus posibilidades personales. No elige el Carmelo porque sus hermanas lo han elegido. No se produce un contagio místico. Lo elige a Él. Una Hermanita suya, posterior a ella, responderá a las incomprensiones de quienes se asombraban ante su decisión de ser carmelita: “No he venido al Carmelo porque me gusta, sino por Él”. 1

La soledad de Teresa está colmada de la presencia de Jesús, el Dios encarnado. Su breve vida no hubiera sido como fue sin el gozo continuo de la presencia de Dios. Está rodeada de amor y solicitud fraterna pero nada la distrae de Él. No obstante el dolor natural ocasionado por la posibilidad de múltiples separaciones, Teresa conserva la paz, en lo más íntimo, allí donde uno se encuentra consigo. El primer elemento a excluir es ella misma como sujeto de intereses particulares. Muchas personas prefieren la soledad, por lapsos relativos de tiempo, con un fin terapéutico y poco religioso. Puede ser acertado, por causa de ciertos desequilibrios psicológicos, pero no es lo más perfecto. La soledad invadida por uno mismo no vale como comunión. La conversión de los ídolos a Dios es, en primer lugar, un voluntario y generoso olvido de sí. Para amar a Dios, y a quienes Dios ama, será preciso dejar de pensar en lo propio, en uno mismo. Mencionamos, con mucha frecuencia, aquella noche de Navidad de 1886. Teresa también lo hace:“He estado pensando hoy en mi vida pasada, en el acto de valor que realicé aquella noche… Muchas almas dicen: No tengo fuerzas para realizar tal sacrificio. Pues que hagan lo que yo hice: un gran esfuerzo. Dios no niega nunca esta primera gracia que da el valor para obrar; después el corazón se fortalece, y se va de victoria en victoria.” 2

El olvido de sí no es escapatoria sino sabia decisión de abandonar el principal de los ídolos, el que acapara la atención de la mayoría de los hombres. No es para provocar el vacío o la noche absoluta. La espiritualidad de la confianza inspira un abandono en manos de Dios, verdadero Padre, que ama a su hijo pensando exclusivamente en él. El amor auténtico se conforma a su modelo, me refiero al amor que Dios nos manifiesta en Jesucristo. Si así no ocurre, lo que estimamos amor no es amor. Fácilmente nos engañamos y acabamos deformando el amor, haciendo de él una caricatura grotesca y blasfema. Pablo presenta el modelo en forma dramática y conmovedora: “Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres.” 3Para hacerse semejante a los hombres, siendo Dios, debió olvidarse y concentrarse en lo que había quedado del hombre por causa del pecado. Visión poco agradable, hasta repugnante; no obstante, necesaria para lograr una profunda y eficaz curación. El amor de Dios es acción que cura y redime, devuelve la vida poniendo al hombre en camino.

A medida que avanza el proceso de identificación con Cristo, en el que consiste la santidad, la persona recobra la capacidad de amar en serio. El amor deja de ser búsqueda de propias complacencias para ser dedicación exclusiva a la persona amada. El insaciable hambriento de amor, incapaz de una relación definitiva con nadie, al convertirse se vuelve un auténtico contemplativo. Teresa se enamora de Dios. Aprende a amar de Quien es amada con un amor sin egoísmos y, emprendiendo el idéntico camino de la Cruz, se sumerge en la misma y purísima relación. Ese movimiento conduce a estar sola, en el desierto habitado por Dios. El amor es relación personal, es comunión que progresa y se perfecciona. El que ama nunca está solo. El que no ama, incluso creyendo amar, está profundamente solo. El cielo es comunión perfecta. El infierno es absoluta soledad.

La alegría que la soledad del Carmelo provoca en Teresa procede de la certeza del encuentro con el Amado. El que ama a Dios busca la soledad, porque se empeña en estar solo con Él. Trasciende las dimensiones de un recinto sellado. Desborda la clausura, coexiste con realidades confusas y aparentemente extrañas a la íntima naturaleza de su relación con Dios. El contemplativo es un solitario con Dios, haga lo que haga o se ocupe de asuntos aparentemente inadecuados para el recogimiento y la oración. El que no lo es, aunque se aísle y encierre, experimentará el alejamiento del mundo como si acampara en un terreno arrasado y estéril. El que no vive enamorado sufre una constante agonía. El sentimiento común de quienes fueron testigos de la breve vida carmelitana de Teresa es de consternación ante la continua relación de la joven con Dios. Desde aquel primeresfuerzo de Navidad su carrera no se detiene. Lo demás lo hace Dios, con la ternura del Padre que transporta a su pequeño hijo en brazos.

Una de las experiencias más fuertes en la vida de un convertido es la presencia paterna de Dios que lo alienta y asiste personalmente. “Dios es Padre de nuestra vida”4, decía un gran Pontífice. El testimonio de Teresa viene a confirmar, con argumento irrebatible, la verdad enseñada constantemente por la Iglesia. La soledad amarga de innumerables hombres y mujeres no es consecuencia de la inexistencia de Dios sino de una decisión trágica del mismo hombre, que lo ha apartado de Dios. La experiencia de San Agustín está magníficamente formulada por él mismo: “Tú no te habías alejado de mi, yo me había apartado de Ti.” El pecado, u otro nombre que se le quiera atribuir, es el causante de esa soledad. Porque es esencialmente incomunión, decidida en una ruptura de comunión con Dios, la soledad es consecuencia directa de un ejercicio equivocado de la libertad. Es obvio que el primer perjudicado es el hombre mismo. Su capacidad de identificarse está bloqueada y humanamente inutilizada. Me refiero a la del amor.

Recuperada la comunión con Dios, todo lo humano es liberado de su sin-sentido anterior. La soledad ya no es la amarga situación del solitario sino el ámbito para expresar la comunión. Sin la gracia de la fe no se logra entender esta nueva dimensión de los valores humanos. Más aún, los contemplativos al estilo de Teresa son considerados extraños. Se ha perdido la capacidad de advertir que la misma realidad, la que sustenta la vida social, resulta extraña a la naturaleza humana como la ha pensado Dios. El fuerte y persistente impulso a relacionarse ha desarrollado la ciencia de la comunicación de manera prodigiosa. No obstante, algo está roto, profundamente fallido. Perduran, hasta en franco crecimiento, los síntomas alarmantes de la ruptura de comunión: violencia, hurtos, traiciones, incumplimiento sistemático de las leyes, divinas y humanas, los derivados más aberrantes de la deshonestidad y del odio. La generalización de estos síntomas ocasiona la sensación de que todo está irremediablemente perdido. Los santos, sin lugar destacado en las primeras planas de los periódicos y sets televisivos, mantienen el testimonio válido de un resto saludable suscitado por Dios.

Cuesta entender que ese resto pueda prosperar. Es fermento evangélico, destinado a transformar la masa, no por su poder cuantitativo sino por la gracia poderosa de Dios que se vale siempre de lo poco para realizar lo mucho. La soledad fecunda de Teresa es manifestación de un nuevo tejido social que reparará los daños causados por la irresponsabilidad. El discurso ha caído en descrédito. Se necesitan obreros ya que el diseño arquitectónico de la comunidad humana está perfectamente dibujado por Quien lo creó. Cristo es enviado para darlo a conocer y ejecutarlo personalmente. Muestra las riquezas de ese diseño y la forma de concretarlo en la historia. Los santos reproducen el empeño de Cristo, hombre nuevo, por realizarlo fielmente. Como todo trabajador, el santo obra desde el silencio, el humilde ocultamiento y el desinterés. La soledad de Teresa es lugar adecuado para tejer un nuevo mundo, una civilización del amor. 5

Sabe que únicamente a partir de la comunión profunda con Cristo, causa exclusiva de salvación, puede lograrlo. En la soledad del Carmelo se encuentra con Él, en una relación esponsal transformadora, y, de esa manera, hace realidad su profundo anhelo de vivir siempre y plenamente. Teresa no se cansa de expresar su sueño del cielo, lo viene repitiendo desde su infancia. Posee un sentido muy desarrollado de la eternidad gozosa con Dios. Lo sueña para ella y para sus seres más queridos. Existen incidentes encantadores en los primeros diálogos con su mamá.

1Santa Teresa de los Andes.

2Cuaderno amarillo. 8.8.1897. pág. 938-939.

3Filipenses 2, 6-7.

4S.S. Pablo VI.

5S.S. Pablo VI.