Su sensibilidad como oportunidad para el amor oblativo

Lo que sin amor hubiera sido un grave inconveniente, por amor a Jesús es una verdadera posibilidad, la mejor ocasión para crecer en la amistad divina. Podríamos multiplicar textos claros de sus escritos y volvería a presentarse ante nuestros ojos la misma imagen de santidad. Teresa es consciente de su temperamento y, sobre todo, de su fina sensibilidad. Ve en ella posibilidades múltiples: unas, aparecen como riesgosas y perjudiciales; otras, como ricas oportunidades para hacerse cargo de un liderazgo auténtico en la comunidad. Pero no programa, elige un plan que no es de su invención. Busca y reconoce la voluntad de Dios en los pequeños incidentes de su vida. Elige lo que Dios quiere y se dedica a ejecutarlo con admirable generosidad. Su opción involucra todo su ser, con los matices de su naturaleza, con los aspectos insospechados de su historia genética, con su entorno familiar y social, con el contexto eclesial en el que inició los primeros tramos de su sendero de fe.

Es una niña que se emociona muy fácilmente. Cuando le sucede alguna pequeña desgracia, todo el mundo tiene que saberlo. Ayer, habiendo arrancado sin querer una esquinita del entapizado, estaba que daba lástima.” 1Su madre posee una fina percepción del carácter de su más pequeña hija. En pocas líneas describe la calidad de sus sentimientos y advierte sus posibilidades y peligros. Teresa se decide por una respuesta generosa a Dios, que le acercó su imagen de Padre con signos claros y continuos. Es entrañablemente amada, lo afirma ella misma, con gran sencillez:“Dios se ha complacido en rodearme siempre de amor. Mis primeros recuerdos guardan la huella de las más tiernas sonrisas y caricias… Pero si el Señor puso mucho amor en torno a mi vida, se dignó también conceder a mi pequeño corazón un natural amoroso y sensible.” 2 En los comienzos parece ceder a la tentación de los mimos de su padre y hermanas, sobre todo a partir de la muerte de su admirable madre. La señora Celia Martin manifiesta un equilibrio no común. Es tierna y firme, profundamente piadosa y realista, capaz de atender los mínimos detalles de su hogar y manejar con destreza una pequeña y exitosa empresa.

En Teresa, en su temperamento receptivo e independiente, han influido todos. No obstante, como quien no lo pretende, elige su camino, se pone a construir la propia personalidad, desde su genio singular. Sabe que la vida es una respuesta de amor a Dios, que la ha amado antes y siempre. Su sensibilidad le proporciona la capacidad de identificar el verdadero amor con la aceptación de los sufrimientos que vienen. Advierte que todo la afecta, le causa gozo o dolor, la entusiasma o la deprime. Será un permanente desafío mantener el equilibrio entre sentimientos y emociones tan disímiles. La unidad que se produce en ella fortalece el comando sobre sus pensamientos más íntimos hasta lograr una síntesis, la más perfecta. Las últimas conversaciones constituyen la mejor expresión de esa síntesis. Están ubicadas en el momento supremo de su ofrenda de amor y de dolor.

No alcanzaría el tiempo y el lugar para ilustrar, con sus expresiones finales, la aparición de la mencionada síntesis. “Creo que el demonio ha pedido a Dios el permiso de tentarme por medio de un extremado sufrimiento, para hacerme faltar a la paciencia y a la fe.”3 Su afirmación constituye una verdadera aceptación del desafío de amar a Dios en la tribulación. La prueba es un estado permanente. El dolor momentáneo puede ser esperado e incluir un adiestramiento interior, pero, cuando es continuo… Cuando no hay tregua y la fatiga de padecerlo se instala de manera constante, entonces se requiere un auxilio extraordinario de la gracia. Teresa sabe, con la ciencia de la fe, y descubre, conmovida, la misericordia de Dios. Sabe que es objeto preferido de la misericordia, porque es muy pequeña: “…sufro como un niñito… No quisiera pedir nunca a Dios sufrimientos mayores. Si él los aumenta, los soportaré con placer y con alegría, pues vendrá de él. Pero soy demasiado pequeña para tener fuerzas por mí misma”. 4

El niñito es fuerte cuando se siente asistido por sus padres. Más aún, no teme a nada y a nadie. Se atreve a transitar todos los caminos, en medio de la oscuridad. Pero cuando ellos faltan se produce la orfandad. Hay centenares de miles de huérfanos en el mundo. Innumerables desamparados, marginados del afecto de una sociedad selvática donde sobreviven algunos. Teresa sabe que el cariño de quienes la miman es efímero. Experimenta su necesidad pero, al mismo tiempo, advierte que es frágil y huidizo. Al término de esa comprobación eleva sus ojos al cielo y busca la solidez del amor de Dios, su Padre. No reacciona por desilusión. Lo tiene todo, hasta el final de su vida, pero sabe relativizarlo todo. Ama a Dios más que a sus padres y hermanos, no cae bajo la seducción de un afecto sensible que desaparece. Camina en pos de su Amado. No lo ve, no lo puede tocar con sus manos, no percibe en sus sentidos el encanto de su belleza. Sólo está el sufrimiento. El desmoronamiento de la belleza, que colma su corazón particularmente dotado de intuición y sensibilidad, le obliga a orientar su pensamiento a lo definitivo, a Dios.

El éxito, en ese camino del desasimiento de lo sensible, le exigirá la aceptación del sufrimiento como acontecimiento. Dicen, y es verdad, que los hombres comienzan a morir al nacer. La muerte, presente en el riesgo de cada tramo del camino de la vida, es el final de lo que tiene fin, para introducir el ser en lo definitivo. Es fácil pensarlo y decirlo. Teresa aprende a vivir intensamente todo lo que escucha como verdad. Cree en la palabra de la Iglesia. Es Dios que le ofrece la verdad que necesita para hacer su propia historia. Así lo arma todo, con un cuidado delicado y firme. Sabe que no puede descuidar nada. Todo es importante, ya que cualquier pequeña pérdida puede provocar una tragedia. Si equivoca la orientación de su marcha se proyectará muy lejos del término anhelado. Cuántos hombres y mujeres, algunos muy jóvenes, no atinan con el camino cierto, y así les sorprende el final. Desde el mismo ya no se puede regresar, el tiempo ha concluido y, por lo mismo, también la posibilidad de rectificarlo.

Teresa adopta el lenguaje temporal del sufrimiento para profesar su amor a Dios. No sabe amar de otra manera, e incluso no entiende el cielo como perfección del amor y ausencia de todo dolor. Sabe entresacar de los acontecimientos más triviales, también de lo que hubiera podido suceder, una oportunidad para amar a Dios. Se enternece al comprobarlo, no se considera una privilegiada, al contrario, cobra conciencia de una especial fraternidad con los más pecadores. Llega a entender con la madurez de un sabio, no digo de un adulto, e íntimamente coherente, aborda su historia personal y la ordena. Los inconvenientes que provienen de diversos centros de influencia no llegan a desalentar su espíritu. Combate con sus fuerzas pero convencida de que su confianza en Dios le permitirá disponer del poder de la gracia. Por ese motivo no se angustia por el futuro, ni por las pruebas que sobrevendrán. Contemplando el rostro bondadoso de Dios, en el de Cristo, no considera imbatible nada, ni los modernos Goliats, con su despliegue espectacular de fuerzas y poder.

Es muy consciente de sus enormes baches afectivos. Es valiente, se atreve a todo, porque, dejada de lado su natural desconfianza en la debilidad de sus fuerzas, se abandona al cuidado de Dios, su muy amado Padre y Señor. La experiencia de su frágil estructura constituye una verdadera invitación a dejarse transportar, “como de la mano”, aflojada la suya entre las de Dios. Así lo hace. No desaprovecha una sola ocasión. Su vida oculta, humanamente incolora, le ofrece innumerables oportunidades. En sus escritos hay suficiente constancia de la solicitud que emplea en el trato con las carmelitas hermanas. No obstante el favoritismo de la Madre María Gonzaga, a causa de la evolución de su implacable enfermedad, ella no consiente en él. Trata a su hermanas carnales con menos privilegios que a las otras. Ese ha sido siempre su comportamiento. A las menos agraciadas les dispensa las miradas más afectuosas, las sonrisas más encantadoras. Es interesante la relación que su hermana Celina nos ha dejado: “A nuestra pregunta: ‘¿Para quién sería tu última mirada?…’, ella había contestado algunos días antes de morir: ‘Si Dios me deja escoger, mi última mirada será para nuestra madre (Madre María de Gonzaga)’ 5

No quiero dejar inconcluso el conmovedor relato de Celina. Allí se refleja el valor de aquella joven, ya al margen de sus fuerzas, fiel a sus convicciones hasta el fin: “La comunidad, allí presente, estaba como en suspenso ante aquel espectáculo grandioso. Pero de repente, nuestra querida santita bajó los ojos para buscar a nuestra Madre, que estaba arrodillada a su lado, mientras su mirada velada recobraba la expresión de sufrimiento que tenía antes.” 6

1Obras Completas. Carta de su madre. pág. 44.

2Idem. pág. 42.

3Cuaderno amarillo. 25.8.1897 pág. 962.

4Idem. 11.8.1897. pág. 942.

5Ultimas Conversaciones. pág. 1016.

6Idem. 30.9.1897. pág. 1016.