El Silencio

Se teme al silencio. Es útil preguntarse cuál es el motivo, el verdadero. ¿A qué teme el hombre cuando pretende llenar todo su tiempo con elementos extraños a lo que importa de verdad? Creo que teme al vacío, porque teme a la muerte. Es natural ese temor. Vencerlo parece exceder su actual capacidad. Cuando intenta hacerlo no hace más que aumentarlo. Necesita el valor de internarse en el hueco de su existencia y decidir iluminarlo. La luz para lograrlo no se consigue a cualquier precio. Él mismo no puede producirla. Su naturaleza herida, su paso sin rumbo, están reclamando un auxilio. Dios, que está atento a su gemido profundo, interviene oportunamente. Es su Padre, el que lo ama de verdad y, por lo mismo, se le hace encontradizo y lo reconduce a la verdad propia.

Para vencer el vacío y la muerte se necesita detectar el engaño. No confundamos los valores auténticos con otros que no lo son. La verdad no es la mentira que hemos erigido como verdad. Existe un silencio temible, el que proviene de la ausencia de valores auténticos, hábilmente disimulada. Creemos tener lo que no tenemos, y habernos liberado de un error que persiste y crece. ¿Cómo revertir tan angustiante situación? Imponiéndonos silencio. Un silencio saludable. La intervención de Dios en nuestra historia no responde a un plan destructivo. “No sin nosotros1 dirá un gran Padre de la Iglesia, cuando piensa en la Redención. Dios es el Padre que alienta al hombre a enfrentar su propio error reemplazándolo por la verdad que le ofrece. Lo sitúa ante su pecado y lo llama a reconstruir el plan primitivo. Le alcanza la gracia que necesita para retomar el comando de su propia vida pero no lo exime del riesgo de sufrir el ejercicio de la libertad en una opción responsable.

El silencio que redime es conversión. La opción que el hombre debe hacer, ahora responsablemente, se inicia en un punto de su historia personal y se extiende a toda ella, sea breve o prolongada. El silencio de los santos es producto de la verdad aceptada. Consecuencia de una actitud de cambio que lo toma todo. ¿Qué silencio es? El de sus cosas: el de sus intereses más absorbentes, el de sus proyectos mejor pensados, el de sus realizaciones logradas… ¡Difícil silencio! Como proveniente del instinto de conservación existe una natural repugnancia a adoptarlo como estilo de vida. Los hombres no cesan de hablar sobre lo que piensan y sienten. No escuchan a nadie, están convencidos de que lo importante no ocurre fuera sino dentro de ellos. Finalmente lo que cuenta es el aporte que ofrecen a los otros y poco la verdad que les brindan a ellos. Es fatigante no ser escuchados. Es tedioso encontrarse de continuo con la réplica de lo que piensan los otros, de lo que interesa a los otros.

Teresa aprende, a los pies del Maestro, a morir. Significa “a despojarse” de ella y de sus cosas. Su silencio es de toda ella. Existen muchas oportunidades para ponerlo a prueba. Incluso puede manifestar a su hermanas lo que ese desprendimiento interior y continuo le deja como enseñanza:“Una Madre priora debería siempre dejar creer que se halla libre de toda pena. ¡Hace tanto bien e inspira tanta fuerza el no manifestar ella, en absoluto, sus propias penas! Por ejemplo, hay que evitar expresarse así: ¿Tenéis dificultades y disgustos? Pues yo tengo los mismos y muchos más, etc.” 2 Ese conocimiento es fruto de una decisión ascética. Me refiero al voluntario olvido de sí misma. La lectura de sus escritos y particularmente de sus últimas conversaciones, ofrece una visión conmovedora de su heroica generosidad. No piensa en sus intereses, no se detiene ante las posibles contrariedades de su enfermedad. No produce un desasosegado vacío, llena su interior de Dios y de quienes están a su cuidado.

Le basta no pensar en ella misma. Será suficiente desviar su atención permanente de sus cosas. No puede huir del espectáculo de su nada y permanecer en ella es desesperar. La vida está en Quien se la otorga “como de nuevo”. Es la Causa. De Él procede continuamente, como la luz del principio que la genera. Sin Él está la nada. Su “nada” desalentadora deja de serlo porque Él está presente. Ella es porque Él es. Ella puede vivir porque Él vive. Ella puede amar porque Él la ama. Este sentimiento progresa a lo largo de su vida: “Desde niña, me han encantado estas palabras de Job: ‘Aunque Dios me matara, seguiría esperando en Él’. Pero he tardado mucho tiempo hasta situarme en este grado de abandono. Ahora ya estoy en él; Dios me ha hecho llegar a él, me ha tomado en sus brazos y me ha puesto en él…” 3

Teresa comprueba el progresivo accionar de Dios en su pequeña vida. Se goza en él. El camino recorrido la alienta a seguir adelante y a concluirlo. La energía de su marcha no está en ella sino en el que la conduce, como Padre solícito. Le corresponde abandonarse. Es todo gracia, inmerecida como la vida misma. San Pablo entenderá que los hijos no son empleados del Padre. No ganan lo que poseen. Todo le es obsequiado por el único motivo del amor que el Padre les tiene. La fe consiste en recibirlo todo por gracia. Cuánto más inmerecido el don mayor es el amor. Teresa desea no merecer nada. Se siente amada por Dios y, únicamente, el amor que recibe la capacita a amar sin pretender retribuciones. Su pequeña vida transcurre como respuesta al don inmerecido del amor de Dios. Esta absoluta verdad penetra serenamente en lo más profundo y oculto de su ser.

Ya no desea más que a Dios. Es impresionante cuando lo declara a sus hermanas, casi al borde de la muerte. Lo restante, lo que no es Dios, aunque sea muy bueno y espiritual, no llega a entusiasmar su corazón joven. Incluso lo que naturalmente seduce el corazón femenino, como es el reconocimiento de la belleza: “(Nuestra Madre y otras hermanas decían de ella que era bonita; se lo refirieron.) ¡Ah qué me importa eso! Me importa menos que nada, me molesta. Cuando se está tan cerca de la muerte, no puede una alegrarse por cosas así.” 4 La experiencia saludable de la fragilidad, de la desaparición inexorable de lo transitorio, después de un tiempo de profunda y natural confusión, reabre el registro de los valores permanentes. Ante lo importante, las cosas relativas, a las que los hombres se apegan tanto, adquieren un sabor insulso. Nada es atractivo cuando se asoma la eternidad como único horizonte. Sólo lo que se perfila en él tiene verdadera importancia.

Así lo reconoce la santa. Aprende a mirar las cosas desde esa dimensión y adquiere convicciones muy firmes que le permiten superar los miedos comunes. La relación con Dios, de la mano de la Iglesia, es precisa y sencilla. No puede hacer juicios desde una forma ideologizada de ver la realidad. No entiende, ni pretende entender el comportamiento de Dios con los pecadores. Sabe que los ama, hasta darles a su Hijo Unigénito. A medida que se sumerge más en el misterio de Dios, por el amor y la contemplación, se siente menos capacitada para calificar su modo de juzgar la vida de los hombres. Dios sabe. Es la santidad que no resiste la mínima mácula y, al mismo tiempo, es la misericordia que se resuelve en una búsqueda incansable del mayor de los pecadores. Está María Magdalena, que desecha la impureza de su amor apasionado anterior, para correr sobre el nuevo sendero del amor casto y oblativo, y está el “buen ladrón” que apenas reconoce al Señor, lo elige para siempre.

El Señor nos ofrece signos. Para leerlos es preciso tener un corazón puro y olvidado de sí. La conversión, como sendero de vida abierto a la eternidad, constituye esa libre y necesaria adopción. Teresa la hace suya y se desliza rápidamente por el proyecto que le presentan de parte de Dios. Lo dibuja cuidadosamente desde su celda, en la página blanca de su pequeñez, en las jornadas intensas de su enfermedad: “Dios me da el valor en proporción a mis sufrimientos. Sé que por el momento no podría soportar más, pero no tengo miedo, pues si los sufrimientos aumentan, él aumentará mi valor al mismo tiempo.” 5 El silencio de los santos es olvido y apertura, despojo y dádiva, desaparición y auténtica personalización.

Teresa abandona los hábitos perniciosos de la autoprotección. Ha perdido el miedo porque está en manos de Quien la ama con amor solícito. Como a Pablo, nada ni nadie podrá separarla de Quien la ama, y ella ama con amor castísimo. La santa de los meses de agonía y oscuridad afronta la muerte, y el aparente silencio de la misma, con el valor de un guerrero que camina hacia la victoria final. Su silencio está dotado de un lenguaje nuevo que el hombre terreno no entiende: “Podréis decir de mí: ‘No vivía en este mundo, sino en el cielo, donde estaba su tesoro’”. 6

1San Agustín.

2Cuaderno amarillo. 5.8.1897 pág. 933.

3Idem. 7.7.1897. pág. 882.

4Idem. 28.8.1897. pág. 966.

5Idem. 15.8.1897. pág. 945.

6Idem. 12.8.1897. pág. 944.