La oración de Teresa

Una vida con estas características debe disponer de una fuente de alimentación poco común. Teresa hace de la oración su clima vital. No se dedica a hacer una oración técnicamente perfecta, sabe que es un medio y decide dirigirse hacia el fin sin detenerse en los medios. Amar a Dios es, en ella, una necesidad cuya satisfacción le otorga identidad. Mostrarle que lo ama a través de relaciones constantes y conscientes es su supremo deseo. No desaprovecha momento. Experimenta la dificultad de ciertas prácticas de oración y procura, sin abandonarlas, ofrecerles el lenguaje nuevo de su simple ofrenda de amor. Como carmelita practica el arte de la oración, pero la Sabiduría dicta a su corazón los mejores términos. No admite ser engolosinada por tentadoras y fáciles recetas. Si la oración desorienta la generosidad de su amor y de su piadosa inmolación, de nada sirve. Los sentimientos que expresa Teresa en su constante oración están formulados en diversos momentos de sus escritos. Quiero transcribir uno de ellos: “¡Oh Jesús, cómo se alegra tu pajarillo de ser débil y pequeño! ¿Qué sería de él, si fuera grande?… Nunca tendría la audacia de comparecer en tu presencia, de dormitar delante de ti…” 1

A Teresa le interesa el Señor. Su amor está enteramente dirigido a Jesús. De esta manera se esfuma toda ambición de perfección personal que no acabe en Él. No le aflige ser débil, pobre y de limitados recursos. La oración como medio para expresar su amor al Señor, y para alimentarlo, encontrará su propia y original metodología. No le preocupa tener alguna, ni estará pendiente de novedades que prometan facilidades y rapidez para obtener un estado avanzado de oración. Con espontaneidad asombrosa declara: “…hago como los niños que no saben leer: digo a Dios con toda sencillez lo que quiero decirle, sin componer bellas frases, y siempre me entiende…” 2 Cuando se hace entender por Dios, advierte que le responde de inmediato. Así avanza serenamente por un sendero simple y lo consigue todo. Su confianza, en esta forma de oración, la anima y reconforta:“¡Qué grande es, pues, el poder de la oración! Se diría que es una reina que en todo momento tiene entrada libre al rey y puede conseguir todo lo que pide.” 3 Su reflexión es directa, abierta a la realidad que capta y ve.

No exige que Dios haga lo que ella pretende, ni se entristece si no logra su objetivo. Un aparente silencio de Dios, una misteriosa sordera a sus ruegos, constituyen motivo para reconfirmar su amor; “le amo más”, asegurará a quienes puedan escucharla. Oculto, como entre líneas, hay un proyecto de vida al que se mantiene fiel: el amor a Dios. Dios por Dios. Está enamorada del Dador, por sobre los dones que Él quiera concederle. La oración, en la vida de Teresa, es una relación de amor que no se interrumpe: “Para mí, la oración es un impulso del corazón, una simple mirada dirigida al cielo, un grito de agradecimiento y de amor, tanto en medio de la tribulación como en medio de la alegría. En fin, es algo grande, algo sobrenatural que me dilata el alma y me une con Jesús.” 4 Mirada, grito de gratitud y de amor, entre las tribulaciones y alegrías. Allí existe un panorama, una perspectiva, que abarca la vida real de esta persona. La oración, así entendida, esun impulso del corazón. A partir de ella todo parece desarrollarse armónicamente. Se resuelven los bloqueos más profundos, se formulan las razones para esperar.

Teresa es consecuente, siempre manifiesta lo que vive. No entiende lo no experimentado en cada fibra de su ser. La oración la abarca como una atmósfera; cada latido de sus venas es un nuevo y apasionante acto de amor a Dios. A medida del conocimiento que adquiere, progresa su auténtica fisonomía espiritual. Se impone a sí misma un esforzado ascenso en la oración, como un andar natural, sin frenadas bruscas, sin detenciones prolongadas. Comprende que las condiciones en que se encuentra actúan de riesgo y obstáculo. Las acepta, más aún, se regocija en las tribulaciones, a la manera de Pablo. Sabe que su oración es más oración si debe confiar sin reservas en Dios, su todo Amado. No encuentra razones para desviar su confianza de Dios, al contrario. Todo le dice que es pequeña, sin fuerzas propias. Un descubrimiento que no la aflige, ni es consecuencia de una táctica conveniente. La oración es anticipo de la relación perfecta que en el cielo la unirá a su Amado.

Los grandes maestros de la vida espiritual no confeccionan recetas para la oración; muestran caminos recorridos por ellos, alientan a trazar los propios y a adoptar métodos adecuados. Teresa manifiesta una creciente libertad, producto legítimo del amor. Transforma lo aparentemente árido en un verdadero vergel. Toma entre sus manos lo que la Iglesia, por su familia religiosa, le impone: plegarias difíciles, en un incomprensible latín; ritos que dicen poco o nada a su cultura y edad; prácticas piadosas cargadas de viejas tradiciones; costumbres penitenciales prolijamente ejecutadas en tiempos y horas convenidos. Lo recibe todo con amor. No discute su validez y actualidad, les da vida y, como en el texto profético de Oseas, ve surgir un pueblo numeroso y joven de viejos huesos calcinados. ¡Qué lección admirable! Esto no quita la responsabilidad de quienes deban actualizar métodos y renovar, como corresponde, viejas costumbres y normas. Los santos son fieles al Espíritu y, por lo mismo, disponen del secreto de toda auténtica renovación. Comienzan obedeciendo y terminan, por obediencia, asegurando la legitimidad de toda renovación.

Teresa inspira una oración vital, pan que alimenta el amor. Su mirada de contemplativa puesta en el Cristo orante, su Amado, con quien se identifica, descubre las formas originales de la oración cristiana. Vive pendiente de Dios, no deja de observarlo, admirada y enamorada. Durante estas reflexiones hemos aducido textos de sus últimas conversaciones. Sus hermanas, especialmente la Madre Inés de Jesús, recogen con verdadero cuidado el tesoro que mana de su corazón agonizante. Lo que más conmueve, ya que constituye la inspiración de esas palabras y gestos, es su habitual presencia de Dios. De vez en cuando parece salirse de su sombría postración para expresar, con indecible gozo, lo que contempla. Esa visión aparece oscurecida por densas tinieblas, producidas por las pruebas de fe, durante los tres últimos meses de su vida. Su fortaleza no proviene de ella, sino de Él. Su divino Rostro, enmarcado por la Pasión, constituye el objeto principal de su purísima contemplación. No dice muchas cosas, no intenta hilvanar frases bellas, pero arroja pétalos de rosas sobre el crucifijo. Una mirada de amor será suficiente para unirse continuamente a su Amado.

La oración es sustento de la santidad. Lo es Dios con quien se comunican los santos. Teresa sale fuera de los esquemas preparados por los hombres, aún por los mejores. En sus comienzos depende mucho de ellos. Aparecen dos sacerdotes que significan etapas sucesivas: El P. Pichón, jesuita y director espiritual de sus hermanas y, a la distancia, también de Teresa; y el P. Alejo, un franciscano que la alentó proféticamente a recorrer el camino que ella había descubierto como suyo. Es interesante escuchar a la santa cuando los describe: “Después de haber pronunciado unas pocas palabras, fui comprendida de un modo maravilloso (por el P. Alejo Prou O.F.M.), y hasta adivinada… Mi alma era como un libro abierto, en el que el Padre leía mejor que yo misma… Me lanzó a velas desplegadas por los mares de la confianza y del amor, que me atraían tan fuertemente, pero por los que no me atrevía a navegar…” 5No vuelve a ver al P. Alejo y, ante la imposibilidad de un acompañamiento sacerdotal continuo y cercano, decide no tener a otro director espiritual que al mismo Jesús.

Cuando se refiere al P. Pichón, a pesar de la veneración y confianza que le profesa, no deja de advertir que era tratada por él como si fuera una niña. Teresa ya no se reconoce en esa categoría psicológica. El padre jesuita representa un pasado que ha dejado definitivamente atrás. El padre Alejo, en cambio, es su presente y futuro, el cambio asombroso que se ha producido el 25 de diciembre de 1886. Por ello, el P. Alejo leía mejor que ella misma en su corazón anhelante de Dios. Ella sabe que el escritor de esa página inmaculada de su inocencia es Dios. El humilde franciscano, desde su minoridad evangélica, ha leído, con un simple golpe de vista, la fina escritura de Dios en el corazón de Teresa. La ha leído en voz alta, para no dejar lugar a dudas, y luego ha desaparecido.

La oración es la relación que se establece con el Dios amado. Se lanza sin temores, con las velas desplegadas, dirá con la excitación de su ser anhelante ante la verdad vislumbrada, apetecida y finalmente hallada. Más allá de esquemas de difícil comprensión, de ejercicios centrados en la perfeccionalidad de un gurú oriental, la oración es abandono, atención puesta desde un simple gesto en el Ser sin recovecos. Teresa se pone frente al Amado y ensaya el lenguaje más adecuado. No es el de los mejor dotados e ilustrados. Es el de los pobres que miran absortos, sin atreverse a describir lo que ven. El de los que se aproximan de tal modo a Quien aman que experimentan una inmediata e inefable fusión. Teresa elige el lenguaje de esos pobres, porque busca lo que ellos logran: fusionarse con el Amado. Y ¡qué bien lo consigue!

La oración no constituye momentos de su vida oculta e inmolada. Se identifica a la respiración, a los latidos profundos de su sangre, al pensamiento, a la imaginación y al descanso. No deja de orar, porque no cesa de vivir. Continúa su coloquio inefable, literalmente in-efable, porque se ha establecido un contacto amoroso con Dios, que crecerá en intensidad y volumen. Así lo entiende Teresa y su convicción es inamovible y sólida como la roca. Ese contecto amoroso mantiene su primitiva ingenuidad pero la hace más mujer, más consagrada y más santa. No puedo concluir este fragmento sin su palabra, la que pronuncia al borde de su vida, con el último grito de su amor apasionado: “¡Oh, le amo!… ¡Dios mío… os amo!…” 6

1Obras Completas. Carta 175. pág. 587.

2Idem. cap. XI. pág. 279.

3Idem. cap. XI. pág. 279.

4Idem. cap. XI. pág. 280.

5Cap. VIII. págs. 206-207.

6Cuaderno amarillo. 30.9.1897 (últimas palabras) pág. 997.