Amor a los familiares y amigos

Hace mucho tiempo, un adolescente que cursaba conmigo los primeros años del Seminario, sufrió un verdadero ataque de ansiedad por ser santo. Observaba puntualmente el reglamento, rezaba casi sin detenerse, en los momentos de silencio no decía una palabra por más que estuvieran asesinando a alguien. Pero lo que me llamó más la atención fue su extraña interpretación de algunas expresiones evangélicas. Cuando leyó: “…el que ama a su padre y madre más que a mí, no es digno de mí…” 1no se le ocurrió otra cosa que manifestar a sus padres que no debía amarlos, que no contaran con su afecto de hijo porque Jesús se lo había reservado por completo. ¡Una verdadera locura mística! Cuando el camino de la santidad es auténtico prevalece la sensatez y la prudencia. Teresa, al contrario de mi antiguo candidato a santo, que como era de esperar no perseveró, no entiende a los santos “que no amen mucho a su familia”.

El amor que profesa a sus familiares y amigos, aunque se funda en un natural especialmente dotado, cobra características de convicción. El amor a Dios la capacita a amar bien a los demás. Recorriendo las páginas de sus manuscritos encontramos un amor hecho virtud, capaz de trascender, sin negarlo, el aspecto puramente emotivo. Sabe hacer de su amor una verdadera elección, aunque no la asista el afecto sensible o la emoción. De esta manera su amor es sólido e inquebrantable. Los pequeños y múltiples sacrificios que realiza constituyen su amor de elección. Sus hermanas de sangre son naturalmente el consuelo y la alegría de su corazón; no obstante, no las prefiere en las recreaciones. En cierta ocasión desata una batalla consigo por causa de una hermana que la disgusta mucho. Es encantador leer su relato: “ Hay en la comunidad una hermana que tiene el don de disgustarme en todo… … no queriendo ceder a la antipatía natural que experimentaba, me dije a mí misma que la caridad no debía consistir en los sentimientos, sino en las obras. Entonces, me apliqué a portarme con dicha hermana como lo hubiera hecho con la persona a la que más quiero. Cada vez que me la encontraba, pedía por ella a Dios, ofreciéndole todas sus virtudes y todos sus méritos.” 2 Aquí no hay simulación, como lo entiende el mundo, su amor es verdadero, no de emoción sino de elección. No le gusta, la quiere. No le causa placer, la hace objeto de su solicitud fraterna.

En el contexto de esa predisposición suya, me refiero a la caridad abierta a todos, debemos entender el afecto cálido que siente por sus seres más queridos: familiares y amigos. Si no hubiera llevado hasta tal grado el amor a todos, su afecto por los muy amados manifestaría graves inconvenientes. El que no es capaz de amar por absoluta elección a quienes no se siente atraído, terminará adueñándose de las personas por las que sí se siente atraído, enfermando las mejores relaciones. El santo, en este caso: Teresa, es capaz de amar sin temores, sin angustias y con absoluta libertad. Ya madura en el ejercicio de la caridad se expresa sin las inhibiciones que aparecen en otros. Es voluntariamente pequeña pero no infantil. Su amor busca protección, y protege a todo el que se acerca a ella. Es tan mujer y tan madre que no cesa de ocultar sus dolores, los mínimos, para no preocupar. Procura volcar la riqueza de su corazón en quienes la rodean e intentan mitigar el dolor intenso de su agonía.

La lectura de sus doscientas treinta y siete cartas nos ofrece el panorama de sus relaciones de amistad. Allí pasan: su padre, sus hermanas, sus tíos y primos, sus hermanitos misioneros y algunos más. El trato con ellos es afectuoso, familiar, muy piadoso y discreto. ¡Es admirable las cosas que dice esta jovencita! Sabe decir con afecto profundo, en un estilo delicado y exquisitamente femenino. El texto de sus cartas es el mejor comentario a sus cartas. De todos modos me atrevo a pedirle que hable por algunos de sus párrafos. En primer término a su padre:“Querido padre, cae el día, es ya hora de dejarte, pero para encontrarte al lado de Jesús, ése es tu verdadero lugar. ¡Pronto lucirá para nosotros el día sin sombras, y entonces no terminaremos nunca nuestro coloquio!… He aquí el saludo de tu Reinecita, que te ama más que nunca reina alguna amó a su rey.” 3 Una pequeña muestra del afecto entrañable, capaz de jugar con las expresiones que su admirable padre le dirigía desde la infancia.

Es la santa quien escribe. Ha dejado muy atrás los arrumacos de sus primeros y difíciles años. Si se analizan los contenidos de esas cartas filiales, tras el camuflaje de su ternura se oculta una verdad hallada y perfectamente asimilada. Así se comporta siempre, con todos, porque Teresa respira lo que dice. No me detendré sino en alguna carta a su hermano espiritual. Aquí arriesga un equilibrio afectivo que está garantizado únicamente por la santidad. Similares a las cartas asombrosas de San Francisco de Sales a su hija espiritual, Santa Juana Francisca F. de Chantal.“No conozco el futuro, pero si Jesús realiza mis presentimientos, os prometo seguir siendo vuestra hermanita allá arriba. Nuestra unión, lejos de romperse, se hará más íntima; allí ya no habrá ni clausura, ni rejas, y mi alma podrá volar con vos a las lejanas misiones.” 4 ¡Qué admirable lozanía, fe y ternura santa!

Su amistad está conformada y garantizada por una inquebrantable fidelidad a Dios. Va más allá de la experiencia afectiva. Es su libertad la que comanda sus sentimientos. Por ello Teresa modifica la orientación de sus afectos dirigiendo su amor sincero a los seres menos atractivos. Un ejemplo situado en los comienzos de su etapa de madurez es la ternura materna que profesa, desde la insistente oración, al pobre Pranzini. Lo reiterará con una constancia heroica en su relación con sus hermanas de comunidad. Allí aflora un secreto íntimo que descubre y devela progresivamente: que “el amor es eterno” y, por lo mismo, que su consecuente exigencia es la perennidad. No cede al error de admitir que el amor, del que está ansioso su corazón, sea una emoción fluctuante. Para ello se dispone a combatir sus propias debilidades, inmadureces y entornos afectivos. Lo hará hasta la muerte.

Aparece su fortaleza, impropia de tal edad, afirmaría San Ambrosio al referirse a la joven mártir Inés. Su amor dotado de una libertad firme transita por senderos de constante abnegación. Ella ama muriendo por la persona amada. Lo aprende de su primer y absoluto Amor que es Jesús, muerto en la Cruz y vencedor de la muerte. ¡Qué dedicada está a ese aprendizaje! Aprovecha las más pequeñas ocasiones que ella denominará: alfilerazos. Todo lo hace por amor, en la concepción suya del amor. Significa que todo lo hace en la renuncia y en la tribulación aceptada como voluntad de Dios. Jamás hace lo que le place sino lo que agrada a Él. Así siempre, sin el menor desfallecimiento, con la seguridad de que en retorno será amorosamente atendida: “Dios tendrá que satisfacer todos mis caprichos en el cielo, porque no he hecho nunca mi voluntad en la tierra.”5Sabemos cómo piensa emplear esa asombrosa predilección de Dios. En obsequio a quienes ama y permanecen en la tierra continuando su peregrinaje, que ella está ya pronta a concluir.

Son conmovedoras sus expresiones y firmes deseos de hacer bien a los que ama, sin duda los más amados por Dios. Si durante su vida manifiesta una atención tan grande al mínimo deseo de Dios, en el cielo su atención será perfecta. Su prolongada agonía es la oportunidad que le ofrece Dios para despojarse de todo y ofrecerlo, consigo misma, en perfecto silencio. Teresa ha recibido una educación – por el sufrimiento – para la dádiva a los otros y no para el simple y solitario despojo. Es pobre porque ama, y no porque carece de todo, al modo de su Amado crucificado. No es un careciente malhumorado, es un juglar sin trabas, capaz de correr libremente ya que nada lo retiene.

Dirige su simple mirada a quienes ama, desde Quien le ha enseñado a amarlos. No teme, su extraordinaria pureza la aparta de todo prejuicio y suelta sus afectos, ordenados por el sufrimiento y la abnegación. En esta clave de interpretación debemos leer lo que escribe y dice. Es común en los santos. Se ha producido la unidad interior desde una perfecta armonía con el querer de Dios. La humildad la capacita para depender de su Señor Amado como la voz depende de la palabra y como la luz del fuego. Así camina en la paz, la del fondo de su alma, dispensándola a quienes la observan y acompañan. Si nos detenemos en aquellos últimos momentos del 30 de septiembre de 1897 nos asombrará su profunda serenidad.

Por eso deseo concluir este capítulo con su propia palabra: “¡Nunca hubiera creído que fuese posible sufrir tanto! ¡Nunca! ¡Nunca! No puedo explicarme esto, a no ser por los deseos ardientes que he tenido de salvar almas.” 6Está muriendo y, no obstante, apura la copa del olvido de sí misma. Como su divino Esposo.

1Mateo 10, 37.

2Manuscrito “C”. Cap. X pág. 259.

3Carta 48. 30.XII.1888.

4Carta 188. 24.2.1897. pág. 612.

5Cuaderno amarillo. 13.7.1897. pág. 894

6Idem. 30.9.1897. pág. 996