Maestra espiritual de los sacerdotes

Entre los trabajos que he revisado, muy por arriba, sobre la riquísima personalidad de Santa Teresa del Niño Jesús, no he hallado un desarrollo satisfactorio sobre su relación con los sacerdotes. Bastaría leer y estudiar las cartas personales de la santa a su director espiritual y a sus hermanitos misioneros: R. P. Almiro Pichon s.j. y PP. Roulland y Bellière. En cada una de ellas vuelca su corazón colmado de sabiduría. Será preciso tomar los tópicos más usados y, por lo mismo, los que traducen mejor la esencia de su espiritualidad. En una de las cartas a Celina, del 6 de julio de 1893, escribía con gran realismo: “Los directores espirituales hacen progresar en la perfección imponiendo un gran número de actos de virtud, y llevan razón; pero mi director, que es Jesús, no me enseña a contar mis actos, me enseña a hacerlo todo por amor, a no negarle nada, a estar contenta cuando él me ofrece una ocasión de probarle que le amo; pero esto se hace en paz, en el abandono, es Jesús quien lo hace todo y yo no hago nada.” 1El mismo pensamiento, enriquecido y desarrollado al ritmo de su extraordinario crecimiento espiritual, constituye su mensaje espontáneo a los pocos sacerdotes con quienes se comunica.

Detrás de sus pensamientos existe un sustrato de verdad que los genera y anima. Consiste en una comprensión de la acción del Espíritu Santo en su vida, y en la misión que le corresponde “en el corazón de la Iglesia, su Madre”. Por Jesús “su celestial Esposo” se introduce en el seno misterioso de la adorable Trinidad y, gracias a su llamado, se constituye en “el amor” donde toda vocación encuentra acabado cumplimiento. El núcleo fundante de su espiritualidad radica en el amor a Dios. Su breve y fecunda vida es un enamoramiento. Ella crece en el amor a Jesús y, de esa manera, aprende a amarlo. El que aprende, y sólo el que aprende, está en condiciones de enseñar. La “doctorcita” enseña lo que va aprendiendo, sin pretender constituirse en maestra de nadie. Su sistema de aprendizaje es la contemplación. Como la entienden los santos: ejercicio del amor a Quien es el abismo de la misericordia. Un abismo que invita a sumergirse en él sin temor a perderse. Los contemplativos entran familiarmente en ese abismo y allí se encuentran a sí mismos. Todo intento de autodefinirse, en los estrechos recintos de los propios planes y proyectos, produce el vacío y la dispersión.

Desde la contemplación, en la que ella se mueve con increíble agilidad, puede volcar en páginas bellísimas lo que piensa y siente. Lo hace al revés de un artista. No espera una inspiración que proceda de su genio. Ante sus ojos, permanentemente abiertos, contempla al Ser inspirador de su pequeña y humilde vida; lo calca, sin despersonalizarse, en las inmaculadas páginas de sus ocultas jornadas y lo brinda generosamente a sus pocos interlocutores. Esa actitud cautivante de su relación, en particular con los sacerdotes, la presenta poseedora de un carisma único. Jesucristo la elige, como lo ha hecho con Pedro y Pablo, para cumplir una misión entre quienes se dispongan a adoptar su sabiduría de muy pequeña. Existe una afinidad entre su espiritualidad y la del sacerdote. Va cobrando conciencia de ella. Se piensa misionera y sacerdote, confesor y mártir. Lo es todo por el amor. De esa manera redescubre el valor que sustenta toda vocación y misión en el misterio de la salvación de los hombres. Me refiero al amor sencillo y oculto, que se desarrolla en el transcurso de nueve años de Carmelo, especialmente cuando se hacen más secretos y oscuros por la enfermedad y la agonía de la fe.

Confiesa que es pobre, enteramente pobre. Nada queda entre sus pequeñas manos. Sobre todo parece haber superado la tentación de atribuirse méritos en el progreso de su santificación, de la que fue increíblemente consciente. Toda ella es obra de Dios, de su amor misericordioso. Desde ese prodigioso conocimiento se acerca a quienes están como fusionados con Jesucristo, el Servidor de los hombres. Me refiero a los sacerdotes. Ellos, como ella, inspiran su espiritualidad en la conciencia de la desproporción abismal que existe entre lo que son y pueden y lo que Dios hace por su intermedio. La pobreza gozosa del niño para quien su padre es el que lo sabe y puede todo y todo lo tiene. No le preocupa ser dueño o poseer la sabiduría. Por el amor su padre es suyo, ¿qué importa el resto? Teresita crece rápidamente en estos entrañables sentimientos. Se abraza al sufrimiento de su enfermedad, desde el momento de su aparición, como Jesús a la Cruz. El amor la había conformado de tal modo con Él que encontró en la agonía dolorosa, en la prueba de la fe y en la muerte su consumación.

La vida sacerdotal está constantemente desafiada por la incredulidad. El sacerdote puede llegar a considerarse como un extraño, como un verdadero desconocido. Si se debilita su fe en el ministerio que ejerce pierde el sustento que otorga sentido a su simple y poco cotizable quehacer. La mediocridad es el resultado de una existencia sacerdotal débil en la fe. Teresita enseña a sus hermanos sacerdotes a mirarse como prodigios de la gracia, como “dispensadores de los misterios de Dios.” Para ello se propone a sí misma, sin presumir, como modelo gozoso de fe en la gracia que brota del corazón sacerdotal de Cristo. Gracia que tiene una vertiente visible, me refiero a la impresionante potestad espiritual que el más pequeño de los sacerdotes pone al servicio de los hombres. Desde ese corazón ungido por el Espíritu Santo brota el entusiasmo y el vigor para ofrecer a todos el don de la fe. Es preciso que tal ministerio haya generado en el ministro, como primer fruto, un auténtico creyente. ¡Qué poco se puede decir si no se ofrece, con lo que se dice, un testimonio ardiente de generosidad! El sacerdote es un testigo. Es el que cree lo que enseña. Sabe mostrar, con la simplicidad de quienes entienden lo que escuchan en lo secreto del corazón.

El magisterio de Teresita radica en una coherencia conmovedora entre lo que piensa y hace. No entiende, ni pretende entender, sino lo que realiza como respuesta a su Señor. Así transcurren los pocos e intensos años de su historia personal. Los sacerdotes, quienes tienen el privilegio de asomarse a su intimidad joven, reciben una insuperable lección de vida sacerdotal. Como María, no se siente disminuida por no poder ejercer el ministerio apostólico. Su fidelidad asombrosa le otorga la transparencia suficiente para que Jesús, perdón y alimento nutritivo, se brinde a todos con un innegable realismo. A partir de su testimonio, como expresión de una proclamación directa y efectiva de la palabra ya encarnada en ella, sus hermanos, particularmente los sacerdotes, son llevados al encuentro fervoroso con el Señor presente en cada celebración sacramental. Es la catequista de los sacerdotes. Basta leer detenidamente las cartas dirigidas a ellos.

Experimenta una santa familiaridad con los hermanos misioneros. Sabe expresarlo con mucha ternura y libertad: “...la distancia no podrá separar nunca nuestras almas, la muerte misma hará más íntima nuestra unión. Si voy pronto al cielo, pediré a Jesús el permiso para ir a visitaros a Su-Tchuen, y continuaremos juntos nuestro apostolado. Mientras tanto, os estaré siempre unida por medio de la oración, y pido a Nuestro Señor que no me deje nunca gozar cuando vos sufráis. Hasta quisiera que mi hermano tuviese siempre los consuelos y yo las pruebas.” 2 ¿Quién podrá negar que Teresita sea un verdadero modelo sacerdotal? Se introduce, de ese modo, en la intimidad del sacerdote y, desde allí, se convierte en testigo de Jesús: Siervo y Pastor, víctima y alimento, el que llama a la conversión y guía a los creyentes… La Iglesia nos obsequia con el reconocimiento oficial de su especial “doctorado” y, de esa manera la ubica entre sus Doctores y Maestros. Apóstol al estilo de Pablo, elegida libremente por Jesús para evangelizar a los más afligidos por la incredulidad.

La santidad le proporciona la capacidad de ser apóstol de apóstoles.

1Carta 121. 6 de Julio 1893. pág. 504

2Carta 173. 30 de julio 1896. pág. 582.